La esperanza del amanecer
Miramos atrás. Queda en la polvareda del tiempo un tropel de episodios y vivencias de variados matices. El amanecer abre esperanzas. Para alcanzarlas quizá nos fortalezca la experiencia del tramo de vida transcurrido. Por Mario Alarcón MuñizEspecial Dos sucesos muy distintos signaron el año, uno previsto, el otro sorpresivo: la celebración del bicentenario de la Patria y el fallecimiento de Néstor Kirchner. Ambos momentos nos conmovieron de manera diferente.La fiesta pasó de largo. Ruido, luces, colores, fuegos artificiales, despliegues millonarios y papel picado para los barrenderos de la mañana siguiente. La oportunidad de trepar a la historia se esfumó. La aventaron caprichos personales o sectoriales. La mezquindad de siempre. Era una evocación válida -la mejor- para cimentar coincidencias básicas entre argentinos en torno de la idea fundacional de los próceres. No pudo ser. La riña se impuso otra vez sobre la inteligencia.Del otro lado del papiro, el país fue sacudido a fines de octubre por la súbita muerte del ex presidente Kirchner, dirigente de notable gravitación en la política nacional. La pena de unos y el respetuoso silencio de otros, presentaron un nuevo escenario abierto hacia un futuro de consensos. También esta indeseada oportunidad se diluyó. Tras el duelo, de nuevo las reyertas. La torre de BabelEl año comenzó con la polémica del Banco Central, la sustitución de su titular, el uso de las reservas y un fondo "del Bicentenario" para pagar deudas, proyectado en enero y derogado con la misma firma en marzo. La oposición estrenaba su dominio del Congreso y resultó incapaz de clarificar la situación. Los intentos de algunos tropezaron con las desconfianzas de otros.La historia se reiteró a lo largo del año. Apenas hubo coincidencia opositora en el 82% para las jubilaciones mínimas que el anunciado veto presidencial mandó a pique y la composición del Consejo de la Magistratura. Lo demás no pasó de aprontes y fintas de mayor o menor calidad.La esperada reforma de la ley de coparticipación para hacer más justa y federal la distribución de los ingresos nacionales, la modificación de las retenciones agropecuarias pensando primero en la producción y después en la caja y la reforma del Indec -confiada finalmente por el gobierno al cuestionado FMI- han quedado esperando que los protagonistas alguna vez se bajen del caballo y se entiendan.Mientras tanto, el gobierno avanzó en algunos aspectos de la cuestionada ley de medios audiovisuales sancionada el año anterior antes del cambio del Congreso; intentó apropiarse de Papel Prensa y promovió una ofensiva contra medios independientes y periodistas críticos. La idea de instalar el pensamiento único apasiona a ciertos sectores oficialistas. Los fantasmasLa inflación ha sido el fantasma del año. Se supone con cierta lógica que el ritmo de los últimos meses se transferirá a 2011 y esta es una de las mayores preocupaciones actuales. No se observan siquiera intentos de frenar el crecimiento inflacionario. Y este problema, que todavía es tolerable, puede escalar a una situación grave si se lo mira con desdén.Muy diferente, pero no menor, es la aparición de la violencia en la escena nacional. El asesinato de Ferreyra en Barracas, el atropello policial a los aborígenes de Formosa (dos muertos), la batalla de Villa Soldati (cuatro muertos), extendida a una situación parecida en Villa Lugano y los episodios del jueves en Constitución (28 heridos), señalan un nivel de crispación y violencia que es necesario atender seriamente. Una esperanzaEl país ha crecido, no hay dudas, si lo comparamos con la Argentina de 2001. Lo indican las estadísticas y lo comprobamos en la realidad cotidiana. El constante aumento de la demanda mundial de alimentos ha creado en los últimos años condiciones estupendas para nuestro país, traducidas en un interesante movimiento económico y reactivación industrial y comercial.Sin embargo, por ahora el negocio supremo, el de las fabulosas ganancias, se limita a los grandes exportadores y al Estado. Éste dispone de un caudal de recursos que le permite subsidiar casi todo: energía, transportes, alguna producción, molinos, diarios oficialistas, fútbol, lo que raye. Es el Estado benefactor y asistencialista, que en buena hora atiende a familias excluidas del sistema y en mala hora les da a entender que de él dependen y le pertenecen. El rumbo cierto consistirá en cambiar, encarando una política de desarrollo que distribuya la riqueza a través del trabajo, recupere la justicia social, eleve la calidad de vida y dignifique al hombre.Con esa esperanza vislumbramos el nuevo año. A la vez cerramos temporariamente esta columna de EL DIA para reencontrarnos el primer domingo de febrero. Y recordamos a Atahualpa Yupanqui: "Que nos vaya bien a todos, paisanos". ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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