La fecha está puesta y la carrera electoral se largó con todo
Por Jorge Barroetaveña
De la redacción de Gualeguay al Día
El 28 de junio gobierno y oposición se juegan su futuro, tanto o más que el de millones de argentinos.
Lo del Senado y Diputados fue un trámite para el oficialismo. Lejos de los fantasmas de la 125 que revoletearon durante la semana que duró el pasaje del adelantamiento, la Casa Rosada no tuvo sorpresas desagradables. Rossi y Pichetto no tuvieron necesidad de aflojarse el nudo de la corbata ni de recurrir a citas bíblicas para pasar algún mal trago. Sí tuvieron que pedirle a Economía que ‘convenciera’ a los que aún dudaban, como los dos senadores de Tierra del Fuego. Acuciados por la crisis perenne de su provincia y las urgencias de Fabiana Ríos, su gobernadora, no tuvieron muchas alternativas. Pegaron el portazo en el ARI (antes que los echaran) y se dieron un baño de nueva fe neokirchnerista. Cuánto durará la entente nadie lo sabe, lo único cierto es que Ríos resguardó su futuro inmediato de sobresaltos y al menos podrá pagar los sueldos en término en la provincia más austral de la Argentina.
Esta vez un par de reuniones en Olivos y algunos llamados telefónicos de Néstor Kirchner alcanzaron y sobraron para alejar las sorpresas. La fecha del 28 de junio es, a esta altura, el día que el gobierno parece poner en juego su permanencia en el poder, una meta demasiado alta para la circunstancia. Erróneamente parece que el 29 de junio todo habrá cambiado y desaparecerán mágicamente los problemas, por el sólo hecho de votar, aunque nadie se atreve a evaluar las consecuencias institucionales que podría tener una eventual derrota de los candidatos oficiales y una pérdida de la mayoría en la Cámara de Diputados.
La encerrona es una consecuencia natural de apostar todo a un pleno. Si el oficialismo triunfa no pasa nada, sólo deberá dedicarse a administrar el año de crisis y seguramente seguir pateando para adelante la solución de algunos problemas de fondo. Pero si pierde corre el riesgo de quedarse sin nada. En la historia reciente de la Argentina ya sabemos cómo los gobiernos perdidosos encararon sus últimos dos años de mandato y la gran incógnita es cómo, la forma de construir poder del kirchnerismo, podría metabolizar un revés electoral.
En este contexto, es altamente probable una campaña virulenta. Ni unos ni otros han abjurado de la descalificación y la mofa a la hora de hablar del adversario, aunque las responsabilidades de quién es gobierno siempre son mayores. El jueves, Néstor Kirchner volvió a dar un anticipo de lo que se viene. “Terminen con esa cantinela destituyente…” enrostró a la oposición y al campo, a quien considera desde hace rato parte de ella. Por estas horas sólo ronda por su cabeza la fecha del lanzamiento y el armado final de algunos lugares de la lista. Néstor imagina una candidatura por aclamación y abrocha su suerte a los barones del conurbano bonaerense, ‘lo peor’ de la política como él mismo definió alguna vez. En su interior sabe que si no consigue una victoria contundente, la suerte nacional del oficialismo estará echada y a merced de lo que pase en distritos díscolos como Santa Fe, Córdoba o la Ciudad de Buenos Aires.
Mientras tanto afila los dientes para la que cataloga como ‘madre de todas las batallas’ en la que estará en juego el modelo que implementó en el 2.003 y que su esposa ha profundizado.
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Todas las fichas oficiales iban para la ruptura. En los últimos días y a partir de alguna discrepancia pública, la idea había cobrado fuerza. “Felipe no va a soportar ser el segundo de De Narváez. Ponele la firma…”, vaticinaban operadores cercanos al ex presidente. Pero la foto de la sesión del Senado del miércoles indicó lo contrario y sepultó las expectativas. Juntos, desde un palco, codo a codo, Solá y De Narváez escucharon buena parte de la exposición de los senadores, a favor y en contra del adelantamiento de las elecciones. A esa altura la decisión ya estaba tomada y sólo aguardaban que quedara fija la fecha electoral para anunciarlo.
Si bien Macri dejó trascender que ya había elegido, las encuestas facilitaron la decisión. De Narváez duplicaba casi en intención de voto a Solá por cuanto lo único que quedaba era convencer al ex gobernador de partir el entendimiento. Colocar a más gente suya en la lista fue la piedra de cambio, más allá de las explicaciones públicas. La noticia no cayó bien en el gobierno. De Narváez seduce al centro derecha, pero Solá promete perforar la base peronista, provocando quizás una fuga de votos, que son los que Kirchner necesita para asegurarse una victoria contundente. “Esos votos se van a ir con Kirchner…no se los va a llevar Solá”, justificó con una voltereta el mismo operador que había asegurado el rompimiento. Pero el dúo desparejo de Solá y De Narváez va por más y aspiran a sumar a Margarita Stolbizer con la Coalición Cívica. La entente, poco improbable a esta altura, ya le provoca caspa al kirchnerismo. Pensar en una oposición unida es el peor fantasma que el sistema podría agitarles, aunque las chances de que ocurra son escasas.
En Capital y con Michetti como estandarte el Properonismo piensa juntar más votos, aunque la situación en el resto del país luce endeble. Carrió, que duda entre bajarse y enfrentar a su amiga Michetti, ya se aseguró el respaldo de Binner en Santa Fe y está convencida que Stolbizer le va a pelear mano a las dos versiones peronistas de la provincia. En el resto no hay mucho más, salvo un debate que surca el cielo peronista, larvado, tapado por la dinámica partidaria: ¿cuántos saldrán efectivamente a pedir el voto por el gobierno nacional en el interior del país? Urribarri dijo con Chiche Gelblung que en Entre Ríos ganan seguro, pero a las dos horas, Busti se encargó de hacerle poner los pies sobre la tierra: hay que salir casa por casa y estimular a la militancia, disparó. El mensaje, subyacente es que el peronismo tendrá que remar si quiere ganar las elecciones y ponerle freno al mal humor social que se extiende como una mancha venenosa.
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