La oratoria de la Señora
No es masoquismo dialéctico sino un antiguo interés por analizar la oratoria y los oradores en general. Así, encontramos mucho mérito en Eva Perón, quien con apenas escuela primaria, llegaba a magnetizar a las masas –no había TV- con discursos tan bien elaborados y mejor dichos, que aún hoy nos conmueven. En cambio a La Señora, que cursó la universidad, le hacen zapping.
Hay una norma básica que el orador debe respetar: adecuar su discurso a la circunstancia en que se pronuncia.
El pasado 25 de Mayo en Iguazú, durante un acto que constituía la celebración central de los 199 años de nuestro nacimiento patrio, prescindió de referirse al motivo de la conmemoración –salvo alguna alusión a San Martín- y se dedicó en cambio a autoelogiar su gobierno y el de su marido, a los que considera entre los mejores de toda nuestra historia. Al pedir el apoyo a la continuidad del modelo –o sea, el voto- degradó el homenaje hasta convertirlo en un mero acto proselitista. Lamentablemente, no es la primera vez que ello ocurre, pero se constituye en el caso más grave. Veamos por qué.
Su obsesión por convencernos de que el período 2003-2009 ha sido el de mayor desarrollo en 200 años de historia –lo repitió en San Rafael hace pocas horas- choca inevitablemente con el crecimiento argentino del Centenario, que le hace sombra.
Entonces echa mano al ocultamiento y deformación de la verdad, que en boca de una Presidenta y en un acto de profundo significado para el país, constituye un agravio a la conciencia colectiva de los argentinos. Sobre todo, por haberlo enmarcado previamente en la intención de revelarle al pueblo la verdad histórica descubierta por ella, que difiere de la versión oficial elaborada por unos pocos que durante dos siglos nos habrían estado ocultando la auténtica verdad. Al comparar ambas épocas, dijo que en 1910 el crecimiento era para los pocos privilegiados de ese modelo de exclusión y que para el resto, no había trabajo quedando la gran mayoría, al margen de la educación.
Veamos: era tanta la ocupación disponible, que millones de inmigrantes conseguían acá trabajo, pan y libertad: la razón que los atraía. Ninguno de ellos necesitó vivir de la limosna gubernamental; todos participaban del gran esfuerzo que nos convirtió en el ahora denostado granero del mundo. Entonces, el ingreso promedio argentino era superior, p ej., al de Francia. Los gobiernos del Centenario, en lugar de nombrar personal en exceso malgastando el dinero de los contribuyentes, empleaban los recursos en construir vías, puertos, caminos, puentes; daban empleo por medio de la obra pública. El gasto presupuestario total equivalía a la tercera parte de las exportaciones y la porción mayor de la recaudación era para las provincias, que percibían íntegramente el impuesto a los réditos, como lo mandaba la Constitución federal de 1853.
Entre las inversiones que se hicieron, se recuerda la creación de ¡6000 escuelas primarias en todo el país! en cumplimiento de la Ley Lainez de 1905, que en pocos años nos sacó del analfabetismo. Las Escuelas Normales y Colegios Nacionales proliferaron por todo el territorio, hasta los confines del país ¡Eso era federalismo educativo! Y aquellos edificios escolares aún están en pie, a diferencia de los actuales, que sólo duran diez años.
Era la genuina escuela pública, a la que los inmigrantes mandaban sus hijos a educarse por igual junto a los ricos. Así se realizaron miles de sueños, representados en el emblemático M´hijo el dotor de Florencio Sánchez. A fines de esa misma década se operó la Reforma Universitaria (1918) y una buena parte de aquellos hijos accedieron a la Universidad; algunos llegaron a ser Presidentes de la Nación. Era el país de la gran movilidad social ascendente –a diferencia de la actual- que justamente por ello, permitió la formación de la mayor clase media de Sudamérica.
De nada de eso se acordó la Señora, que más adelante traspuso el límite de lo aceptable. Porque una cosa es ocultar alguna parte de la verdad y otra más grave es faltar groseramente a ella, sin el menor respeto por el auditorio ciudadano que todos constituimos. Dijo a continuación que Argentina había llegado a ser, en la década de 1950, la primera economía de Sudamérica. Sería bueno que leyera un poco de nuestra historia económica. Porque en 1910 el PBI argentino equivalía a la suma de los restantes del subcontinente. Estábamos entre las primeras diez potencias del mundo. Y precisamente, fue en la década del 50 cuando comenzó la declinación que aún no se ha revertido. Esta no es una apreciación nuestra: surge del análisis compartido por los estudiosos de la historia económica argentina, como Roberto Cortés Conde, un catedrático de prestigio internacional incuestionable.
Una doble circunstancia permite que tanto embuste pase por verdad: han descafeinado la educación; primero, de Instrucción Cívica y luego de Historia.
MALA JUNTA
Y con el declive de aquel liderazgo regional -que cedimos al Brasil- también hemos perdido el respeto de nuestros vecinos, como Uruguay primero y Venezuela ahora. Asistimos estos días a una secuencia verbal de opereta; la Señora enojada con Techint, por hacer lo mismo que su marido: depositar la plata en el extranjero; el endeble Ministro del Interior, opinando en una cuestión internacional; el de Relaciones Exteriores ausente con aviso y nuestra embajadora Alicia Castro, actuando como si lo fuera de Caracas. Por su parte Chávez, que ha levantado tribunas en nuestro país para insultar a otros Presidentes, ha hecho aquí proselitismo abierto para la Señora y en forma no abierta, otras colaboraciones: ahora le impide a Vargas Llosa expresarse libremente.
Quisiéramos saber si estas relaciones carnales con el dictador bolivariano, cuando ya se han fugado de nuestro país 37 mil millones de dólares, forman parte del modelo. De ser así, cuál será nuestro destino. Mientras ignoremos nuestra historia, él podrá seguir vistiéndose de Bolívar y ella, citando a San Martín. ¿Y si en lugar de ese grotesco, los imitaran en serio?
Hasta el domingo. Si Dios quiere.
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