La patria federal
Una falacia. Eso representa frente a la realidad el artículo 1° de la Constitución Nacional: "La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal". Empezamos mal desde nuestra base institucional.Por Mario Alarcón Muñiz
Ya el primer renglón está equivocado. O mejor dicho, quienes asumen la mayor responsabilidad de su resguardo, lo violan. Hasta cierto punto nuestro sistema es representativo y republicano, pero no federal, salvo en lo formal.Las provincias tienen su propia organización, eligen a sus gobernantes y representantes, pero carecen de autonomía plena. Dependen del poder central. Y esto es así desde hace mucho tiempo. No lo inventaron los Kirchner. Tampoco lo modificaron. En todo caso le dieron otra vuelta a la manija de apretar para que todo pase por la Casa Rosada, que se arroga el derecho de premiar y castigar, según los niveles de adhesión política. En consecuencia nuestro país es unitario.Esto no es novedoso. Lo sabemos porque lo observamos a diario a través de los sucesos cotidianos. En las últimas semanas hasta las listas de candidatos oficialistas de varias provincias -no sé si de todas- han pasado por el cernidor de la Casa Rosada. Este sí, aquél no. El dominio unitario está consolidado. Iremos a votar y vamos a elegir, sin advertir que a muchos los eligió antes que nosotros el poder central. Lo más grave es que el sistema goza de aceptación, al menos por parte de quienes se visten de dirigentes. Un largo procesoHemos gastado 190 años de luchas por momentos feroces. Al menos ese es el tiempo transcurrido hasta hoy desde la muerte de Pancho Ramírez, en cuyo recuerdo y homenaje bien vale intentar en esta fecha algunas reflexiones.Ya por entonces el federalismo venía herido. Apenas quince meses antes le había dado buen resultado a Buenos Aires su política de intrigas para provocar y fogonear la fractura y posterior desaparición de la Liga de los Pueblos Libres. No fue Ramírez por un lado, Artigas por el otro. Mucho peor. El escenario no los presentó sólo separados, sino enfrentados. Uno contra otro. Y a muerte.Es frecuente que las agitaciones y polémicas del momento impidan a los hombres medir sus actos en función del futuro. Y esto fue lo que sucedió entonces. Ninguno de los dos advirtió el tremendo peso histórico de lo que estaban jugando. Aquella desgraciada guerra de siete combates en 45 días culminó con el triunfo de Ramírez y el exilio de Artigas en Paraguay por el resto de sus días.Lejos de terminar en ese punto, el gobierno porteño comenzó a tejer la desaparición de Ramírez. Era el federal que quedaba enarbolando el ideario de las autonomías provinciales. Había que apuntarle hasta exterminarlo. Y el poder lo consiguió, no por mano propia, sino mediante una cadena de traiciones. La historia de siempreA todo aquello lo estamos pagando hoy con el federalismo formal y el unitarismo efectivo. Claro que después de Ramírez hubo fuertes intentos de reanimar el proyecto federal y ponerlo en vigencia. La Confederación Argentina fue el resultado más eficaz de esa prolongada lucha, al punto de hacer realidad -entre otras cosas- la idea de Artigas de establecer la capital fuera de Buenos Aires.Sin embargo, como el centralismo no se rinde, apareció Mitre, encargado de desarmar el país federal. Desde entonces venimos a los tumbos, salvo algunos períodos de bonanza, pero en la realidad dependiendo del poder central. Cuando a éste se le presentan complicaciones, se vale de los legisladores nacionales adictos, quienes entonces priorizan la obediencia o la adhesión al gobierno, posponiendo la representación de la provincia que el pueblo les otorgó en su momento. Esta es la primera deformación a corregir. De lo contrario el anhelo de la patria federal se irá diluyendo hasta perderse en la bruma del tiempo.
Ya el primer renglón está equivocado. O mejor dicho, quienes asumen la mayor responsabilidad de su resguardo, lo violan. Hasta cierto punto nuestro sistema es representativo y republicano, pero no federal, salvo en lo formal.Las provincias tienen su propia organización, eligen a sus gobernantes y representantes, pero carecen de autonomía plena. Dependen del poder central. Y esto es así desde hace mucho tiempo. No lo inventaron los Kirchner. Tampoco lo modificaron. En todo caso le dieron otra vuelta a la manija de apretar para que todo pase por la Casa Rosada, que se arroga el derecho de premiar y castigar, según los niveles de adhesión política. En consecuencia nuestro país es unitario.Esto no es novedoso. Lo sabemos porque lo observamos a diario a través de los sucesos cotidianos. En las últimas semanas hasta las listas de candidatos oficialistas de varias provincias -no sé si de todas- han pasado por el cernidor de la Casa Rosada. Este sí, aquél no. El dominio unitario está consolidado. Iremos a votar y vamos a elegir, sin advertir que a muchos los eligió antes que nosotros el poder central. Lo más grave es que el sistema goza de aceptación, al menos por parte de quienes se visten de dirigentes. Un largo procesoHemos gastado 190 años de luchas por momentos feroces. Al menos ese es el tiempo transcurrido hasta hoy desde la muerte de Pancho Ramírez, en cuyo recuerdo y homenaje bien vale intentar en esta fecha algunas reflexiones.Ya por entonces el federalismo venía herido. Apenas quince meses antes le había dado buen resultado a Buenos Aires su política de intrigas para provocar y fogonear la fractura y posterior desaparición de la Liga de los Pueblos Libres. No fue Ramírez por un lado, Artigas por el otro. Mucho peor. El escenario no los presentó sólo separados, sino enfrentados. Uno contra otro. Y a muerte.Es frecuente que las agitaciones y polémicas del momento impidan a los hombres medir sus actos en función del futuro. Y esto fue lo que sucedió entonces. Ninguno de los dos advirtió el tremendo peso histórico de lo que estaban jugando. Aquella desgraciada guerra de siete combates en 45 días culminó con el triunfo de Ramírez y el exilio de Artigas en Paraguay por el resto de sus días.Lejos de terminar en ese punto, el gobierno porteño comenzó a tejer la desaparición de Ramírez. Era el federal que quedaba enarbolando el ideario de las autonomías provinciales. Había que apuntarle hasta exterminarlo. Y el poder lo consiguió, no por mano propia, sino mediante una cadena de traiciones. La historia de siempreA todo aquello lo estamos pagando hoy con el federalismo formal y el unitarismo efectivo. Claro que después de Ramírez hubo fuertes intentos de reanimar el proyecto federal y ponerlo en vigencia. La Confederación Argentina fue el resultado más eficaz de esa prolongada lucha, al punto de hacer realidad -entre otras cosas- la idea de Artigas de establecer la capital fuera de Buenos Aires.Sin embargo, como el centralismo no se rinde, apareció Mitre, encargado de desarmar el país federal. Desde entonces venimos a los tumbos, salvo algunos períodos de bonanza, pero en la realidad dependiendo del poder central. Cuando a éste se le presentan complicaciones, se vale de los legisladores nacionales adictos, quienes entonces priorizan la obediencia o la adhesión al gobierno, posponiendo la representación de la provincia que el pueblo les otorgó en su momento. Esta es la primera deformación a corregir. De lo contrario el anhelo de la patria federal se irá diluyendo hasta perderse en la bruma del tiempo.
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