La querella por la tierra: vigente desde la colonia
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El fundador de Gualeguaychú consideraba una injusticia mezquinar tierras al pobre vecino, a fines del siglo XVIII. ¿Qué diría hoy ante la inquietante presencia de los "asentamientos" en la ciudad?Marcelo LorenzoUna sorprendente línea histórica conecta los actuales problemas de acceso a la tierra urbana -con vistas a la provisión de viviendas- con el conflicto social desatado en la época colonial, en esta zona, derivado del latifundio y el mal reparto de parcelas.La incapacidad material de tantas familias de hoy por obtener un lote donde poder construir un techo propio -y que en algunos casos se refleja en la ocupación irregular de parcelas- es una problemática social que no es nueva.La historiografía que aborda el origen del poblamiento nativo coincide en señalar que la tenencia de la tierra fue foco de tensión social constante, que incluso tendría repercusión en la época de la Revolución de Mayo.En "Historia de San José de Gualeguaychú. Desde sus orígenes hasta 1883", por ejemplo, este conflicto por la tierra aparece como problema social trascendente en el proceso de formación de la primitiva villa.La profesora Elisa María Fernández, que aborda allí justamente la problemática de la urbanización, sostiene que la ocupación española de este territorio fue tardía, respecto de centros como Buenos Aires y Santa Fe.La eliminación física de los aborígenes, antiguos pobladores, fue el paso previo para el avance sobre el espacio, algo que cobró impulso con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, dispuesto por los reyes borbones, preocupados por el expansionismo lusitano."Estas disposiciones reales provocaron un cambio de situación en la periférica región del litoral. Criollos y europeos comenzaron a sentirse atraídos por el lugar", dice Fernández.La cuestión del asentamiento urbano devino en cuestión geopolítica clave. De lo que se trataba era de poblar el espacio para consolidar el poder español en la zona del Plata, amenazado por Portugal, el competidor europeo con epicentro americano en Brasil."La llegada de blancos, criollos y mestizos (ante la ausencia de la nación charrúa) y el número reducido de aborígenes chanáes y guaraníes en las costas del Gualeguaychú, indicaban el inicio de una política de poblamiento, en la que no faltaba el componente negro", refiere la historiadora local.La movilidad poblacional hacia esta zona desató pronto un conflicto por la posesión de las tierras realengas (propiedad del rey de España). Éstas eran concedidas a peticionantes que, según las disposiciones de la época, asumieran los costos que suponían su registro.Pero las tarifas que habilitaban el acceso a la tierra eran inalcanzables para los pobladores del lugar, según explica el profesor Alejandro Guimera, en el capítulo económico del libro antes citado.Este inconveniente y la costumbre generaron, según dice, dos realidades sociales: grandes propietarios por derecho y pobladores de hecho en calidad de asentados.Apunta Guimera: "La ocupación de la tierra por los llamados 'intrusos' fue un problema que inquietó a las autoridades y también a los propietarios. Los pleitos, que eran frecuentes, muestran que muchas veces se ocupaban tierras realengas y otras tantas, propiedades privadas. En ambos casos, el desalojo era muy resistido".El antagonismo se desarrollaba en el contexto de una economía donde el principal recurso y fuente de trabajo era la explotación de los campos y la caza del ganado para producir sebo, tasajo y cuero. El primero que vio el problemaLa aparición del obispo Sebastián Malvar y Pintos por esta parte del mundo (Entre Ríos) formó parte de una estrategia decidida en la corte del rey Carlos III, quien estaba empeñado en fortalecer las posesiones españolas en América.De hecho el obispo, a quien se le había confiado la sede eclesiástica de Buenos Aires, llega dos años después de la creación del Virreinato del Río de la Plata. A poco de desembarcar en Montevideo, en diciembre de 1778, el prelado decide recorrer su vasta diócesis.Tras visitar diversos partidos de la Banda Oriental, desde Santo Domingo de Soriano, cruza a Gualeguaychú, donde a fines de 1779 inspecciona la capilla pública alrededor de la cual se asentaban unas pocas familias.Esto le permitió conocer la precaria situación de estos habitantes y el grave problema que enfrentaba a los pequeños propietarios con los grandes terratenientes que querían expulsarlos de sus campos.El obispo concibe la idea de elevar el estatus eclesiástico de la capilla, convirtiéndola en parroquia. "Las capillas serán parroquias y junto a las parroquias nacerán villas", es la frase que se le atribuye.En ella está contenida una concepción geopolítica: la existencia de parroquias era una manera de organizar el espacio. Abría la alternativa para que los vecinos poseyeran parcelas de terreno en el poblado, lo que era un modo primario de urbanizar, descomprimiendo la disputa entablada por el acceso a la tierra. Obsesión del fundadorMuchos historiadores consideran que el fundador de Gualeguaychú, Tomás de Rocamora, abordó aquí con valentía el problema de la tenencia de la tierra.Durante su reconocimiento del territorio, allá por el siglo XVIII, el entonces comisionado del virrey había observado lo mismo que Malvar y Pintos: que los pobladores de la zona no eran propietarios de las tierras que ocupaban, las cuales pertenecían a grandes latifundistas.El progreso de la villa de Gualeguaychú colisionaba con la apetencia de la clase terrateniente. Los colonos que trabajaban y vivían en estos campos, por falta de títulos de propiedad y sin permiso, corrían riesgo de desalojo.La necesidad de "poblar" implicaba la parcelación de tierras y aquí surgía la tensión con los hacendados más poderosos -como los Wright y los García de Zúñiga- quienes controlaban vastas extensiones de la geografía.Rocamora le describía al Virrey las virtudes de la zona, sus riquezas potenciales y la irracional explotación de los estancieros. También resaltaba los abusos de los que compraban a precios irrisorios grandes extensiones de campo.Enemigo de la estructura latifundista, bregó para que se le reparta tierra al vecino sin recursos. "Conténganse los desmedidos deseos de algunos pocos (...) No se les permita que adquieran lo muy superfluo (...) para que encuentre acomodo el pobre vecino", dijo Rocamora, hace más de 200 años. Caldo de cultivo de la RevoluciónLa disputa por la propiedad de la tierra continuó siendo un problema social en el siglo XIX, y de hecho se constituyó en uno de los factores que desencadenó el grito de Mayo en el sur entrerriano, en 1810.La adhesión de los criollos a la Junta de Buenos Aires se explica por la inquina que habían desarrollado hacia los representantes del poder español, a quienes acusaban de no cumplir con la promesa del reparto de tierras.Bartolomé Zapata, de Gualeguay y José Gregorio Samaniego, de Gualeguaychú, fueron gauchos que lideraron la revuelta de la población rural que pedía resolver problemas añejos asociados al acceso a la tierra y a la regularización de los títulos de propiedad.El historiador Leoncio Gianello escribió al respecto: "La incertidumbre en que vivían gran parte de los pobladores con respecto a la tierra que estaban trabajando y cuya propiedad alegaban poderosos terratenientes vinculados a las autoridades virreinales que amenazaban desalojarlos; el aislamiento de la región, la falta de conexión directa con la autoridad central eran factores de un acendrado particularismo que se convertirían en anhelo de autonomía gubernativa".
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