Levantar el pié
La sociedad argentina entera está en estos días asistiendo a una obscena, y por cierto inmerecida, confrontación generalizada.Sectores como la Iglesia, y componentes parciales de casi todos los partidos políticos, y también integrantes de distintas corporaciones, empresarias, sindicales, organizaciones no gubernamentales, y millones de ciudadanos personalmente, claman de todas las maneras posibles, por una convergencia que permita recorrer caminos comunes, de respeto, libertad y acciones constructivas.Todo ésto parece estar teñido de un idealismo ingenuo. Pero no. Ya es una demanda tan real, que quiénes están encaramados en lugares legítimos de gobierno, y desde la oposición también, tienen que asumir con responsabilidad absoluta la recreación de espacios dinámicos de creatividad y búsqueda de ideas profundas, no banales, no de composición liviana, que contribuyan a salir de un pantano decididamente angustiante.Hay cuestiones elementales que componen un conglomerado social, que no pueden ni deben ser soslayadas. La pobreza, la inseguridad, la injusticia, la decrepitud educativa, la anemia cultural, la corrupción desvergonzada y también descaradamente impune, tienen que ser enfrentarlas de una buena vez por todos nosotros.Con todas las fuerzas. Con la suma de la "gente buena". De la que declama pero hace de ésta, una sociedad más justa con sus actos cotidianos de manera silenciosaAl menos en nuestra comunidad de Gualeguaychú, parece que en estos últimos días cunde entre la dirigencia de partidos políticos, y también en sectores internos diferentes en ellos, la necesidad de prepararse muy pero muy seria y generosamente, para enfrentar los tiempos en que deberemos darnos la futura Carta Orgánica para transformar mejorando, la herramienta suprema que tenemos: la institución Municipal.Hoy por hoy se hace necesario "levantar el pié" del acelerador, que muchos dirigentes sueñan en apretar, para acceder a destiempo a la ubicación personal que colme las ambiciones naturales de ser Político, en detrimento del interés general.Paciencia y pan criollo, como expresa la frase popular para ellos. Generosidad y honradez, sólo éso podemos agregar, y nada menos que éso, con lo que en realidad sobra y basta para arrancar el inicio de un nuevo tiempo.
G. C.
Café y política
Uno es cincuentón, el otro ronda los treinta. Ambos trabajan en una empresa de servicios. A veces, aprovechando el tiempo libre, se gratifican con un café.Como en aquella apacible tardecita, en una tradicional confitería de Gualeguaychú. Esta vez el más maduro, Pedro, era el que invitaba. Fue él quien se dirigió el mozo, mientras Juan se acomodaba en la silla.Hablaron de cosas variopintas hasta que inesperadamente, como otras veces, salió la política. Sin querer, después de hablar de personajes públicos, se mezclaron en una discusión filosófica.-"Mi experiencia, pibe, me indica que el mejor gobierno es el que hace. A los gobernantes no hay que pedirles otra cosa", pontificó el hombre con canas.-"¿Qué sean honestos, no?" - preguntó incisivo Juan, captando el crudo pragmatismo que escondía la aseveración de su compañero.-"¡Otra vez la cantinela moralista! -reaccionó el cincuentón-. ¿Quién ha dicho que los políticos tienen que ser santos? La gente los vota para que les mejore su situación. Para nada más".-"Esto suena al 'roban, pero hacen'.¡Y mirá cómo nos ha ido!", respondió el joven, creyendo que estaba desbaratando el duro discurso que oía.-"Ahí está el error -replicó Pedro-: creer que nos fue mal por falta de decencia. En mi opinión, en política errás o no. Es un problema de eficacia en la conducción. La sociedad desprecia a los inútiles en política. Al indecente, mientras acierte, le tolera todo".Al joven de treinta fue como si se le hubiera atragantado el último sorbo de café. Quedó meditando lo que había escuchado. Aquello era fuerte. Y en un punto, algo difícil de rebatir.-"Por ejemplo, ¿qué consejo le darías al intendente? ¿Qué le dirías?", apuró Pedro, quien parecía disfrutar maliciosamente de la filosofía candorosa de su colega.A Juan, en tanto, le molestaba que lo hicieran sentir como un mojigato. -"No lo conozco personalmente -empezó titubeando-. Pero le diría que no robe. Y tan importante como eso: que evite que otros lo hagan".-"Bueno, hasta acá parecen los consejos de un cura a un penitente que va al confesionario", interrumpió el otro con una carcajada impiadosa.-"Le diría -continuó Juan, algo molesto- que hacer un gobierno decente y austero ya es mucho. Pero que eso es lo primero. Eso significa, obviamente, no poner amigos en el Estado y no gastar en cosas superfluas. Le diría, si pudiese hablar con él, que piense siempre en aquella jubilada que paga sus tasas municipales, en el barrio más alejado de la ciudad, y a la que eso le cuesta mucho".-"Suena lindo, muy tierno incluso. Pero eso no basta para hacer política. Los beneficios de una buena acción de gobierno -consecuencia de que se haya acertado con lo que hay que hacer- son mayores que la honestidad administrativa", sentenció Pedro, como queriendo rematar el pleito.-"Yo quisiera para mi ciudad un gobierno hiper-honesto -insistió Juan, deseoso de terminar su idea-. Esa es la base para que lo respete. Después, las políticas son relativas. Unas podrán ser mejores que otras..."A todo esto Pedro ya había llamado al mozo para pedir la cuenta. Hizo una mueca cínica en respuesta a las palabras de su camarada, a quien juzgaba incurablemente idealista, y miró el reloj como queriendo significar que ya era tarde.No hay pruebas que confirmen si esta pequeña historia es real. Aunque estos encuentros alrededor de un café, donde la vida se mezcla con la política y la filosofía, ocurren cada tanto.
M. L.
G. C.
Café y política
Uno es cincuentón, el otro ronda los treinta. Ambos trabajan en una empresa de servicios. A veces, aprovechando el tiempo libre, se gratifican con un café.Como en aquella apacible tardecita, en una tradicional confitería de Gualeguaychú. Esta vez el más maduro, Pedro, era el que invitaba. Fue él quien se dirigió el mozo, mientras Juan se acomodaba en la silla.Hablaron de cosas variopintas hasta que inesperadamente, como otras veces, salió la política. Sin querer, después de hablar de personajes públicos, se mezclaron en una discusión filosófica.-"Mi experiencia, pibe, me indica que el mejor gobierno es el que hace. A los gobernantes no hay que pedirles otra cosa", pontificó el hombre con canas.-"¿Qué sean honestos, no?" - preguntó incisivo Juan, captando el crudo pragmatismo que escondía la aseveración de su compañero.-"¡Otra vez la cantinela moralista! -reaccionó el cincuentón-. ¿Quién ha dicho que los políticos tienen que ser santos? La gente los vota para que les mejore su situación. Para nada más".-"Esto suena al 'roban, pero hacen'.¡Y mirá cómo nos ha ido!", respondió el joven, creyendo que estaba desbaratando el duro discurso que oía.-"Ahí está el error -replicó Pedro-: creer que nos fue mal por falta de decencia. En mi opinión, en política errás o no. Es un problema de eficacia en la conducción. La sociedad desprecia a los inútiles en política. Al indecente, mientras acierte, le tolera todo".Al joven de treinta fue como si se le hubiera atragantado el último sorbo de café. Quedó meditando lo que había escuchado. Aquello era fuerte. Y en un punto, algo difícil de rebatir.-"Por ejemplo, ¿qué consejo le darías al intendente? ¿Qué le dirías?", apuró Pedro, quien parecía disfrutar maliciosamente de la filosofía candorosa de su colega.A Juan, en tanto, le molestaba que lo hicieran sentir como un mojigato. -"No lo conozco personalmente -empezó titubeando-. Pero le diría que no robe. Y tan importante como eso: que evite que otros lo hagan".-"Bueno, hasta acá parecen los consejos de un cura a un penitente que va al confesionario", interrumpió el otro con una carcajada impiadosa.-"Le diría -continuó Juan, algo molesto- que hacer un gobierno decente y austero ya es mucho. Pero que eso es lo primero. Eso significa, obviamente, no poner amigos en el Estado y no gastar en cosas superfluas. Le diría, si pudiese hablar con él, que piense siempre en aquella jubilada que paga sus tasas municipales, en el barrio más alejado de la ciudad, y a la que eso le cuesta mucho".-"Suena lindo, muy tierno incluso. Pero eso no basta para hacer política. Los beneficios de una buena acción de gobierno -consecuencia de que se haya acertado con lo que hay que hacer- son mayores que la honestidad administrativa", sentenció Pedro, como queriendo rematar el pleito.-"Yo quisiera para mi ciudad un gobierno hiper-honesto -insistió Juan, deseoso de terminar su idea-. Esa es la base para que lo respete. Después, las políticas son relativas. Unas podrán ser mejores que otras..."A todo esto Pedro ya había llamado al mozo para pedir la cuenta. Hizo una mueca cínica en respuesta a las palabras de su camarada, a quien juzgaba incurablemente idealista, y miró el reloj como queriendo significar que ya era tarde.No hay pruebas que confirmen si esta pequeña historia es real. Aunque estos encuentros alrededor de un café, donde la vida se mezcla con la política y la filosofía, ocurren cada tanto.
M. L.
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