Los corsos de antaño en Gualeguaychú

Por Gustavo Rivas
Así como arremetían contra las jovencitas que se pintaban y las “mayorcitas” que por coquetear no atendían las tareas del hogar, también la emprendían a fondo contra algunos jóvenes, a quienes denominaban “manates”. Veamos:
LOS "MANATES"
El término “magnate” se origina en el título que recibían los grandes señores del reino en Polonia y Hungría, hace varios siglos. Se usa actualmente para referirse a los poderosos, especialmente las personas adineradas.
El mismo nombre, aunque levemente modificado, sirvió para denominar en Gualeguaychú a una clase de jóvenes que constituían “la onda” de aquel entonces, por sus especiales costumbres y característica vestimenta. Un enfoque sociológico talvez los relacionaría con el “cajetilla” porteño. Ellos fueron antecesores de otros grupos que irrumpieron en la calle 25, desafiando las costumbres pacatas de las décadas siguientes: “petiteros”, “nuevaoleros”, “hippies”, “conchetos”, “facheros”, “ro ckeros”, “metálicos” “punk” “floger” etc., a quienes une el común denominador de una indumentaria diferenciadora y sobre todo ¡su aversión al trabajo!
En realidad, mucho distaban de ser verdaderos magnates, aunque adoptaran actitudes de tales. Los sociólogos reconocerían en esa dualidad, la brecha entre “status real” y “status de referencia”.
La picardía popular había reservado la "g" para los auténticos magnates y a estos pretensiosos émulos les decían simplemente: “manates”.
Veamos ahora cómo las murgas trataban el tema. “Los Locos del Puerto”, en su respectiva "crítica", cantaban letras como ésta:
También vamos a criticar
a una punta de "manates"
y vamos a hablar de algunos
que se lo pasan a mates.
Toman puro mate cocido
pero hablan de chocolate.
Se pasean por la calle,
con el traje bien hechito.
Son una manga de secos,
hay que ver estos "manates":
Y cuando ven al sastre,
¡vuelan como pajaritos!
Estos versos ponen al descubierto el juego de las apariencias. Por su parte, “Los Blanco y Negro”, agregaban otros datos nada despreciables sobre las costumbres y los detalles de la vestimenta de los “manates”:
No son hombres de conciencia Algunos llevan cuello duro
se lo pasan en la plaza, otros usan unos bigotes,
secos y sin cigarrillo; y andan todo el día por la calle
debían estar en su casa. como unos grandes pavotes.
Afilando a los muchachas Se peinan con gomina
prometiendo luna y cielo, y llevan traje cruzado,
y para poder fumar de noche se van a la plaza
juntan puchos en el suelo. pero el traje no lo han pagado
Pero fuera de las ácidas “críticas” como las citadas, el protagonista omnipresente en estas canciones, era el barrio que los albergaba y así en las murgas del puerto p.ej. aparecía Don Daniel Risso con su café “Caza y Pesca”, Pablo Bendrich con su "kiosco" de frutos y su barco “Gobernador Laurencena” o la plaza que acababa de remodelarse en 1928, orgullo de toda la barriada:
Risso tiene café
Bendrich, lancha a motor,
y en el puerto tenemos,
¡a la gran plaza Colón!
Las estrofas que cantaban las murgas, generalmente se imprimían en folletines con la colaboración de los nombrados comerciantes, que eran retribuidos con su mención en las canciones. El papel se repartía para que el público pudiera acompañar los cánticos, sin perjuicio de que alguno contribuyera con algunas monedas o bien algún “traguito”.
La actuación central de las murgas se realizaba en algún escenario especialmente preparado para concursar. El más fastuoso, se instaló a principios de los años treinta, en la esquina de 25 y Humberto Primo (actual Italia). Se trataba de un gran palco aéreo que cruzaba por lo alto desde la tienda “Barato Argentino” (que existía desde 1923) hasta la casa de Doña Martina Duarte, luego adquirida –en 1943- por Don Isaac Manuel Alvarez. Se ascendía por una escalera y se bajaba por otra en el extremo opuesto y allí desfilaban las murgas, máscaros sueltos, osos, elefantes y muy especialmente la orquesta “Amor y Primavera”.
Pese a que el carnaval es por tradición, permisividad y licencia, en aquellos tiempos no todo era tan fácil y el rigor de las costumbres imponía algunos controles antes del ingreso al circuito.
Por tal motivo, las agrupaciones, en su camino al corso debían hacer una presentación preliminar frente a la Comisión Municipal del Carnaval, donde se sometían sus letras a una especie de “censura previa”. Una de las anécdotas más festejadas, data de 1957 cuando era Intendente Don Luis Fernández, cuya calva lo caracterizaba. Él observó desde el palco que “Los Diablos Rojos” no avanzaban y mandó averiguar la causa. Con exagerada obediencia, le informaron que “esos atrevidos” entonaban una estrofa que contenía una alusión irreverente hacia su persona. Pero el bueno de Don Luis, que tenía sentido del humor, revisó la letra y para sorpresa de todos ordenó con firmeza “¡que la canten!”. Aunque desconcertados, los murgueros se dispusieron a acatar aquella decisión imperativa y comenzaron a cantar:
Esta murga se presenta
con toda su muchachada,
saludando al intendente
con su cabeza pelada.
17 años antes, el saludo al intendente era realmente cosa seria, como lo demuestra esta cuarteta de Los Negritos Sandunga, en 1940:
Esta murga se presenta
sin decir ni un "arriego",(?)
saludando al Intendente
¡Claudio Méndez Casariego!
MUCHAS MURGAS. NUEVOS TRAJES
Eran muchas las murgas por entonces. En 1956 por ejemplo, salieron entre otras: “Los Vergonzosos”, liderados por el Negro Morales; “Los Entrerrianos”, por Diego Martínez; “Los Vacantes”, por el Negro García; “Los Cumbias”, de Balbuena; “Los Invictos”, de Cucho Ferreyra; “Los Cumbancheros”, de Miguel Irigoyen; “Los Diablos Rojos” del Pibe Corcho; “Los Primaverales”, también de Diego Martínez; “Los Petiteros”, de Zapallito Marín; “Las Estrellitas” de Pueblo Nuevo; “Los Atrayentes”, de Sebastián Cano; “Violetas Imperiales” y otros. Diego Martínez fue el primero que introdujo las tumbadoras y las chaquetas con volados, a la usanza caribeña, que luego adoptaron casi todas las murgas.
1957 marcó un jalón en la historia de nuestro carnaval. Ese año se formó la murga que con el tiempo alcanzaría el mayor prestigio en los carnavales de Gualeguaychú: “La Barra Divertida”
Después, en la asombrosa evolución que tuvo la fiesta, fue la única que, con gran esfuerzo, pudo evolucionar y adaptarse a las nuevas modalidades y como grupo carnavalesco, permaneció hasta la década del 80.
Las demás habían desaparecido: atrás quedaban aquellos viejos carnavales. Cuando la organización del corso se convirtió en empresa, las plumas y las lentejuelas desplazaron al lienzo y a la tafeta; las trompetas y clarines silenciaron a las débiles cornetas y aquellos hombres se encontraron conque el carnaval tenía otros dueños. Se sintieron extraños y hasta olvidados por el público, que se les tornó indiferente. Se sintieron de más y se retiraron con tristeza.
Pero felizmente en la década siguiente, la comunidad se acordó de ellos y los rescató a través de los corsos populares que llevan el nombre de una figura emblemática: el querido payaso “Matecito” Blanc.
En una nota aparte, nos ocupamos especialmente de “La Barra Divertida” que este año regresa para ser homenajeada en los corsos populares.
No nos oponemos al progreso ni a la belleza y el esplendor, ni al fenómeno turístico generado. Pero les debíamos esta recordación. Y que el merecido homenaje a “LA BARRA” sea extensivo a todas aquellas murgas que, durante tantos años, mantuvieron encendida la llama del carnaval.
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