Los pasteleros hicieron de la venta puerta a puerta su mejor capital
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Tienen 24 y 23 años, y luego de luchar contra las drogas, se dedicaron a la venta de pastelitos casa por casa. La historia de dos hermanos que quisieron salir adelante y hoy se consideran alguien en la vida, tienen un laburo digno y viven de su trabajo.Mateo y Sergio Scuccimarra nacieron en Gualeguaychú, pero luego de un tiempo se mudaron a Buenos Aires. Allí la vida los golpeó duro con la muerte de su papá, razón por la cual emprendieron el regreso. Pero todavía no había terminado el derrotero: el mundo de las drogas llegó a sus vidas."Hemos fumado basura que nos ha hecho mucho mal y que nos ha llevado a hacer cosas que nunca hubiéramos imaginado", afirman al unísono, como si fueran uno en vez de dos personas. Y lo que ellos llaman basura no es otra cosa que la infame cascarilla. Pero un buen día, Mateo y Sergio dijeron basta: se dieron cuenta que no podían seguir por el camino de la intoxicación, cometiendo aberraciones que tarde o temprano los iban a inmiscuir en lugares que jamás hubieran querido estar. Y entonces, comenzó en serio la nueva vida de los hermanos Scuccimarra."La rehabilitación llevó su tiempo. No es fácil sacarse tanta porquería de la cabeza. Hace años que ya no consumimos y no pensamos volver a hacerlo", afirmaron.Sin embargo, el nuevo mundo post drogas no era una realidad fácil y sencilla, pero todo eso no impidió que comenzaran de cero para construir algo mejor. "Para poder parar la olla, nos dedicamos a la venta, casa por casa, de pasteles. Tenemos estudios secundarios pero no conseguimos trabajo. Además, a mucha gente no les gusta que tengamos tatuajes", explicaron a ElDía.Junto a su madre se levantan a las dos de la mañana para hacer los pasteles. Se las ingeniaron para hacer una fuente donde echar el aceite y hacerlos. "Los vendemos de a media docena o una docena, ya sea de batata o de membrillo", informaron."Compramos bolsas de harina grandes, pero el precio de la materia prima ha subido mucho, lo que nos obligó a aumentar el precio", lamentaron y agregaron: "Media docena la vendemos a $80 y la docena a $150".Por bandeja, los hermanos ganan $20, pero para que esto sea posible deben caminar todos los días las calles de la ciudad. "La gente ya nos conoce, sabe sobre la calidad de nuestros productos y generalmente nos compra", cuentan entusiasmados.En promedio, venden 10 docenas a la mañana y otras tantas a la tarde. "Con lo que recaudamos comemos y pagamos los impuestos. No nos sobra nada, pero tampoco nos falta", comentaron antes de continuar con su rutina diaria de tocar cada puerta con la esperanza de que compren lo que producen con sus manos y su corazón.
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