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Los secretos de "A jugar con Hugo", el programa de juegos símbolo de la TV de los '90

El ciclo interactivo fue un éxito desde su debut y llegó a emitirse dos veces por día, de lunes a lunes. Cuando dejó de salir al aire, después de una década, su anfitriona renegó de esa decisión: "Si fuese por mí, hoy seguiría haciendo el programa".

Las nuevas tecnologías, la privatización de los canales, la flexibilización de las pautas publicitarias y el avance del cable prepararon el terreno para un incremento en la oferta televisiva en la década del ’90 en la Argentina. Comenzaron a ganar popularidad los canales infantiles, y en ese contexto, Magic Kids apostó por un formato novedoso que no tardó en convertirse en un éxito. Hoy en día, A jugar con Hugo forma parte de la lista de recuerdos de todo aquel que se considere un auténtico nostálgico de esa época. Con la particularidad que marcó a dos generaciones: los chicos que participaban y también sus padres, que se enganchaban con ellos.

A jugar con Hugo era un programa de origen de danés, cuya licencia fue comprada por Magic Kids. Producido por Promofilm, se grababa en Pramer. Los niños jugaban en vivo con un teléfono de línea: apretando los botones manipulaban a Hugo, una suerte de duende animado, que debía sortear diferentes obstáculos hasta llegar al castillo de Scylla, una malvada bruja que tenía secuestrada a su familia. Toda una novedad para la tecnología de entonces.

Si bien el protagonista era Hugo, su conductora, Gabriela Roife, se convirtió en un símbolo de la TV de los ’90. No es para menos: era la imagen de un formato tan exitoso que llegó a emitirse dos veces al día, de lunes a lunes. Su debut fue en noviembre de 1996, ella tenía 24 años y nunca había estado al frente de un ciclo en vivo. Lo hizo durante una década hasta que el programa dejó de emitirse, en sintonía con la desaparición de Magic Kids. Después de esa experiencia nunca más volvió a trabajar en la pantalla chica. En diálogo con Teleshow, reniega de esa decisión: “Si fuese por mí, hoy seguiría conduciendo A jugar con Hugo”.

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- ¿Cómo arrancó el programa?

-"Fue muy rápido: me confirmaron que había quedado en A jugar con Hugo y en menos de una semana ya estábamos al aire. Nunca había hecho algo en vivo. Me acuerdo del primer programa, unos nervios terribles. Salía a las 7 de la tarde y la escenografía era súper sencilla, solo tenía la sillita redonda donde me sentaba yo y atrás había un Hugo de telgopor pegado a la pared. ¡Un día se cayó al piso en medio del programa! En ese momento todavía no estaba la pantalla con el Hugo que hablaba conmigo, eso se agregó después. Hasta tenía marcado en el piso dónde tenía que poner los pies para que no hubiera problemas con las luces. Miraba a una cámara, después a la otra, después volvía a mirar a la primera cámara... Muy gracioso, era otra televisión”, aseguró Gabriela.

—¿Para qué era el famoso “apretá 5” antes de empezar a jugar?

Para ver si el teléfono era apto para jugar. En aquel momento recién había cambiado la telefonía, entonces yo les decía a los chicos: “Fijate que al costado del teléfono hay un botoncito que dice ‘Tone - Pulse’. Bueno, cambialo”. Si no lo hacían se escuchaba un ruido como ‘ta-ta-ta-ta’. Además, en el Interior había mucha gente que tenía teléfono de disco y no podían jugar. Al apretar el botón chequeábamos que estuviera todo bien.

—¿De qué edad eran los chicos que participaban?

—Jugaban de cinco a 15 años. Imaginate un pibe de 15 años hoy en día con A jugar con Hugo, te lo tira por la cabeza… Pero en aquel momento un chico de esa edad probablemente no tenía una consola de juegos en su casa, no había muchos videojuegos ni Internet, entonces quería participar.

—¿Era difícil hacer un programa en vivo en el que participaban niños tan chicos?

—En ese momento tenía cero consciencia de que estaba haciendo un programa. Para mí era estar con amigos y hablar con los chicos, como si hablara por teléfono con alguien que conocía. Empecé a tener más consciencia cuando comenzó a salir en otros países. Además me encantan los chicos y los respetábamos mucho: estaba el que quería hablar y el que no. En ese caso, no pasaba nada, nos poníamos a jugar. Después, cuando apareció Hugo en la pantalla en el estudio, ya tenía al locutor enfrente mío, entonces el programa tenía más complicidad e interacción.

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—En algún momento hubo quejas por una supuesta trampa en el juego…

—Siempre me lo preguntan. Muchas veces no se podían anotar, porque los chicos miraban el programa y les daban ganas de jugar en ese momento, entonces llamaban todos a la vez y colapsaban las líneas. La clave era llamar en otro momento. En cuanto al juego, lo que se decía es que a Hugo no lo movían los chicos apretando los botones del teléfono, sino que lo hacía alguien de la producción. Yo me río porque hay gente que jugó hasta tres veces. No había ningún truco: participaban los chicos y los que ganaban se llevaban los premios.

—¿El programa fue un éxito desde el primer día?

—Sí. Me acuerdo que cuando arrancamos dijimos “bueno, vamos a ver qué onda”, y la repercusión fue increíble: cuando terminó el primer programa me llamaron y me dijeron “están explotados los teléfonos”. Además, al principio, para participar había que llamar a un 0-600, que salía una fortuna. La gente que me reconoce me sigue recordando el importe del teléfono. Después se cambió por una línea normal y un 0-800.

—Era una novedad absoluta para la televisión de ese momento.

—Sí, y no solo por el juego, sino porque también era bastante dinámico y moderno. Yo hablaba todo el tiempo con la gente detrás de cámara, jugaba con los camarógrafos, era muy descontracturado para la tele de esos años, que era mucho más rígida: no te podías mover, no se podía correr la luz, no podías mostrar nada, la piel no podía brillar... Ahora, en los programas hasta te muestran el estudio, entonces pienso que mi estilo divertido y descontracturado tranquilamente podría encajar en un programa de hoy.

—¿Por qué creés que tuvo tanto éxito?

—Creo que fue por esa cosa muy novedosa, que era cautivante. Nunca quedaba antiguo porque íbamos incorporando nuevos juegos, con otra tecnología. En ese momento no me daba cuenta pero hoy, con las devoluciones que sigo teniendo, creo que el amor y la alegría que yo le metía al programa se percibían, y era un momento alegre tanto para los chicos como para la familia en general.

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—¿Los padres de esa generación que participaba en “A jugar con Hugo” también recuerdan el programa?

—Sí, también me escriben por las redes sociales, me dicen “no puedo creer que te encontré”. Me cuentan de lo importante que era el programa respecto a la compañía en la infancia de muchos. Había muchos chicos cuyos padres trabajaban y los dejaban horas solos en sus casas. O también me han contado de situaciones de violencia tremendas, y el programa era como un escape de esas situaciones… También me dicen “veía el programa con mi abuela, que ya no está”. De todas estas cosas me entero hoy, porque antes no existía esa posibilidad, ese feedback...

—Me imagino que desde tu lado de la pantalla, después de tantos años al aire, también debe haber muchas historias…

—Sí, un montón de situaciones. Siempre me acuerdo de una nena que sabía italiano, que era un amor y súper comunicativa, y terminó mandando al corte en italiano. Charlas súper ricas que aportaban un montón. O a veces algún chico me decía “esperá que mi tío te quiere decir algo”, y por ahí al tío yo le gustaba y hacía algún comentario que yo cerraba los ojos para que no pasara nada, porque era todo en vivo, sin filtro. Entonces le bajaban el audio y salía sin sonido, yo le mandaba un beso al tío y listo. Pero por lo general todas historias buenas, y había una gran relación con todos en el piso. Me acuerdo que tenía que hacer la publicidad del Tiki Taka, así que aprendí a usarlo para hacerlo al aire. “Por favor no lo hagas, vas a hacer papelones”, me decían. Después, cuando me salía, era mi momento de gloria.

—Otro momento de gloria fue cuando ganaste el Martín Fierro al mejor programa infantil de 2002.

—Ya habíamos estado nominados varias veces, y a mí no me gustan muchos estos eventos porque no me siento cómoda haciendo lobby y figurando. De todas formas, iba chocha porque el rubro infantil es uno de los primeros, entonces era un poco de nerviosismo al principio pero después perdíamos y ya me relajaba y disfrutaba de la fiesta. Hasta ese día que ganamos, y en el discurso, con la euforia del premio, dije: “¡Qué lindo es ganar!” Te queda otro sabor... (Fuente: Teleshow)

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