Los subtes, la tragedia ferroviaria de Once y la Argentina “trucha” que no nos abandona
¿Por qué pudiendo hacer las cosas bien las hacemos mal o a medias? ¿Es un designio "divino" o tiene que ver con nuestra idiosincrasia particular, aquella del "lo atamo" con alambre... lo atamo'?Jorge Barroetaveña No cumplir con la ley o mirar para otro lado si alguien no la cumple termina costando vidas. El debate abierto por la tragedia de Once entró en los carriles habituales cuando todos intentan eludir responsabilidades. ¿Acaso el país se enteró aquella mañana del 22 de febrero que la gente viajaba en esas condiciones en el Ferrocarril Sarmiento? La tragedia de Once debe haber sido la más anunciada de la historia. Estuvo precedida de centenares de incidentes más y menos graves que alertaban sobre el estado de los ferrocarriles, las escasas inversiones de los concesionarios y la 'laxitud' por definirlo de una manera generosa, de los controles del estado.En la Argentina los empresarios tienen una mala costumbre: maximizan las ganancias. ¿No será posible que resignen algo de dinero y hagan las inversiones necesarias para prestar un buen servicio? El estado, suele terminar siendo cómplice de esa estrategia, con controles blandos y sanciones inexistentes, cuando no con sociedades corruptas fuera de la ley. La Auditoría General de la Nación y la CNRT denunciaron en los últimos años decenas de veces a TBA. Falta de inversiones, mantenimiento, mala calidad de atención pero nunca fueron escuchadas. Es más, la Secretaría de Transporte de la Nación no le aplicó una sola multa a la empresa por numerosos incumplimientos. ¿Qué hizo? Le aumentó los subsidios y la premió con otras concesiones como las del Gran Capitán o el Tren de los Pueblos Libres que une Argentina con Uruguay. ¿Fue el reconocimiento al pésimo servicio prestado?Detrás de esas ausencias del estado se coló la vida de 51 personas. La justicia deberá determinar (en un largo proceso) qué fue lo que pasó pero nadie debe dudar que fue una tragedia largamente anunciada.La reacción oficial fue endeble, tanto como la actitud que tuvo con TBA en los últimos años. Primero el silencio, después la justificación y al final la cintura para esquivar los cuestionamientos. Contó para eso con la venia judicial que aceptó al gobierno como parte querellante en la causa. ¿Qué significa? Que para el Juez Claudio Bonadío el Estado es tan víctima como Lucas Menghini Rey, el último pasajero hallado muerto en la formación de Once.En el medio la Presidenta reclamando para que las pericias se hagan rápido, como si allí se acabara el proceso judicial que demandará años. Es una forma sutil, o no tanto, de esconder la falta de decisión política que tuvo el kirchnerismo en este tema. Con semejante hecho, nadie se mueve de su cargo: ¿no era esperable acaso la renuncia del directo responsable del área? Claro, irse sería hacerse cargo de lo que pasó y en la Argentina 'trucha' nadie quiere quedar pegado.Pero hay una responsabilidad aún más grande ante los acontecimientos que deviene de la estrategia del kirchnerismo desde que llegó al poder. El sistema de ferrocarriles en la Argentina que, según dijo la Presidenta empezó a ser desguazado en los '60 por Frondizi, entró en un tobogán sin retorno en los '90 con las privatizaciones de Menem y en el ocaso definitivo cuando Néstor Kirchner decidió darle a su 'amigo' Hugo Moyano todas las prebendas posibles para el transporte de cargas. Fue un trabajo de orfebre el que hicieron el ex presidente y el camionero. El gremio tuvo así un crecimiento explosivo, a costa del olvido persistente y contumaz de la red ferroviaria argentina. Aunque suene raro pocas cosas cambiaron en los últimos 20 años. Los sindicalistas ferroviarios son los mismos, los empresarios son los de la época de Menem y las políticas de estado para el sector no se modificaron un ápice. El final fue la Estación Once.Los subtes que Macri no quiereLa Presidenta intuye un año difícil. Su presentación en el Congreso fue la más larga desde el retorno a la democracia, haciendo un largo repaso de los años de gestión del kirchnerismo. Y eligió, como otras veces, a Macri como su principal adversario. Y Macri se dejó elegir. El pretexto son los subtes y su traspaso a la Ciudad de Buenos Aires, pero lo que se esconde es la puja por lo que se viene. Quedó insinuado el año pasado con las elecciones en capital y hasta dónde unos y otros quisieron polarizar la disputa. Al cabo, ambos extremos se resultan funcionales en una puja que no tiene fin.Buenos Aires es una ciudad privilegiada de la Argentina. Los porteños pagan menos por la luz, el agua y el gas que el resto de los habitantes del país. Tienen un sistema de transporte subsidiado por la Nación y una Policía Federal que también se banca desde Rentas Generales. Eso sin contar con el resto de la red de servicios que pone a Buenos Aires lejos de otras ciudades de la Argentina. Es la vidriera política, económica y social y sede de los medios de comunicación más importantes. Pero está en manos de un dirigente opositor. En esa brecha se desarrolla el debate. Los subtes tienen que ser manejados por el gobierno autónomo, igual que la Policía Federal. Las deudas son del estado, y Macri también tiene que hacerse cargo. En el medio están cientos de miles de vecinos que padecen los caprichos de las superestructuras. Sería bueno que la Presidenta y Macri viajen algún día en subte en una hora pico o a la mañana temprano en tren. Sería un espléndido baño de realidad que no le vendría mal a ninguno de los dos.ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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