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Los vínculos entrerrianos del autor del mítico Martín Fierro

José Hernández fue uno de los intelectuales que apoyó el proceso urquicista de la Confederación Argentina. Pero luego se hizo fervoroso jordanista.

Marcelo Lorenzo

Hoy en la Argentina se celebra el Día de la Tradición, en honor al nacimiento de José Rafael Hernández (1834-1886), autor del poema “Martín Fierro”, obra cumbre de la literatura gauchesca.

Hernández había nacido el 10 de noviembre de 1834 en los caseríos de Perdriel, en la Chacra de su tío don Juan Martín de Pueyrredón, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas.

Hijo de Rafael Hernández e Isabel Pueyrredón, comenzó a leer y escribir a los cuatro años y luego estudió en el Liceo de San Telmo. En 1846 fue llevado por su padre al sur de la provincia de Buenos Aires, donde se familiarizó con las faenas rurales y las costumbres de los gauchos.

En cuanto a su formación política, su madre, una Pueyrredón, provenía de una estirpe unitaria, en tanto que su padre era federal. Hernández tenía 18 años cuando el entrerriano Justo José de Urquiza venció a Rosas en Caseros. Y para esa época dos intereses marcaban a fuego su pensamiento: la defensa del gaucho y su oposición al centralismo porteño.

Seducido por la política federal de Urquiza, Hernández se trasladó a Paraná, entonces capital de la Confederación, donde fue periodista, comerciante, soldado y desempeñó cargos públicos.

Devino en uno de los intelectuales destacados que apoyó el experimento entrerriano que contribuyó a la organización nacional bajo el sistema republicano y federal, junto a escritores como Juan Bautista Alberti, Olegario Víctor Andrade y Carlos Guido y Spano.

En la capital entrerriana, quien luego escribiría el “Martín Fierro” se casó en 1863 con Carolina González del Solar, con quien tuvo siete hijos (seis mujeres y un varón).

Hernández formó parte del ejército confederado que venció a los porteños en la batalla de Cepeda y también participó en septiembre de 1861 en la de Pavón, en la que Urquiza retrocedió para cederle la victoria al porteño Bartolomé Mitre.

PAVÓN: UN ANTES Y UN DESPUÉS

Para no pocos interesados en el pasado argentino la batalla de Pavón es acaso el enigma de la Esfinge de la historia nacional. ¿Por qué el caudillo entrerriano, que estaba ganando en el campo de batalla, decidió retirase? ¿Qué lo hizo replegarse hacia su provincia, entregándole el triunfo y el mando del país a Bartolomé Mitre?

¿Qué cuestiones políticas o personales lo indujeron? ¿Creyó que era el único medio para pacificar el país? ¿Acató una orden de la Masonería, de la cual era miembro al igual que Mitre? ¿Falló el cálculo político? ¿No vio que esa decisión provocaría una grieta política en Entre Ríos, como ocurrió efectivamente, lo que acabó con su propia vida y desató una guerra civil que sumiría en el ocaso a la provincia?

Lo cierto es que la batalla de Pavón dividió las aguas entre los seguidores del caudillo entrerriano. Mientras Olegario Víctor Andrade se mantuvo leal a Urquiza, José Hernández se plegó a la revolución encabezada por Ricardo Ramón López Jordán, el entrerriano ex militar de la Confederación que conspiraría para matar a Urquiza y dirigiría una revolución contra Buenos Aires, que fue abortada.

Tras el asesinato de Urquiza el 11 de abril de 1870, Hernández le envía una carta al militar rebelde donde le dice: “Urquiza, el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él… ¡Hace dos años que Ud. (López Jordán) es la esperanzas de los Pueblos, y hoy, postrados, abatidos, engrillados, miran en Ud. un salvador”.

El escritor se sumó luego al alzamiento jordanista, que fue duramente reprimido por el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento, quien decidió la intervención de Entre Ríos y envió tropas para sofocar la rebelión.

Tras la derrota de López Jordán, nuestro personaje vivió en el exilio un tiempo, primero en Brasil, luego en Montevideo. Y en 1872, volvió secretamente a Buenos Aires, donde se alojó en el Hotel Argentino.

Allí, parcialmente oculto, escribió la primera parte de “El gaucho Martín Fierro”, que publicó el 28 de noviembre de 1872, en una edición barata. Según lo que el propio Hernández le explicó a su editor, allí expuso “todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima ese clase desheredada (...) sus trabajos, sus desgracias, los azares de su vida de gaucho”.

El “Martín Fierro” devino en el mayor icono del credo nativista-nacionalista y quienes establecieron por ley el Día de la Tradición, en homenaje al nacimiento de su creador, sentaron que lo propio de los argentinos tiene que ver con este representante arquetípico de las pampas.

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La literatura nacionalista y revisionista de la primera mitad del siglo XX ha insistido en que “Martín Fierro” es el “anti Facundo” (la obra escrita por Sarmiento), el tipo humano autóctono que defiende la identidad argentina contra los usurpadores europeizantes, asociados a la inmigración.

EL VIRAJE IDEOLÓGICO

Pero en 1879 Hernández publicó una continuación de esta obra titulada “La vuelta de Martín Fierro”, que refleja una visión fundamentalmente distinta del gaucho, motivada por los cambios en el país y sobre todo por las circunstancias vitales del autor.

El nuevo poema, en efecto, ya no es de protesta, sino que es un manual práctico sobre cómo debería el gaucho volverse un ciudadano productivo y dócil al sistema.

La explicación que da el historiador norteamericano Nicolas Shumway, en su libro “La invención de la Argentina”, es que con la llegada de Nicolás Avellaneda a la presidencia Hernández pasó de ser un rebelde periodista en el federalismo a un funcionario público respetado, un “próspero hombre de negocios y (un) preceptor moral de los gauchos abandonados”.

En el primer poema “El gaucho…”, que exalta la literatura nacionalista, José Hernández era un hombre buscado por la ley, con un futuro incierto, viviendo fugitivo y luchando por una causa perdida.

En contraste, “La vuelta…” fue escrito siete año más tarde, durante un período de existencia burguesa de Hernández, en el cual éste había obtenido un lugar en la nueva Argentina del pragmatismo, la riqueza y el progreso.

En su último poema, Hernández deja de mirar al gaucho como un revolucionario y más bien le predica valores morales enseñándole que “el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar”, como se lee en el prólogo de la obra.

Incluso hay allí un retrato negativo de los indios, algo que fue funcional a las expediciones que emprendió contra ellos por esa época el hombre blanco (conocida como la “Conquista del Desierto”).

“El indio es indio y no quiere / apiar de su condición, / ha nacido indio ladrón / y como indio ladrón muere”, se lee en “La vuelta de Martín Fierro”.

Al respecto el comentario de Shumway es cáustico: “Es melancólico ver al campeón del proletariado rural usando los mismos argumentos racistas contra los indios que aquellos que sus enemigos solían usar contra los gauchos mestizos”.

Cabe consignar que la masonería argentina pone entre sus filas a Hernández, como hace con otros argentinos de renombre. Sostiene que el creador de Martín Fierro fue iniciado en la Logia Asilo del Litoral Nº18 de Paraná (Entre Ríos), en 1865, y durante su vida fue miembro de otras logias del país, llegando a poseer el grado 32 de la masonería.

“Poco antes de su fallecimiento fue designado Miembro Libre de la Masonería Argentina, una distinción que pocos alcanzan, pues exige haber cumplido un cuarto de siglo de pertenencia ininterrumpida en la orden”, escribe Antonio Las Heras, en el artículo “La poco conocida historia del masón José Hernández” (publicado en el diario La Gaceta en noviembre de 2012).

Los restos de Hernández, que falleció el 21 de octubre de 1886, descansan en una bóveda en el Cementerio de La Recoleta en Buenos Aires.

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