Luis Luján: “Todo lo que hago es para seducir al público”
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En agosto de 1953 nació en Gualeguaychú, pero su infancia transcurrió en Sarandí, donde vivió hasta los 15 años. Las peripecias económicas lo obligaron a volver a la ciudad. Escritor, bibliotecario, músico, mago, apasionado en todo lo que hace. Luján muestra en cada una de sus palabras desde dónde mira el mundo y, sobre todo, cómo elige contarlo. Luciano Peralta Antes de ser el multifacético artista que se pasea con la guitarra al hombro por bares de la ciudad o que cotidianamente ordena las repisas colmadas de libros de las bibliotecas donde trabaja, Luis Luján transitó un camino lleno de peripecias, colmado de personajes e historias que con escenografías diferentes fueron dándole la materia prima que se deja entrever en cada cuento, cada frase o cada canción.Su infancia, como a todos, lo marcó de por vida. El boliche de la familia, el campo y un sinfín de historias y relatos alimentaron la creatividad y la magia que, muchos años después, pudo volcar en sus obras.-¿Cómo fue esa infancia en el campo?-Nosotros vivimos en el cruce de la vieja Ruta 14 con el camino que iba a Gualeguay. Era un camino de tierra que todo el mundo tomaba. En ese lugar, mi abuelo y mi viejo tenían un boliche de campo. Entonces, yo crecí detrás del mostrador, rodeado de botellas y bolsas con harina. Esa infancia fue la determinante de todo lo que iba a venir después. Lo que tengo de narrador es resultado de las vivencias de esa época.Siempre recuerdo, y se ve que me quedó bien grabado, que en aquella época las vacas se transportaban por arreo porque no había camiones. Los troperos arriaban las vacas hasta la Rural, y siempre paraban en un pedazo de campo que era de mi abuelo. Pasaban la noche ahí y al otro día seguían viaje. Por semana paraban dos o tres arreos, siempre era lo mismo: a la noche fogón y mate, solo que al mate no le echaban agua, le ponían ginebra directamente.-¿Qué te acordás de esos fogones?- Eran espectaculares esos tipos: ¡Terribles mentirosos! Cuando llegaba la noche, armaban el fogón, encerraban las vacas y hacían el asado. A medida que iban pasando las horas los cuentos eran cada vez mejores, ¡imaginate! Mis hermanos y yo nos metíamos entre ellos para escuchar esas historias fantásticas, de fantasmas, asesinatos y esas cosas. Eran unos narradores espectaculares, ¡uno más mentiroso que el otro!En el '70 se hizo el camino a Larroque, entonces la calle sobre la que vivía la familia Luján dejó de ser paso obligado para quienes paraban a diario en el boliche. Esta situación obligó a Santos (padre de Luís) a tomar una decisión: había que dejar Sarandí. Y el lugar elegido para asentarse fue Ceibas, una "tierra grandiosa", según titula el último libro publicado por el escritor gualeguaychense.El destino, y la suerte del negocio familiar, hicieron que la familia viva por más de 26 años sobre la Ruta 14. "En el parador de Ceibas estuvimos hasta el '96 cuando fundió. Por ese lugar pasaba cada personaje... todo el tráfico que venía de Brasil, Paraguay o Uruguay paraba en el boliche, vos no sabías si estabas atendiendo a un Santo o a un asesino que te iba a cortar el cogote por cinco pesos".-Ceibas es un pedazo importante de tu vida...-Sí, todo. Era un lugar extraordinario en esa época. Y todas esas vivencias detrás del mostrador vinieron a sumar a mis inquietudes literarias. Hasta ahí, yo no pensaba que iba a escribir o a tocar la guitarra, o a hacer magia... Todo ese ambiente, esas historias, esas caras, todo eso me inspiraba a hacer algo... Ceibas era un lugar surrealista en este momento. Un lugar de monte chato y cerrado, todo tipo que tenía problemas con la Justicia se metía en Ceibas y de ahí no lo sacaba nadie. Era una mezcla de personajes, de borrachos, de cazadores de nutrias, de tipos perseguidos por la Justicia: todos mezclados en el boliche. Yo siempre detrás del mostrador trabajando y observando ese ambiente que realmente era de película.-¿Cuándo empezaste a escribir?-Empecé tarde, ya estaba casado y tenía a dos de mis hijos. Me decidí a escribir cuando pensé en ellos. Pensé que si me tocaba morir no les iba a dejar nada más que relatos ajenos sobre mi personas, y no quería eso. Entonces empecé a escribir historias familiares, relatos domésticos, cosas que les podrían ser de utilidad a mis hijos en el caso de una eventual muerte mía. Por eso empecé a escribir.-¿Y la magia de dónde sale?-De la infancia, eso fue mucho antes. En Sarandí, en el año 1965 más o menos, habré tenido doce años... llegó un circo criollo y se apostó al lado del boliche que nosotros teníamos. Era un circo pobretón, me acuerdo que hacían circo en la primera parte del espectáculo y en la segunda hacían obras clásicas de teatro: los mismos tipos que eran trapecistas y malabaristas, eran los actores. Se quedaban dos o tres meses, pero cada fin de semana ofrecían una obra diferente, ¡eran geniales! Y bueno...ahí aprendí cosas de circo, como a andar en la bicicleta en una rueda y hacer malabares. Quise ser cirquero, le pedí permiso a mi viejo y me fui con ese mismo circo a Victoria, pero a la semana Santos me tuvo que ir a buscar porque no me aguantaba el hambre (relata, apasionado, se ríe)La obra de Luís Luján es mucho más rica que sus cuatro publicaciones literarias (Ceiba, tierra grandiosa; Crónica del país de los matreros; A pesar de todo y Muerto el Pedro, se acabó la rabia). La experiencia de aquella infancia, el circo, la música y los cuentos que seguramente contó muchas veces, se mezclan en su relato desordenado y a la vez atrapante. Luján, además de todo es músico."Siempre me gustó la música y siempre hubo una guitarra en mi casa. Mi viejo la había ganado en un partido de Pelota vasca, que era un deporte muy popular en el campo; en todos los boliches había un frontón con una pared de costado donde se practicaba. Una vez uno lo desafió a un partido por plata, santos le ganó y con lo que ganó compró la guitarra. Nunca aprendió a tocar, pero la guitarra siempre estuvo en casa", relata el mayor de los cinco hermanos Luján."Después, en la época del parador, empezaron a pasar cientos de payadores por el boliche, gente que después se consagró. A mí me encantaba escucharlos y los copiaba, así aprendí. Ya después quise ser buen guitarrista, pero no lo logré. Así que me las rebusqué con el humor, todo lo que intentaba cantar siempre terminaba siendo humor. Además en casa se escuchaba mucho tango...entonces empecé a vincular la música con el humor y diferentes ritmos"-Todo confluye en tu último espectáculo: la música, el tango, el humor...-Sí. "Hasta cuándo vamos a cocinar con grasa" es un poco la resultante de todas estas historias que te conté.-¿Y cómo se vincula esa mezcla artística con la bibliotecología?-En el '96 tuvimos que cerrar el parador de Ceibas y nos vinimos con mi familia a Gualeguaychú. En ese momento, había unas becas para estudiar bibliotecología, porque había bibliotecas, pero no gente preparada para llevarla adelante. Entonces me metí de cabeza, y gracias a eso hoy trabajo en la biblioteca del Colegio Nacional, en la del Instituto Magnasco y en la biblioteca municipal. Trabajo con libros, es lo que más me gusta, es un mundo maravilloso y también ambiguo. Porque la escritura es dolorosa: la gente, cuando ve un cuento o un poema, piensa que uno es creativo de por sí o que las cosas le salen así como así, pero no es así, detrás de cada publicación hay todo un trabajo importante. Es como todo trabajo me parece, noventa por ciento de transpiración y diez por ciento de inspiración.-Le escribís mucho al fútbol, ¿Qué lugar ocupa en tu vida?- Un lugar importante, sin dudas. El fútbol es otra de mis pasiones. Voy a jugar cuando puedo, si hubiera sido bueno hubiera sido jugador de fútbol, no tengas ninguna duda. Trato de seguir el fútbol en todos los niveles: acá en Gualeguaychú me gusta ir a la cancha a ver a Juventud en el Argentino... ¡en el Argentino "A" ahora! También sigo a La Banda (Pueblo nuevo) que es el barrio donde viví mucho tiempo, mi barrio. Y después, a nivel nacional me gusta ver los partidos de La Academia. Soy un tipo que nació para sufrir (se ríe).- ¿Qué te inspira a seguir creando?- Dolina dice una verdad muy grande: todo lo que uno genera es para seducir. Y no se trata solamente de seducir una mujer, a mí me gusta paparme adelante del público y seducirlos con lo que hago. Así sea haciendo magia, tocando la guitarra o leyendo una poesía, da igual. Lo lindo es ese desafío. Vos estás delante de cinco, cien o mil personas y el desafío es arrancarles una sonrisa. Esas son las cosas importantes de la vida, y tanto en la música, como en la escritura tengo la tranquilidad de que hago lo que tengo ganas de hacer.
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