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Maldita Pandemia!!!

* Por Hernán Rossi

Seguramente cuando lo peor de este desastre sanitario nos pegue de lleno en la cara en nuestra propia ciudad, ya no habrá tiempo ni lugar para pensar nada que no sea como seguir viviendo. Aún hoy, hablar de lo que nos cuesta este trance sin básquetbol mientras en el mundo mueren miles de personas suena frívolo. Pero que nos cuesta, nos cuesta. Quien quiera entender que entienda.

El comienzo de esta maldición que se ha apoderado del planeta sin distinción de razas ni clases sociales, lejos estaba de hacernos pensar en un presente como éste. Es más, hemos tomado conciencia casi en cuotas, día a día, noticia a noticia.

La suspensión de la actividad se veía venir, pero en el momento de decretar el parate no dimensionamos todo lo que íbamos a perder, no sopesamos los alcances ni por asomo. En lo que nos atañe como gualeguaychuenses tenemos inmovilizadas las competencias de Liga Entrerriana, Torneo Federal y Liga Argentina, ello sin contar el mundo formativo.

Es mucho. Demasiado para quienes amamos este deporte y lo sentimos parte indivisible de nuestra existencia. Estaba Racing a un par de escalones de conseguir el sueño que se le viene negando temporada tras temporada. Neptunia en su debut federal tratando de acomodarse para un buen lugar de cara a play offs. Central liderando la zona y con el hambre de siempre. Pasamos de un plumazo del todo a la nada.

Y entre tanto tiempo para pensar, producto de un cambio radical en los hábitos cotidianos, de repente me cae la ficha. Y entro en una mezcla de desesperación y angustia. Desordenadamente mi cabeza empieza a comprender una realidad que tenía frente a mí, pero no lograba advertir.

Resulta que cuando él vino, después de una espera elástica, teníamos perfectamente claro que era una escala que nos debíamos y que se debía. Pero sabíamos que casi con seguridad su estancia sería efímera.

Venía a posarse, como golondrina que se detiene a tomar fuerza para seguir en un viaje largo, infinito, sin fronteras. Venía a llenarse del cariño de miles de hinchas que lo soñaron vestido con los colores más lindos del mundo. Pero hoy, los días pasan, la naranja no pica, hago cuentas con este almanaque que ya he estrujado mil veces y quiero verlo otra vez en la cancha.

¡Te tengo una rabia Covid-19! Nos estás sacando tiempo, juegos, lujos, emociones. La ciclotimia me invade. Paso de la depresión al entender que se nos puede esfumar casi sin volver a jugar, a la euforia sin fundamentos ya que me convenzo de que puede estirar su estadía.

No crean que no me pregunto si está bien hablar tanto de un chiquilín que recién ha cumplido 18 años. Siempre me opuse a la calificación apresurada de “crack” a cualquiera que jugara bien dos partidos seguidos. Creo que muchas veces se regalan adjetivos. Y otros son merecidos, pero pueden nublar o confundir. De todos modos, la tranquilidad me llega cuando repaso que está bien rodeado, con un entorno con los pies sobre la tierra. Y así, me despojo de mis convencionalismos y vuelvo a embelesarme con el recuerdo fresco en mis retinas de sus firuletes con la pelota, respaldado con un amor propio y una entrega que lo hacen definitivamente distinto.

¿Seré el único loco que piensa estas cosas? ¿Estaré alterado mentalmente por la cuarentena? ¿Puede afectarme realmente el advertir que si esto sigue así tal vez se despida sin jugar? ¿Su viaje hacia destinos inimaginables podrá esperar? ¿Puedo estar elucubrando todo esto en plena calamidad mundial?

La incertidumbre me abruma. Si la realidad fuera dura, inmodificable, dolorosa, tal vez sería menos cruel que esta espera mortificante. Pero no queda otra que aguardar. Solo Dios sabe. Tal vez ni siquiera ese chiquilín de piernas flacas y de sonrisa tímida lo sepa aún.

Maldita pandemia, no puedo verlo jugar a Mateo!!!.

* Hernán Rossi es periodista y comentarista del equipo de Básquet de Radio Cero.

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