Manga ’e locos
Este relato enumera una caterva de locos que habitaban Ceibas allá por los años '70. Constituyen una pintoresca galería de gente sacada de la realidad o inmersa en un submundo de belleza total. Luis LujánEspecial para El Día Si es que nos guiamos por las palabras del Indio Bares (payador) que decía: "Los cuerdos solamente viven, a los locos nos toca el privilegio de soñar".Que en todo pueblo haya un loco o dos es algo normal. Pasable. Necesario si se quiere. Pero tantos locos juntos en un pueblo chico como éste, me parece una locura. Son muchos. Tantos que a veces uno se confunde y ya no sabe quién es quién. A veces se acusa de loco a una persona cuerda o a la inversa. A los locales hay que sumarles los ocasionales, los que van y vienen, los que no encuentran lugar en el mundo y claro, Las Ceibas los acoge, como debe ser.Uno de los más prestigiosos que tenemos es Juan Cantera, hombre de pocas palabras y muchas pulgas, bigotudo, gordo venido a flaco, pelo chuzo y negro que asoma debajo de la gorra como agujas colchoneras, ojos pequeños y frente de frontón. Y como "cada loco con su tema", el tema de Cantera es el despertador. Sí, el tipo, todos los días del año, a las cinco y media de la mañana, despierta a los vecinos del barrio La Chancha Atada golpeando un disco de arado con un martillo. Durante media hora lo aporrea y ese ruido penetrante despabila hasta al más dormido. Aunque le han tirado con zapatos viejos, piedras con gomera, palos de leña, baldazos de agua, huesos de caracú pelados, cascotes, y otras cosas inservibles; aunque le han chumbado los perros, el hombre no afloja en su afán de despertar.Otro loco interesante es Rubén Esponja: el hombre está convencido de que es delegado de Dios. Tuvo la revelación un día al despertar, cuando notó que su pecho era atravesado por una cruz azul. Inmediatamente conoció su misión: curar. Avisó a los vecinos que él era enviado de Dios y que si tenían algún problema, vinieran a su casa. Y la gente fue. Esperaba encontrar soluciones en el nuevo manosanta. Después anunció que la cruz se le había retirado y también los poderes. Que seguro los recobraría más adelante. Y volvió la cruz todos los martes y jueves y con ella, la gente. Hasta queue un día le llevaron al ahora finado, don Feliciano Picullo. El hombre hacía cerca de quince años que estaba doblado en noventa grados por un problema de columna. El curandero, respetando su ritual, ató las cuatro tortugas correspondientes, una en cada pata de la cama turca donde atendía los casos graves, y acostó al lisiado boca abajo. Acto seguido, enfiló hacia el rincón de la piecita donde apilaba una docena de santos y vírgenes, y allí musitó algunas palabras para impresionar. Después dio media vuelta y antes de que la hija de Feliciano pudiera impedirlo, se le sentó arriba y logró enderezarlo. Feliciano, gritó desesperado y se desmayó. El manosanta aclaró que cuando el hombre despertara, saldría derechito "como un pibe", y no se equivocó, porque Feliciano salió derechito, pero para el cementerio.El hombre, de ochenta y dos años de edad, no despertó. No resistió el tratamiento.Fue la última curación de Rubén Esponja, que luego debió refugiarse un buen tiempo en las Islas Lechiguanas, ante una cierta posibilidad de linchamiento. Fue una lástima, porque el incomprendido curandero hasta había desarrollado un sistema casero de radiografías: un plato de loza cubierto con un pañuelo de seda que aplicaba en la zona afectada, y al sacarlo, quedaba en el pañuelo la información que necesitaba para la sanación. Final para este loco.Paso a Enrique Burgos, peluquero ambulante, a quién apodaban "El Doctor" porque siempre se lo veía trajeado y con corbata. Cualquiera podía advertir su presencia en las proximidades, por su aroma un tanto ácido. Era común verlo con pantalones encimados, adornados con flores de manchas de tinto o de cualquier otra sustancia. En una valija llevaba lo que él llamaba "la peluquería": una máquina de peluquear, una tijera, un espejito y un botella de litro, siempre vacía. En realidad, muy poca gente se dejaba tocar la cabeza con el Doctor, pues todos sabían que tiempo atrás, le había extirpado la oreja derecha a un cliente que osó discutirle no sé qué cosa.Intentaré un retrato, aunque dudo si podré transmitir una imagen fiel, debido a la sinuosidad del hombre. Usaba un casco amarillo, de los que se acostumbran en los obradores, infaltable traje de color indefinido y zapatones matavíboras. Bigotes a lo Chaplín bajo una prodigiosa nariz encorvada y con algunos promontorios lo hacían inconfundible. Bajo la visera del casco aparecían, atravesando la frente, tres profundas arrugas como tajos de cuchilla en masa fresca. La bocaza desdentada semejaba un buzón. Visto de adelante sus orejas de guardabarros de Ford A resplandecían. Visto de costado, los guardabarros parecían palanganas de aluminio cortadas al medio. Pómulos saltones y más abajo la pera pronunciada. Falta agregar a esta pintura los ojos achinados, protegidos por grandes y gruesos anteojos culo de botella. No se imagine a este loco sin su risa estridente, sin motivo, inoportuna, pero graciosa.El Doctor era un tipo enamoradizo. Un día, aprovechando la ausencia del marido, ingresó en una casa con pretensiones deshonestas. La mujer gritó y aparecieron los vecinos. Agarraron al Loco y entraron a fajarlo. Después de una breve pero dura paliza, el peluquero, pidiendo pista, salió despedido por la puerta y aterrizó en el patio. Perdió en la caída el casco amarillo pero como el Loco es loco se paró enseguida y encaró hacia la casa al tiempo que gritaba: "Ahora vía a matar uno..." Y entró sin importarle que hubiera cuatro hombres y que, seguro, cobraría de nuevo. Cobró y volvió a salir planeando, ahora convencido: lo mejor sería rajar, porque loco sí, tonto no.Y entre tanto loco algunas mujeres no están de más. Doña Margarita, la loca de la escoba. Dicen que se rayó un domingo en plena misa y desde ese día, cada tanto, sale a la calle, desnuda y jineteando una escoba, para escándalo de las mujeres, horror de los gurises y jolgorio de los viejos.Y otra loca, pero de abajo, como dicen las que le sacan el cuero: La Mama Dora, que ejerce el oficio más viejo del mundo. Bastante entrada en carnes y en años, la Mama Dora no se entrega, sigue batallando, y aunque nada la favorezca, continúa ofreciendo sus servicios a bajo costo. "Entré en esto porque no me gustaba lavar y planchar" -me confesó una vez y agregó: "Me pareció fácil, mirá si me equivoqué...".El Loco del peine no se sabía de dónde era. Llegó y permaneció poco tiempo en Las Ceibas. Instalado en el boliche del Gordo. Dormía en cualquier lado y su manía consistía en peinarse a toda hora. Sentado en la puerta del boliche empezaba con el peine, minucioso, prolijo. Al rato comprobaba con un espejito si había quedado bien y como nunca lograba el peinado que quería, deshacía lo hecho y recomenzaba el alisado con el peinecito de bolsillo. El Loco del peine sonreía, sonreía y mangueaba cigarrillos a los que pasaban cerca. Hacía varios días que el Loco estaba en el boliche cuando llegaron los agentes y lo interrogaron. Le preguntaron de dónde era y les dijo que no sabía. De dónde venía y les dijo que de ninguna parte. Hacia dónde iba y les dijo que a ningún lado, que estaba ahí. Le preguntaron que qué hacía y les mintió, les dijo: Nada. El loco sonreía cada vez que se pasaba el peine. Mientras los policías lo interrogaban, él se peinaba y sonreía. Los agentes pensaron que el loco se burlaba y se lo llevaron. Lo metieron al calabozo y le quitaron peine y espejito. Quedó preso, desesperado como loco que perdió la gorra. Después de quince días de alojamiento se convencieron y lo dejaron en libertad, pero no le devolvieron sus elementos de supervivencia.Apareció en el boliche. Entró sin saludar, casi corriendo. Le imploró al Gordo que le diera un peine, el Gordo se lo dio y el Loco pidió un cigarrillo, lo encendió y, sin saludar, se fue, por las dudas.La Pelada arribó sin saber cómo y se fue sin saber cuándo. Muy culta, tenía predilección por los temas religiosos y filosóficos, aunque muchas veces sus interesantes razonamientos eran interrumpidos por alguna vaga idea que no venía al caso. Linyereaba con varias maletas de color gris y pedía sin fijarse en el color del dador, siempre y cuando el producto fuera bueno y caro: para fumar, Marlboro; para tomar, gaseosa de dos litros descartable; para comer, jamón, queso y pan francés. Su indumentaria era típica: encime de varias prendas de distinta índole. Tendría unos cuarenta años de edad, cara tipo pelota de goma grande y cuerpo de talquera antigua. Su risa fácil, estentórea, a veces se le iba tan rápido como había llegado, y adoptaba una seriedad evasiva. La ciclotimia no le impedía ser un personaje simpático y pintoresco. Siempre arrancaba el mangueo con alguna sentencia bíblica. Cierta vez un hombre se negó a proveerla de no sé qué cosa. Ella me miró y como disculpando la negativa, dijo:- Lo que pasa es que nadie es tan malo ni tan bueno...- Eso es verdad... -le dije, y enseguida enganchó con el Cometa Halley:- Cuando venga el Cometa -dijo-, se va a llevar a todos los buenos y acá van a quedar solamente los malos... ahí te quiero ver...Le comenté que el Halley había pasado no hace tanto tiempo y que volvería dentro de muchísimos años. Ella asintió con un movimiento de cabeza y quedó pensativa. Al rato, como volviendo de un largo viaje, afirmó con cierta misericordia:- Y sí... estamos en el año dos mil doscientos, los que se quedaron se quedaron.Otro de paso fue el Loco del jabón. Llegó al boliche del Gordo, pidió un jabón, un plato, un cuchillo y un tenedor. Se sentó ante una de las mesas truqueras y, sin tener en cuenta el asombro de los presentes, se comió el jabón.Estaban también los locos Luján que eran una manga de locos de todo tipo y calibre que tenían un bar y comedor. Este boliche era punto de confluencia de todo loco suelto que andaba en la zona.Otro loco que supimos conseguir fue Rodolfo Rotela, alías Cachete 'e monja. Este hombre, gracias a la venta ambulante, había acumulado una buena fortuna. Gran comerciante. Simpático y de palabra fácil. En sus inicios, vendía con una valija, de casa en casa. Con el paso del tiempo se dedicó al juego y en su afán de hacerse millonario perdió lo que tenía, incluso la mujer. El descalabro llegó con un poco de alcohol, y con el alcohol, la rayadura. Ya loquito había vuelto a las ventas. Aparecía con un sobretodo negro y largo, tanto en verano como en invierno. Era un hombre preparado, agradable, entrador.- Me permite, caballero -decía y empezaba a enumerar las cosas que llevaba para la venta: Termos importados, destapadores de acero inoxidable, pavas de aluminio, relojes despertadores de Taiwán, la última palabra... relojes de muñeca con garantía... todo al precio más bajo de plaza... perfumes franceses, exquisitos... cuchillos alemanes... pague en dos cuotas... Estimado Señor, déjeme que le muestre el mejor cortaplumas a un precio que da risa... le muestro sin compromiso... ¡Mire caballero, mire por favor...! -Y Cachete de Monja abría la valija. Ante los ojos sorprendidos del caballero aparecía una infinidad de porquerías recogidas en los basurales: latas de conserva vacías y oxidadas, un despertador destartalado y sin agujas, un portarretrato sin vidrio, focos quemados, botellas vacías, un zapato de niño y otras cosas inútiles. -Pero estimadísimo... no se retire... ¡vea qué ofertas...! ¿dónde va a conseguir este precio...? Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero... ¡Oiga Señor, directamente de fábrica...! Señor... Señor...ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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