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Maradona vs. Riquelme: la verdadera historia detrás de la pelea que los separó

El quiebre se dio en 2009, cuando Pelusa dirigía a la Selección y criticó públicamente a Román, pero hubo otro detalle desconocido que agigantó la grieta

Cuando Diego Maradona, con los brazos cruzados sobre el pecho y ante una Bombonera que lo escuchaba, hechizada, pronunció su frase célebre, “la pelota no se mancha”, ahí estaba Riquelme, que participó del partido homenaje de Diego como parte del equipo de “Resto del Mundo”, que dirigía Coco Basile.

Cuando Riquelme ganó con la Selección la medalla dorada de los Juegos Olímpicos de Beijing, ahí estaba Maradona, casi un integrante más de la delegación que comandaba el Checho Batista, junto a Messi, Di María, Agüero y Mascherano, entre otras figuras. El Diez se estrechó en un conmovedor abrazo con un Román embanderado y con un ramo de flores en la mano, ya consumado el triunfo de la Albiceleste en la final ante Nigeria, con gol de Fideo.

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Cuando Maradona jugó su último partido como futbolista, el 25 de octubre de 1997 (triunfo 2-1 de Boca sobre River en el Monumental (el día del gélido apretón de manos de Diego con Ramón Díaz); Pelusa, con la 10, dejó el campo a los 45 minutos. En su lugar ingresó... Riquelme, con la 20. Diego dejó esa tarde una de sus tantas frases célebres y condimentadas: “Boca jugó a lo Boca y River jugó a lo River. Ellos hicieron un gran primer tiempo, pero en el segundo se les cayó la bombacha”.

Cuando Maradona se puso el traje de conductor en 2005 y protagonizó una de sus resurrecciones al frente del programa “La noche del Diez”, Riquelme fue su invitado. “Es un futbolista que crea permanentemente, que disfruta en la cancha. En España le dicen el Torero, acá, para nosotros, es nuestro Román”, lo presentó. Acto seguido, el animador arengó a la tribuna con el cantito “Riqueee, Riqueee”. Como homenaje, hizo reaparecer al Topo Gigio en la pantalla. Lo entrevistó. Y jugaron al fútbol, juntos.

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El 24 de agosto de 1997 Maradona y Riquelme compartieron el campo de juego por primera y única vez oficialmente. Fue ante Argentinos Juniors, en La Bombonera. Diego usó la 10; Román, la 9. Dialogaron en el mismo idioma, el del fútbol. Hay una foto que da testimonio de esa sociedad breve; llegó a habitar el palco de la familia Maradona en el estadio Alberto J. Armando. Ganó el Xeneize 4-2, y el astro de Villa Fiorito anotó un gol. Tras el encuentro, el enganche más experimentado dio positivo en el control antidoping.

Los puentes entre ambos son infinitos, incluso sin mencionar el más importante, el talento. Sin embargo, todos quedaron dinamitados. Hoy entre Maradona y Riquelme sólo quedan los escombros de una relación que había sido construida con el sólido material del cariño sincero, de la admiración. Hay un punto de quiebre, con el campeón mundial en México 86 como director técnico en la Selección y una serie de declaraciones sin filtro, con sello maradoniano (¿y adrede conociendo las consecuencias que traerían?) que crearon un abismo.

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Las frases de Maradona, allá por 2009, en la previa de una convocatoria y luego de haber dicho que reservaba el dorsal N° 10 para Román, oficiaron de dinamita. “Yo lo quiero a Román de enganche, en los últimos veinte metros para marcar diferencia, con velocidad mental para habilitar a los delanteros y que llegue al gol, pero el otro día lo vi en la cancha de Boca y no sé si tiene problemas físicos o qué, pero así no me sirve", fue el primer estallido. “No quiero que dé vueltas entre (Javier) Mascherano y (Fernando) Gago. O que venga y le quite la pelota a (Martín) Demichelis. ¡Está a tres kilómetros del arco!”, reforzó la pólvora. Cuando Diego terminó de pronunciar las palabras, Riquelme ya había colgado la casaca albiceleste en el museo familiar.

“Sé que me voy a perder el Mundial de Sudáfrica, pero cuando un jugador de fútbol no tiene la misma forma de pensar del técnico no pueden estar juntos. Mis códigos no son los de él y nosotros dos está claro que no podemos trabajar juntos. Terminó la Selección para mí", ensanchó la grieta para siempre Riquelme. De nada valió que Maradona buscara matizar la guerra declarada.

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“Riquelme está convocado, me quise comunicar con él y no pude, no habrá escuchado los mensajes. Lo único que dije fue que no me sirve en la posición que juega en Boca, yo lo quiero más adelantado. Yo no descubrí el agua caliente, ya le dije a Riquelme cómo quiero que juegue. Eso no es una crítica, cada uno puede interpretar como quiera. La verdad es que estoy cansado de las interpretaciones, yo digo lo que pienso y punto. Si renunciás a la selección, no volvés más. Es definitivo”, replicó Maradona, sin éxito.

La ausencia de Riquelme y el contrapunto recorrieron su gestión al frente de la Selección, que terminó con la eliminación a manos de Alemania en cuartos de final de la Copa del Mundo. En cada entrevista, Diego tuvo que argumentar por qué no estaba el organizador de juego. “Que lo convoque depende de él, lo llamé y no vino. La foto en el palco de los dos abrazados la voy a seguir teniendo. Riquelme es convocable. Si él se decidiera a ponerse la camiseta argentina, está ahora en Ezeiza”, fue una de las tantas respuestas que ofreció.

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Hasta ahí, lo público. Hay una historia detrás de la historia, un detalle desconocido. Maradona miraba con desconfianza al otro Riquelme. Al Riquelme del vestuario, no el que descaderaba adversarios desde su tranco cansino. En octubre de 2008, Alfio Basile había renunciado a la dirección técnica de la Selección, con rumores de roces o diferencias de criterio con algunas de las figuras del plantel, muchas de ellas de las generaciones pujantes que habían ganado los Mundiales Sub 20 de 2005 y 2007 y que, combinadas, se quedaron con la presea de oro en los Juegos Olímpicos. Román era un soldado del Coco. No pertenecía a la banda de los “chicos”, que terminó comandando al combinado nacional hasta Rusia 2018. Y Diego temía que alrededor de él se gestara un foco de conflicto. Llegó a sugerírselo a su círculo íntimo. El cruce mediático, la consecuente renuncia del enganche, archivó las dudas.

La herida nunca sanó. Hubo etapas de tibios acercamientos a partir de declaraciones, sobre todo de Maradona hacia Riquelme, elogiando algún momento puntual de su rendimiento, o en 2016, cuando se destapó con una frase que sorprendió. “Lo de Riquelme fue grandioso y me hubiese gustado ser Riquelme. Imaginate en mi mejor momento en el Napoli si yo llegaba a ir a la Bombonera con la fuerza que llegó Riquelme, hubiese ganado tanto o más que Riquelme”, dijo entonces en Olé.

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Las elecciones en Boca de diciembre del año pasado exacerbaron los ánimos. Maradona, de buena relación con Daniel Angelici y con el entonces oficialismo, que proponía a Christian Gribaudo como presidente, atacó al Torero, quien terminó siendo electo como vicepresidente segundo en la lista que comandó Jorge Amor Ameal. “El ídolo de un club, como Riquelme, no puede escuchar ofertas y venderse al mejor postor. Yo jamás lo hice. Los dólares no pueden pesar más que las convicciones”, lo acusó. El ahora directivo a cargo del fútbol profesional no le quiso contestar.

Y la visita de Maradona como técnico de Gimnasia a la Bombonera de este sábado, con Boca necesitado de ganar para intentar superar a River en la cima de la Superliga, le echó una bolsa de carbón al fuego, azuzado por los dardos de Pelusa, a partir de las especulaciones por el recibimiento que la dirigencia, enemistada con el astro a partir de los cruces en los comicios, prepara para el astro.

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“El hincha de Boca muere por un abrazo entre Diego y Román...”, le preguntaron en TyC Sports. “No, decile que se va a quedar vivo”, respondió, lapidario. Las tribunas, inevitablemente, se verán tironeadas por el amor por los dos ídolos; el corazón no necesita optar. Sin embargo, en la victoria 3-0 ante Godoy Cruz, la Bombonera habló. Los cantitos palpitando el regreso de Diego, el “vale diez palos verdes”, atronaron primero en el sector donde para la Doce, la barra brava, pero prendió en todas las localidades. Luego le dio lugar al “hay que alentar a Maradó”. En la pantalla gigante, una vez que se apagó la manifestación, apareció la imagen de Riquelme, que también tuvo su ovación habitual.

Enterado del apoyo que había recibido en el umbral del regreso a su hogar, Maradona se rió con ganas. Lo sintió como una reivindicación en un momento inoportuno. A Riquelme hoy “no lo puede ver". No será Román el encargado de entregarle la plaqueta, sino rostros afines, como el de Miguel Brindisi, compañero de Diego en el título de Boca en el Metro 81. En el palco, lagrimearán sus hijas Dalma, Giannina y su nieto Benjamín, al que ya transformó en fanático, a pesar de la resistencia de su papá el Kun Agüero. Aquella foto de Pelusa y Román de 1997, inocentemente abrazados, rebosantes de fútbol, mirará desde la pared, añorando los tiempos de paz.

Fuente: Infobae

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