Mateo Dumón Quesada: Recordando a un poeta de Gualeguaychú
Nació en Gualeguaychú el 24 de abril de 1901, falleció en la misma ciudad el 13 de mayo de 1954. A muy temprana edad (dieciséis años) escribe su primer libro "Sol en los Rastrojos", sonetos gauchos que evocan su experiencia en la estancia de sus mayores.
Por Jorge F. Landó
ColaboraciónLa entrañable amistad que mantuvo con el poeta uruguayo Yamandú Rodríguez lo lleva a acompañarlo en la titánica tarea de difundir la buena poesía gauchesca. Así es que cerca de los años veinte del siglo pasado vemos a ambos presentándose en el prestigioso Teatro Solís de Montevideo. Mateo presenta sus poemas causando gran impacto por la disimilitud con los de José Alonso Trelles (El Viejo Pancho) que en la época gozaba de gran predicamento y difusión.Ya en Buenos Aires frecuentó la peña del "Napoleón" y colaboró en "La Novela Semanal".Escribió también "Entre Ríos" (1925), "Liberación" (Sonetos místicos 1939), y "Poemas Chúcaros".En los poemas de Mateo Dumón Quesada es dable advertir el tránsito desde un hecho humano hasta la trova, pasando por el grito, la historia y la anécdota.Sus poemas que se sustentan en la emoción, hecha a fuerza de ternura y bravura, irrumpen en la lírica entrerriana como un aire fresco, y traen la vitalidad de una primitiva página de historia.Vemos en sus páginas a arquetipos montoneros: el Capitán Don Martín Zanabria, Polonio Velázquez y su padre Crispín Velázquez, lugarteniente de Urquiza. Guerreros de la Organización Nacional "cuya intimidad bravía o tierna, pasa y se prende en el poema con la misma obstinación de las resurrecciones"."Fresco en las justas metáforas gauchas, decisivo y feliz en la cortante prosodia, elocuente en las etopeyas, Dumón Quesada ha escrito una de las primeras páginas en el libro de los paladines olvidados por la historia, y las presenta a la memoria y a la veneración de las nuevas juventudes. Para que no se murieran ni se borraran, consignó fervorosamente los actos de nuestros héroes provinciales, y verso a verso, conformó la popular mitología de la bravura entrerriana".Apasionado por el esoterismo, de origen oriental, hizo de él su otra vertiente poética, diferenciada de la gauchesca. "Así "Liberación", sonetos en donde la certidumbre de la reencarnación se aunó con la creencia de una vida superior, superadas todas las barreras de la carne".Fuentes consultadas: "Entre Ríos Cantada" de Luis Alberto Ruiz (Ediciones Antonio Zamora 1955). Los entrecomillados le pertenecen.
Las Espuelas de la Virgen
(Poema en prosa)Cuando le llamaban Crispín, el General corregía violento:Yo soy Crespín Velázquez.Sí, Crespín es su nombre y su retrato; un charquito criollo que refleja la cara del caudillo. Su rúbrica bien gaucha.Era amargo en la paz y dulce en el combate. Su estancia lo vio siempre mudo y triste. Pero suena un clarín: el toque arden las antorchas de las crineras, pasa de relincho en relincho, incendia el pago en un chisporrotear de teros...y el General Crispín Velázquez se transforma. Por sus labios cosidos con silencio, que apenas daban paso a un monosílabo, la bombilla o el pucho, salta ahora, a borbotones, la alegría del coraje. Él es como los arroyos: sólo ríe ante los obstáculos. Para que cante, hay que estirarlo, igual que a las bordonas. Entonces se estilaba el degüello... y el General entró en la lid con su vida sonora como un cordaje, atada al clavijero de las vértebras, entre cintas azules y blancas.Allí sonríe, paya, arenga. Pincha cansados. Sus gritos aclaran la voz de los clarines roncos. Echa un jarro de vida sobre la cara de los agonizantes. Si tienen pocas lanzas, les habla de los difuntos: las multiplica. Hace enancar en los reclutas sombras de veteranos. Arenga. Enciende el fuego. Los trabucos soplan. Y cuando toda la montonera hierve y hace vibrar la tapa del sol gaucho, con esa agua dulce de bravura Crispín Velázquez llena hasta la boca su mate cimarrón, galopa al frente, se santigua y carga.Era caudillo. Pero de Villaguay, uno de los pagos más bravíos de mi tierra. Allí no se conoce el odio. En ese solar los hombres pelean por el lujo de ser guapos, por mantenerse ágiles para que no se les aherrumbre el puma.Velázquez sacó su dignidad de tres estrellas: la de su destino, la de su malacara y la de sus lloronas. Con esas "tres marías" bolea la gloria, viuda de los héroes.Es domador de hombres y de potros: la vertical del centauro: el asta de su banderola. No puede caer de su nombradía ni de su redomón; porque donde un arisco lo basurée, le pasaran por encima los guapos que ambicionan su dignidad de gaucho y de caudillo.Una mañana Don Crispín Velázquez entra en Villaguay al frente de sus montoneros. Es coronel. Joven. Monta en su famoso malacara. Al pasar por la plaza, de pronto, se le enancó Mandinga y el flete rompe a bellaquear. Velázquez esta a punto de caer. Lo agarró mal, acalambrado por la sorpresa. Y el flete gruñe. Campanea al caudillo. Lo va a desparramar, a escupir sobre el suelo de su pago. Hay allí enemigos. Rivales, que apagarán con buches de burla esa luz votiva con que Velázquez se quema desde hace años para ser más que un hombre y mucho más que un potro. Hay madres con gurises que serán gauchos. Y está la mujer amada: ella...Nadie respira. En la quietud de asombro, sólo aquel bellaco gruñe y salta y se enrosca. Crujen como dientes los músculos del hombre y la bestia. Él no debe "charquiar". Y su indignación mantiene blando el bronce de la soldadura. Sólo un milagro puede salvarle.-Virgen mía- dice en oración-, si ayudás a este gaucho prometo dejarte mis dos espuelas en el altar.Y la Virgen lo oye: no achica al redomón: agranda al jinete. Lo sienta bien. ¡Y basta! Ahora, el gaucho desafía al malacara. Lo provoca. Hunde hasta los pigüelos sus rodajas, buscando el manantial de los corcovos. El pingo se apaga y él lo enciende a talero. Cada pantallazo hace tremolar a Velázquez como una bandera. Estallan los vivas. El flete se rinde. Pide perdón. Amaga arrodillarse. Ya el gaucho lo sostiene, lo trae en vilo, agitando las alas de su poncho, como un águila trae un cordero.Baja en el atrio. Descalza sus lloronas, grandes, dentadas, ruedas de molino con las que el montonero hizo polvo las leguas y las pone, como dos margaritas, a los pies de la Virgen.Mateo Dumón Quesada
Por Jorge F. Landó
ColaboraciónLa entrañable amistad que mantuvo con el poeta uruguayo Yamandú Rodríguez lo lleva a acompañarlo en la titánica tarea de difundir la buena poesía gauchesca. Así es que cerca de los años veinte del siglo pasado vemos a ambos presentándose en el prestigioso Teatro Solís de Montevideo. Mateo presenta sus poemas causando gran impacto por la disimilitud con los de José Alonso Trelles (El Viejo Pancho) que en la época gozaba de gran predicamento y difusión.Ya en Buenos Aires frecuentó la peña del "Napoleón" y colaboró en "La Novela Semanal".Escribió también "Entre Ríos" (1925), "Liberación" (Sonetos místicos 1939), y "Poemas Chúcaros".En los poemas de Mateo Dumón Quesada es dable advertir el tránsito desde un hecho humano hasta la trova, pasando por el grito, la historia y la anécdota.Sus poemas que se sustentan en la emoción, hecha a fuerza de ternura y bravura, irrumpen en la lírica entrerriana como un aire fresco, y traen la vitalidad de una primitiva página de historia.Vemos en sus páginas a arquetipos montoneros: el Capitán Don Martín Zanabria, Polonio Velázquez y su padre Crispín Velázquez, lugarteniente de Urquiza. Guerreros de la Organización Nacional "cuya intimidad bravía o tierna, pasa y se prende en el poema con la misma obstinación de las resurrecciones"."Fresco en las justas metáforas gauchas, decisivo y feliz en la cortante prosodia, elocuente en las etopeyas, Dumón Quesada ha escrito una de las primeras páginas en el libro de los paladines olvidados por la historia, y las presenta a la memoria y a la veneración de las nuevas juventudes. Para que no se murieran ni se borraran, consignó fervorosamente los actos de nuestros héroes provinciales, y verso a verso, conformó la popular mitología de la bravura entrerriana".Apasionado por el esoterismo, de origen oriental, hizo de él su otra vertiente poética, diferenciada de la gauchesca. "Así "Liberación", sonetos en donde la certidumbre de la reencarnación se aunó con la creencia de una vida superior, superadas todas las barreras de la carne".Fuentes consultadas: "Entre Ríos Cantada" de Luis Alberto Ruiz (Ediciones Antonio Zamora 1955). Los entrecomillados le pertenecen.
Las Espuelas de la Virgen
(Poema en prosa)Cuando le llamaban Crispín, el General corregía violento:Yo soy Crespín Velázquez.Sí, Crespín es su nombre y su retrato; un charquito criollo que refleja la cara del caudillo. Su rúbrica bien gaucha.Era amargo en la paz y dulce en el combate. Su estancia lo vio siempre mudo y triste. Pero suena un clarín: el toque arden las antorchas de las crineras, pasa de relincho en relincho, incendia el pago en un chisporrotear de teros...y el General Crispín Velázquez se transforma. Por sus labios cosidos con silencio, que apenas daban paso a un monosílabo, la bombilla o el pucho, salta ahora, a borbotones, la alegría del coraje. Él es como los arroyos: sólo ríe ante los obstáculos. Para que cante, hay que estirarlo, igual que a las bordonas. Entonces se estilaba el degüello... y el General entró en la lid con su vida sonora como un cordaje, atada al clavijero de las vértebras, entre cintas azules y blancas.Allí sonríe, paya, arenga. Pincha cansados. Sus gritos aclaran la voz de los clarines roncos. Echa un jarro de vida sobre la cara de los agonizantes. Si tienen pocas lanzas, les habla de los difuntos: las multiplica. Hace enancar en los reclutas sombras de veteranos. Arenga. Enciende el fuego. Los trabucos soplan. Y cuando toda la montonera hierve y hace vibrar la tapa del sol gaucho, con esa agua dulce de bravura Crispín Velázquez llena hasta la boca su mate cimarrón, galopa al frente, se santigua y carga.Era caudillo. Pero de Villaguay, uno de los pagos más bravíos de mi tierra. Allí no se conoce el odio. En ese solar los hombres pelean por el lujo de ser guapos, por mantenerse ágiles para que no se les aherrumbre el puma.Velázquez sacó su dignidad de tres estrellas: la de su destino, la de su malacara y la de sus lloronas. Con esas "tres marías" bolea la gloria, viuda de los héroes.Es domador de hombres y de potros: la vertical del centauro: el asta de su banderola. No puede caer de su nombradía ni de su redomón; porque donde un arisco lo basurée, le pasaran por encima los guapos que ambicionan su dignidad de gaucho y de caudillo.Una mañana Don Crispín Velázquez entra en Villaguay al frente de sus montoneros. Es coronel. Joven. Monta en su famoso malacara. Al pasar por la plaza, de pronto, se le enancó Mandinga y el flete rompe a bellaquear. Velázquez esta a punto de caer. Lo agarró mal, acalambrado por la sorpresa. Y el flete gruñe. Campanea al caudillo. Lo va a desparramar, a escupir sobre el suelo de su pago. Hay allí enemigos. Rivales, que apagarán con buches de burla esa luz votiva con que Velázquez se quema desde hace años para ser más que un hombre y mucho más que un potro. Hay madres con gurises que serán gauchos. Y está la mujer amada: ella...Nadie respira. En la quietud de asombro, sólo aquel bellaco gruñe y salta y se enrosca. Crujen como dientes los músculos del hombre y la bestia. Él no debe "charquiar". Y su indignación mantiene blando el bronce de la soldadura. Sólo un milagro puede salvarle.-Virgen mía- dice en oración-, si ayudás a este gaucho prometo dejarte mis dos espuelas en el altar.Y la Virgen lo oye: no achica al redomón: agranda al jinete. Lo sienta bien. ¡Y basta! Ahora, el gaucho desafía al malacara. Lo provoca. Hunde hasta los pigüelos sus rodajas, buscando el manantial de los corcovos. El pingo se apaga y él lo enciende a talero. Cada pantallazo hace tremolar a Velázquez como una bandera. Estallan los vivas. El flete se rinde. Pide perdón. Amaga arrodillarse. Ya el gaucho lo sostiene, lo trae en vilo, agitando las alas de su poncho, como un águila trae un cordero.Baja en el atrio. Descalza sus lloronas, grandes, dentadas, ruedas de molino con las que el montonero hizo polvo las leguas y las pone, como dos margaritas, a los pies de la Virgen.Mateo Dumón Quesada
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