“Mi madre nos entregaba, éramos una ofrenda”: el relato de Milagros tras la detención de “Amparito”
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Milagros Migueles tiene 25 años. Cuando era una niña denunció los abusos sexuales que sufría junto a su hermana. Su madre, Alejandra “Amparito” Rodríguez, fue condenada a 20 años de prisión, pero permaneció prófuga durante una década. Milagros cuenta cómo fueron aquellos años, el miedo que nunca desapareció y las secuelas que todavía lleva consigo.
Milagros tiene una voz quebrada. No parece una joven que tiene 25 años. Pero cuando uno se adentra en su historia y en lo que vivió entiende el porqué. Hay una frase que ella repite cuando intenta explicar lo que fueron esos diez años en los que su madre permaneció prófuga: “Mi vida no tenía paz”.
No es una manera de decir. Durante una década, la posibilidad de encontrarse con Alejandra Rodríguez, de que se le apareciera en su casa, de saber que podía volver a encontrarla o de imaginar que continuaba con su vida mientras ella y su hermana menor intentaban reconstruir la propia, fue una presencia permanente.
Milagros hoy es madre de una niña de casi tres años, está en pareja desde hace nueve y construyó una vida lejos de aquella infancia atroz, de abusos y de lo peor que puede atravesar un niño o una niña. Pero hay heridas que no desaparecen simplemente porque pase el tiempo.
Esta semana, cuando la Policía logró encontrar y detener a “Amparito” Rodríguez después de diez años de estar prófuga, algo de aquella historia volvió a aparecer. Fue localizada durante la madrugada del miércoles en un camping de Villa Paranacito, sobre la Ruta Nacional 12, a la altura del kilómetro 136. Tenía pedido de captura desde noviembre de 2016, cuando quedó firme la condena que le había impuesto la Justicia por su participación en los abusos sexuales sufridos por sus dos hijas.
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Para Milagros, sin embargo, la noticia de la detención tiene un significado que va mucho más allá de un procedimiento policial. Es el final de una espera. Una infancia reducida a ir de la escuela a casa.
“Mi historia comenzó entre los 6 y los 8 años”, cuenta Milagros. Ella y su hermana, tres años menor, comenzaron a sufrir abusos sexuales por parte de un hombre conocido por su madre. Según relató, aquel vínculo se transformó en una pesadilla que se prolongó durante años y en la que su propia madre tuvo una participación activa que luego fue acreditada judicialmente.
“Lo conoció (a Flores) cuando nosotras teníamos entre 4 y 5 años. Flores y su pareja eran mucho mayores que mi mamá. Él era curandero, así que mi mamá nos daba, nos entregaba a nosotros a cambio, éramos como una ofrenda. Después ella empezó a tener relaciones con él también, y nosotros éramos como una ofrenda, o sea, ‘concédeme esto o hacé este tipo de magia y te doy a una de mis hijas’. Así era eso. Ese era el vínculo que yo tenía”, contó Milagros.
“Cuando mi mamá conoce a este hombre que nos abusaba, esperaba que no hubiera nadie cerca, y nos llevaba hasta la casa, nos abusaba y volvíamos a nuestra casa. Ya era algo normal, por lo menos para mí, porque mi hermana sufrió abuso casi cuando yo denuncié. Para mí era algo normal ya, un sufrimiento. Yo decía: ¿cuándo se va a terminar todo esto?”, agregó.
La sentencia estableció que Alejandra Rodríguez colaboró de manera directa con los abusos cometidos por Juan Carlos Flores contra las niñas. Según la acusación que fue considerada por el Tribunal de Gualeguaychú, las llevaba hasta el domicilio del hombre, las convencía de que debían someterse a determinados actos bajo el argumento de que serían “curadas”, permanecía presente durante los abusos y, en algunas ocasiones, utilizaba la fuerza o las amenazas para someterlas. Era ella misma quien las sujetaba para que el hombre las abusara.
Flores fue condenado a 19 años de prisión, en tanto Rodríguez recibió una pena de 20 años. Pero mucho antes de que existieran expedientes, declaraciones y una condena, había dos niñas intentando sobrevivir.
“Nuestra vida se basaba en ir a la escuela y volver a casa”, recuerda Milagros. No tenían una vida social normal. No había cumpleaños, Día del Niño, Navidad ni festejos de fin de año. “Así se basaba nuestra vida”, repasó.
Su madre estaba separada de su padre y el contacto con él era limitado. Milagros recordó que lo veían apenas dos veces por semana, durante una hora y siempre en presencia de “Amparito” Rodríguez. Por eso tampoco podían contarle lo que estaba sucediendo. El miedo era parte de la rutina.
“Ella nos amenazaba: ‘vos hablás y yo mato a tu hermana’, ‘te voy a cortar la lengua’”, indicó la joven. También habla de golpes, hambre y castigos. De una infancia atravesada por órdenes y amenazas en la que pedir ayuda parecía imposible. Pero hubo alguien que cambió el presente de esas niñas.
La maestra que preguntó
Milagros había comenzado la escuela secundaria cuando una docente advirtió que algo no estaba bien. La vio distinta. Notó comportamientos que llamaban su atención y decidió preguntarle si necesitaba ayuda.
Milagros tenía miedo. Mucho miedo. Pero aceptó. Comenzó entonces a asistir a psicólogas dentro del ámbito escolar, a escondidas de su madre y durante los horarios de clase. Y un día habló: “Yo necesitaba que alguien me escuchara y que actuara ya”.
El momento decisivo llegó cuando supo que su hermana también estaba siendo víctima de los abusos. “Yo dije: no, tengo que hacer algo porque no puedo pasar toda la vida así”. Aquella decisión cambió para siempre la vida de las dos.
La denuncia permitió que comenzara una investigación que incluyó estudios médicos y declaraciones. Con el avance de la causa, los abusos fueron acreditados y la Justicia terminó condenando a Rodríguez y Flores. Pero la historia no terminó con la sentencia.
La condena y la fuga
En 2016, la condena quedó firme y Alejandra Rodríguez debía cumplir una pena de prisión. Pero antes de que la Justicia pudiera hacer efectiva esa condena, “Amparito” escapó. Durante los siguientes diez años permaneció prófuga y Milagros siguió adelante como pudo. Se fue lejos. Formó una pareja. Construyó una familia. A los 17 años se juntó y terminó sus estudios secundarios en Campana.
Pero la fuga de su madre era una sombra que continuaba acompañándola. “Fueron diez años donde mi vida no tenía paz”, resume. Durante mucho tiempo no quiso involucrarse en la búsqueda. Tenía miedo. Había formado su familia lejos de su padre y de su hermana y temía que cualquier intento de encontrar a su madre pudiera ponerlos nuevamente en peligro.
Pero un día de 2026, hace un par de meses, decidió hacer algo diferente. Comenzó a difundir fotografías de Rodríguez de manera anónima en redes sociales. Publicó información en Facebook y buscó que la imagen de la mujer circulara. Entonces apareció una pista.
Una entrevista televisiva para un canal de Buenos Aires terminó siendo determinante. Milagros contó públicamente su historia y, después de aquella aparición, recibió un mensaje anónimo con información sobre un posible lugar donde podía encontrarse su madre. Ese dato llegó a la Policía.
Diez años después
El 1 de mayo de este año, cuando estaba de turno, el jefe policial recibió una comunicación desde la Comisaría de Ceibas. Allí se habían presentado las hijas, ya mayores de edad, para informar que tenían datos que indicaban que su madre había regresado a Villa Paranacito después de años de permanecer fuera del país, incluso en Paraguay.
A partir de entonces tomó intervención la División Investigaciones de Gualeguaychú, a cargo del comisario Jorge Ruiz Moreno. Con el aval de la fiscal Natalia Bartolo, comenzaron las tareas investigativas y se solicitaron distintas medidas judiciales. La información aportada por Milagros fue fundamental para orientar la búsqueda.
“Él empezó la búsqueda siempre en contacto conmigo, siempre diciéndome que todo iba a salir bien”, relata. Finalmente, durante la madrugada del 26 de agosto, los investigadores llegaron hasta Villa Paranacito. Se realizaron dos allanamientos: uno en el camping perteneciente a la familia Rodríguez y otro en la vivienda de un hombre señalado como amigo de la prófuga y que, según la información reunida durante la investigación, la habría ayudado a mantenerse alejada de la Justicia.
“Amparito” había ideado un sistema de alarma en su regreso a la casa de Villa Paranacito, que la ponía en alerta ante la llegada de desconocidos o de algún allanamiento de la Policía. Un cómplice o encubridor hacía sonar una campana y la mujer inmediatamente tomaba una mochila que ya tenía preparada y se internaba en el monte.
Pero a las 4 de la madrugada del miércoles, la sorpresa de la Policía de Gualeguaychú no le dio tiempo a nada. Alejandra Rodríguez fue detenida y trasladada a la Jefatura. Un día después fue llevada a cumplir con los 20 años de condena a la Unidad Penal N.º 9.
La vida que vino después
Milagros tenía 13 años cuando denunció los abusos. Hoy tiene 25. Entre una edad y la otra pasaron doce años. Pero las consecuencias de aquella infancia todavía forman parte de su vida cotidiana.
Cuenta que durante cinco años realizó tratamientos para poder ser madre. También habla de las dificultades que tuvo y todavía tiene para mantener intimidad con su pareja. “Me costó mucho”, dice. Está junto a su compañero desde hace nueve años y reconoce que él ha sido una persona fundamental para comprenderla y acompañarla.
Hay cosas que para otras personas pueden parecer simples. Para ella no lo son. El pasado aparece en situaciones cotidianas, en los vínculos, en la confianza y especialmente en la maternidad.
Milagros tiene una hija y hay algo que tiene absolutamente claro: quiere ser para ella todo lo contrario de lo que fue su propia madre. “Quiero proteger a mi hija de lo que más pueda”, dice.
También espera que algún día su hija pueda conocer su historia sin tener que cargar con ella. “Ojalá nunca se enterara del tipo de madre que yo tuve”, confiesa.
Su hermana tiene hoy 22 años. Terminó sus estudios y continúa viviendo junto a su padre. Milagros cuenta que nunca hablaron demasiado sobre lo ocurrido. Quizás porque hay dolores que, después de tantos años, todavía resultan demasiado difíciles de poner en palabras.

