“Mi padre murió impune y se llevó sus secretos a la tumba”
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Viviana Reibaldi es hija de un represor que falleció sin llegar a ser juzgado. Habló sobre la década del 70, marcada por sangre y fuego. Cómo fue crecer en el seno de una familia castrense y la necesidad de sacar a la luz todo lo acontecido en la última dictadura militar.
"Nuestro colectivo es historias desobedientes, hijos, hijas y familiares de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia", contó una mujer que nació, dio los primeros pasos, se formó y educó en un ambiente militar.
Contó que en noviembre del 2018 participaron de un "encuentro internacional de historias desobedientes al que asistieron compañeros del interior del país, también hijos de genocidas chilenos y una nieta de integrantes del Nazismo en Alemania que vino a presentar su libro". Dijo que la experiencia y los relatos de la nieta de un Nazi, tocaron nuestra fibras íntimas, nuestra historia, dado que son similares y hay mucha empatía con los familiares del régimen que gobernó Alemania y que llevó a la guerra y a la ruina total a la nación europea".
El dato no es menor. Viviana es hija de un Oficial de Inteligencia del Ejército que participó activamente en la dictadura militar. Detalló que la tarea de encontrar pares, hijos que se "decidieran a hablar de lo que hicieron sus padres llevó muchos años". Sin embargo, después del 2x1, a través de las redes sociales, fuimos encontrándonos para llevar adelante la "tarea de repudiar a los padres". Indicó que a medida que se "hacen conocer, se suman más desobedientes".
Gualeguaychú fue el escenario elegido para presentar el primer libro, denominado "Escritos Desobedientes". Reibaldi destacó que se trata de un "libro colectivo con 18 autores, donde se conjugan historias personales, fragmentos de novelas editadas por compañeros escritores que nos donaron parte de sus trabajos, además de manifiestos que ya habíamos publicado en Facebook y en la página web, con la firme convicción de que podemos encontrar más desobedientes". En definitiva, personas que "repudian a sus padres por la Memoria, la Verdad y la Justicia".
Viviana tiene 63 años; aquel 24 de marzo del 76, fecha del golpe militar que destituyó a Isabel Martínez de Perón, era una joven de tan solo 20 años. A partir de allí vivió un largo proceso. "Sabía que mi padre trabajaba en el área de inteligencia en el Ejercito", y que la "mayor parte de su tiempo la pasaba en Viamonte y Callao, y cuando estaba de guardia los domingos lo visitaba en un lugar que llegué a conocer muy bien. Para mí no era ninguna novedad que se desempeñara en ese área. Siempre lo hizo, hasta que se retiró de la fuerza en 1970, para volver en el 72 como personal civil, tiempos en que las cosas se comenzaron a enturbiar un poco".
En el 74 ingresó a la Universidad de Buenos Aires. Allí comenzó a abrir un poco más su cabeza; a ver de otra manera y a entender de qué se trataba. Viviana relata que "venía de una familia endogámica, una familia castrense, cerrada, en un círculo también cerrado. Íbamos a colegios religiosos, clubes militares, y hasta vivíamos en barrios militares".
En la universidad, poco a poco, fue "gestando una posición totalmente contraria a la de mi padre, y paradojicamente con quien más hablaba de estas cosas era con él, porque hacerlo con el resto de las personas me generaba vergüenza".
El primer paso fue pedirle a su padre que le explique exactamente qué era lo que estaba haciendo, en qué consistía su trabajo. Como respuesta sólo recibió: "Yo no pregunto cómo haces tu trabajo, vos no preguntes cómo hago el mío". Recuerda que esa conversación se dio en el 75, año en el que gobernaba Estela Martínez de Perón.
La respuesta de su padre, provocó que Viviana ingresara en una etapa de silencio que enferma en cualquier situación. También el no poder preguntar y hablar. Si algo tenía claro, era que cuando las cosas no se hablan, es porque se están dando situaciones de oscuridad.
Con el correr de los años fue atando cabos en relación a los hechos que sucedían, y si bien no vivía con su padre porque se había separado de su mamá cuando Viviana tenía 14 años, la relación la mantuvo hasta el fallecimiento del militar en el 2002. "Murió impune a la edad de 72 años", resaltó su hija.
Viviana confesó: "nunca dejé de sentir afecto por mi padre. En los 90, cuando todo estaba blanqueado y cuando ya no había nada que esconder, comenzaron una serie de fuertes enfrentamientos, distanciamientos y reencuentros. Siempre le exigí que hablara, que dijera dónde estaban los cuerpos, las identidades robadas, pero nunca lo hizo, jamás rompió su pacto de silencio y se llevó sus secretos a la tumba. Él no llegó a ser enjuiciado porque no llegó a los juicios que felizmente se dieron en el gobierno de Néstor Kirchner".
Finalmente destacó que, en lo personal, pudo "romper el mandato familiar y hablar, y expresar lo que sentía".
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