Ciudad |

Mirar a los abuelos nos renueva en la esperanza

"El tiempo pasa, y nos vamos poniendo viejos...", dice la canción. Hoy celebramos a las abuelas y a los abuelos. En ellos no sólo pasó el tiempo, también se quedó la sabiduría de la experiencia.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano*

Conocen de fracasos y desventuras, y cómo reponerse ante los tropezones y caídas. También experimentaron, unos con abundancia y otros parcamente, alegrías y caricias de la vida. A partir de una existencia larga saben ponderar las cosas que valen la pena, y las que te dejan gusto a poco. Como expresa otra canción, “de lejos dicen que se ve más claro”.

En el mundo actual nos encontramos con mayor expectativa de subsistencia respecto de años anteriores, pero no siempre esto es señal de mejor calidad de vida. La misma sociedad que prolonga su tiempo es la que los olvida, no les reconoce el trabajo realizado, no les agradece por lo que supieron construir aun con limitaciones. La condición de fragilidad en la que se encuentran los lleva a que no les alcance el dinero para el alquiler, los remedios, la comida. Un anciano me decía hace un tiempo en tono de lamento, “cuando tengo menos fuerzas las cosas esenciales me las ponen cuesta arriba”.

Sus angustias las conocemos de haber conversado mucho con ellos, de estar tiempo a su lado. Las podría agrupar como en dos ámbitos: la familia y la sociedad.

En el entorno más cercano sufren por las divisiones, discusiones, peleas por dinero, separaciones, soledad de los niños, enfermedad de los nietos. Sienten tristeza cuando la familia se borra y los deja solos. A veces quedan cargados de amarguras, sin válvula de escape. Les duele la desatención que puedan experimentar.

De la sociedad les lastima y hiere el hambre de los niños, la violencia, la corrupción, las guerras, los desastres naturales. La burla acerca de las cosas valiosas. Debido a las restricciones impuestas por la pandemia sufren la soledad, y extrañan poder abrazar a sus nietos y gozar de la ternura de esos vínculos.

En este día celebramos también a muchos abuelos jóvenes, que siguen con intensa actividad laboral, social, eclesial. Sostienen a sus propios hijos en el cuidado habitual de los nietos, y participan de su educación. Despliegan vitalidad y alegría en los encuentros con sus amigos.

Por la etapa de la vida en la que se encuentran, en la Iglesia vieron pasar párrocos, sacerdotes, obispos, referentes laicos y religiosos… Y siguen con una mirada esperanzada y alegre. Son firmes en los compromisos asumidos; un gran apoyo.

Los abuelos, tanto los más grandes como los más jóvenes, nos ayudan a crecer en la fe. Nos dan testimonio sereno de amistad con Jesús.

¡Y qué bueno es poder reunir a la familia ampliada! El compartir entre miembros de generaciones diversas nos da la idea de ser eslabones de una misma y larga cadena. Las raíces se fortalecen, y la esperanza también.

El Documento Conclusivo de Aparecida les dedica algunos párrafos importantes que, al leerlos, nos evocan la mano y estilo del Cardenal Jorge Bergoglio. “Muchos de nuestros mayores han gastado su vida por el bien de su familia y de la comunidad, desde su lugar y vocación. Muchos son verdaderos discípulos misioneros de Jesús por su testimonio y sus obras. Merecen ser reconocidos como hijos e hijas de Dios, llamados a compartir la plenitud del amor, y a ser queridos, en particular, por la cruz de sus dolencias, la capacidad disminuida o la soledad. La familia no debe mirar sólo las dificultades que trae el convivir con ellos o el atenderlos. La sociedad no puede considerarlos como un peso o una carga” (DA 449).

Hoy celebramos la memoria de San Joaquín y Santa Ana, papás de la Virgen María y abuelos de Jesús. Pidamos a ellos por todos nuestros abuelos.

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Dejá tu comentario