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Mirar los cementerios con otros ojos

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Ester Camarasa

Lugares reservados para enterrar a los muertos, son también bienes culturales que merecen conservarse, explicaron especialistas que expusieron en las VI jornadas sobre patrimonio funerario que tuvieron lugar en Gualeguaychú.

 

Marcelo Lorenzo

 

Las cosas son según como las percibimos, de suerte que todo pasa por la mirada. El cementerio, así, es un objeto polisémico, que entraña por tanto distintos significados.

Tiene en principio una relación directa con el dolor por la pérdida de un ser querido. Y eso acompañado, quizá, de una mirada esquiva que se tenga sobre la muerte.

Con distancia objetiva, desde un punto de vista funcional y hasta higiénico, puede ser visto como un lugar donde simplemente se depositan los restos mortales o cadáveres.

Pero también estos espacios pueden connotar algo que trasciende su funcionalidad primaria y devenir en elemento semiótico, un portador de sentido histórico, cultural y arquitectónico.

En ese caso estaríamos en presencia de un patrimonio que refleja la herencia propia del pasado de una comunidad. Algo, por tanto, que debe ser preservado por su valor simbólico colectivo ante los embates del deterioro causado por el paso del tiempo.

Alrededor de este eje temático de fondo giraron las VI Jornadas de la Red Argentina de Valoración y Gestión Patrimonial de Cementerios y I Jornadas Binacionales Argentino Uruguayas de Cementerios Patrimoniales, que se desarrollaron en Gualeguaychú el 18 y 19 de noviembre pasado.

El evento, organizado por la municipalidad de Gualeguaychú, a través de Micaela Barrionuevo y Noelia Ochoa, responsables del archivo histórico de la necrópolis local, convocó a distintos especialistas locales, nacionales y extranjeros, que se reunieron para exponer y debatir sobre la importancia de defender y revalorizar el patrimonio funerario.

Las conferencia inaugural estuvo a cargo de la museóloga Ester Lucia Camarasa, presidenta de la Red Argentina de Valoración y Gestión Patrimonial de Cementerios, oportunidad en la que habló de la necesidad de educar la mirada para ver la “riqueza que encierran” estos refugios.

Durante mucho tiempo, apuntó, los cementerios fueron una zona tabú que muchas personas evitaban. La gente que visitaba una ciudad, los turistas por caso, concurrían a palacios, iglesias y otros edificios representativos del lugar.

A nadie se le ocurría concurrir al camposanto y de hecho estos sitios no figuraban en ninguna guía turística. Pero de un tiempo a esta parte, gracias al trabajo pedagógico de los agentes defensores del patrimonio funerario, ha venido cambiando esta conducta social.

Hoy los cementerios no solo son lugares de recordación para los familiares de los muertos, sino que se han transformado en destinos turísticos, porque allí no sólo están enterradas personalidades ilustres sino que se guarda la memoria y la identidad de un pueblo.

“Nosotros estamos dedicados a custodiar este patrimonio cultural. Y necesitamos que la sociedad, los propietarios de las tumbas, y los gobiernos también se comprometan en esto. Creemos que la educación juega un papel preponderante y es fundamental para llegar a través de los jóvenes que visitan los cementerios. Tarea que sé que están haciendo bien en Gualeguaychú, a través del trabajo de Noelia y Micaela”, refirió Camarasa.

Y añadió: “Hay que despertar el entusiasmo y es necesario promover una nueva mirada para el cementerio. Verlo con otros ojos, valorar la riqueza que encierran. Hay que apelar a la memoria y a la identidad para frenar la destrucción material de este patrimonio”.

La experta defendió el concepto del cementerio como “museo a cielo abierto”, es decir como un espacio de recreación histórica, artística y cultural, que invita al público local y foráneo a un recuerdo de personajes y vivencias pasadas valoradas por la comunidad.

Según Camarasa, cuando se habla de “puesta en valor” de estos sitios se trata, justamente, de restaurar los elementos funerarios que tienen un significado histórico, cultural y arquitectónico.

Panteones, tumbas, bóvedas, templetes, así como el conjunto de inscripciones en los diversos sepulcros, sobre lápidas, placas conmemorativas, más los elementos ornamentales que acompañan a las mismas, son testimonios del pasado de una comunidad.

Surgidos como una necesidad de los grupos humanos para conservar objetos recordatorios, los museos son un apoyo a la memoria colectiva y en esta categoría entran también los cementerios.

De forma concomitante estos sitios tienen un alto valor pedagógico, aclaró Camarasa, ya que están dirigidos a un público amplio y heterogéneo, deseoso de aprender sobre el pasado.

Cabe consignar que el cementerio municipal de San Nicolás de los Arroyos, en provincia de Buenos Aires, y los de la Recoleta y de la Chacarita, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, están catalogados formalmente como “museos a cielo abierto”.

 

Puente de unidad entre los pueblos

 

El gestor cultural del Cementerio Británico de Montevideo, el arquitecto uruguayo Eduardo Montemuiño, que en las jornadas de Gualeguaychú expuso sobre las especies vegetales de ese enclave, un jardín urbano del siglo XIX, habló con este diario sobre la  importancia que tienen los camposantos para unir a las sociedades, como la argentina y la uruguaya.

“El patrimonio, según el diccionario, refiere al legado de los pueblos, a lo que nos viene del pasado. Y este legado va más allá de los límites políticos. En este sentido, uruguayos y argentinos tenemos una historia común. De uno y otro lado del río se han cruzado vidas. ¡Cuántos hechos históricos, batallas y héroes compartidos! Los cementerios dan testimonio, justamente, de este pasado común”, refirió.

Este es uno de los propósitos, dijo, de las Jornadas Binacionales Argentino Uruguayas de Cementerios Patrimoniales: que estos refugios sean un recuerdo permanente de las cosas que unen a unos y otros, a argentinos y uruguayos.

Según Montemuiño, los cementerios son un testimonio, en uno y otro lado del río Uruguay, de que nuestras sociedades han sido formadas en gran medida bajo el influjo de la inmigración europea.

“Hay un proceso histórico común asociado a las personas que venían de Europa. ¿Pero en los hechos donde nos reúne toda esa historia? Pues en los cementerios. Nos pasa de un lado y del otro del río. Nos encontramos con familias unidas a través de estos enclaves. Esas familias, por ejemplo, recurrían a las mismas piezas funerarias, muchas de ellas encargadas en Europa”, relató.

Los cementerios son sitios que testifican un proceso histórico común en tumbas de personajes o héroes del pasado. Al respecto, Montemuiño mencionó que en el Cementerio Británico de Montevideo descasan los restos de Leandro Gómez, militar uruguayo conocido por su heroica defensa de Paysandú de 1864, un antecedente bélico inmediato a la guerra de la Triple Alianza

El ataque a esa plaza, que implicó el fusilamiento de Gómez y otros oficiales, provocó la indignación de los entrerrianos (entre ellos de Olegario Víctor Andrade). Pero la historia de Leandro Gómez, que era un artiguista, es la de muchos que en aquella época guerreaban tanto del lado argentino como del lado uruguayo.

 

Tema universal

 

La cuestión de la muerte, la certeza de la pérdida irrevocable de la propia vida, acompaña al ser humano desde siempre, acaso desde que tomó conciencia de sí mismo

Desde el momento en que sabe de su condición de ser vivo cuyo destino es “ser para la muerte”, al decir del filósofo Martín Heidegger, y se convierte por ello en tema clave de todas las culturas.

En efecto, la muerte es un tópico que aparece invariablemente en distintas sociedades, a lo largo de la historia. Y ha sido el fundamento de las distintas creencias, filosofías, religiones o mitos.

Todas estas ideaciones han intentado responder a cuestiones capitales ligadas a la finitud humana. Por ejemplo, ¿qué pasa después de la separación del cuerpo y el alma? ¿En qué medida se puede seguir hablando de supervivencia después de eso?

Las tumbas, los sepulcros, los cementerios atestiguan, desde épocas remotas, la atención que el hombre le ha prestado a la muerte. Pero no existe un significado unívoco, según explicó Montemuiño, y de ahí los diferentes ritos funerarios.

“De los sepulcros de las culturas arcaicas podemos comprender, por ejemplo, en qué cosas creían, qué valoraban, cómo entendían la religiosidad. En este sentido, no hay que dejar de entender los cementerios como un lugar sacro”, explicó.

En los elementos funerarios está implicado el sentimiento de lo sagrado. El simbolismo en torno al pasaje de las almas de los difuntos al más allá apunta, efectivamente, a la religación con el misterio o las fuerzas sobrenaturales.

Con la llegada de la revolución industrial, que dio lugar al proceso de urbanización, se planteó el problema de qué hacer con los muertos, explicó el entrevistado.

“Ya no se enterraba en el campo o en las iglesias. Había que buscar algún otro lugar. Y ahí nace el camposanto moderno. Acompaña este proceso el higienismo, una corriente del siglo XIX que buscaba mantener determinadas condiciones de salubridad en el ambiente, para evitar epidemias, mediante la instalación de lugares especiales de entierro”, explicó Montemuiño.

 

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