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Morir en tiempos de coronavirus: protocolos, prohibiciones y cambios en las costumbres

Ya sea por muerte natural o traumática, los ritos velatorios debieron cambiar durante la pandemia de covid-19. ¿Cómo son ahora los velorios y los entierros?  Además, el duro protocolo que se debe seguir en caso de que una persona muera por coronavirus.

Amílcar Nani

La pandemia de Covid-19 es un cachetazo que día a día nos vuelve a golpear. Lo que hasta ayer era algo que se daba por hecho, ahora se piensa y se repiensa, se analiza y se modifica, y por más que duela algunas medidas deben ser tomadas sí o sí. Y esto afecta a todos los aspectos de la vida, y también de la muerte.

“Ya puedes huir, y ya puedes rezar: tarde o temprano en polvo te convertirás”, decía el personaje principal en la película El Cadáver de la Novia, del director Tim Burton, y estas palabras resumen lo obvio: todos, absolutamente todos, nos vamos a morir. Sin embargo, en este presente pandémico, ni siquiera eso es sencillo. Y no hablo de morir de Covid-19 (que hablaremos más adelante) sino fallecer de lo que sea, de muerte natural o traumática.

Antes del coronavirus, cuando alguien moría se realizaba un velatorio de varias horas y según el fallecido, una caravana más larga o más corta acompañaba el cuerpo al cementerio o al crematorio. Pero todo esto, de alguna u otra manera, ya no es posible.

Por lineamientos estatales y sentido común, las casas de servicios fúnebres de la ciudad aconsejan a los deudos la realización de un velorio corto y sólo permiten el ingreso de un número limitado de personas a la sala principal, donde el cuerpo yace en el ataúd. Ahora, además de encargarse de todo el servicio, los trabajadores deben ponerse en un rol guardián para controlar el ingreso y egreso de personas que quieren dar un último adiós.

“Nuestro trabajo acostumbra a lidiar con situaciones difíciles, pero no es sencillo para nosotros ahora tener que decirle a alguien que no puede ingresar porque hay suficientes personas dentro de la sala”, explicó a ElDía Osvaldo, encargado de la Asociación Mutual Frigorífico Gualeguaychú.

Velorios cortos, pocas personas en la sala… antes, quizás, esto era sinónimo de que el fallecido no era tenido muy en estima. Cómo dice el dicho popular, tan bueno no habrás sido si al morir hay menos gente que manijas en el ataúd. Pero ahora hasta los refranes perdieron validez: el aislamiento social y obligatorio también afecta a la ceremonia mortuoria, no sólo por la obligación de obedecer los lineamientos del decreto presidencia, sino además por un instinto de preservación: las chances de contagio aumentan mucho cuando se rompe la cuarentena para concurrir a un evento social, ya sea una fiesta o un velorio.

Camino al cementerio

Durante los primeros días del aislamiento social y obligatorio, se dispuso el cierre del cementerio: el ir a dejarle una flor a los muertos quedó prohibido, e inclusive esto ha generado algún que otro malestar. Sin ir más lejos, la semana pasada un sujeto se violentó contra uno de los cuidadores del Cementerio Norte cuando impidió que pase a despedir a un ser querido y varios más se mostraron ofuscados al no poder visitar la tumba para dejar unas flores.

Y con respecto a los entierros, en un principio la disposición fue que sólo pudieran ingresar el auto con el féretro y solamente un coche con los familiares más cercanos. 15 personas como mucho. Pero como todo en la actualidad en la cual reina el coronavirus, las reglas son escritas a prueba y error y el manual se acomoda al presente vertiginoso.

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El fallecimiento del joven de 21 años que se accidentó en moto frente a la Terminal de Ómnibus fue la más traumática desde que se instauró la cuarentena. Su corta edad, la familia numerosa y las personas que lo conocieron desbordaron todos los protocolos obligatorios y sugeridos que había hasta ese momento.

Se intentó hacer respetar lo máximo posible el número de personas en la sala, pero el afluente impidió que el velorio sea corto y, además, se dejó ir a un poco más de personas al cementerio: tres autos más se sumaron a la caravana. Aun así, la ceremonia del entierro fue más rápida que lo usual, y todos los que acompañaron el cuerpo hasta su última morada debieron abandonar el camposanto de inmediato; nada de irle a dejar una flor al abuelo porque la tumba está cerca, muchos menos quedarse vagando por ahí.

El peor escenario

Quizás usted sea uno de esos que se muestra confiado y piensa que no se va a contagiar, o quizás piense que el Covid-19 es un “resfriadito” (como lo definió irresponsablemente el presidente brasileño Jair Bolsonaro). Entonces es hora de que se entere del protocolo a seguir para todos aquellos que tengan la desgracia de morir por coronavirus.

Al ser una enfermedad altamente contagiosa, las disposiciones sanitarias prohíben que se realice cualquier tipo de velatorio o ceremonia religiosa con el cuerpo presente. Luego de que el enfermo por covid-19 realice el último respiro y su corazón lata por última vez, sus familiares y seres queridos podrán despedirse, pero de lejos, porque nadie permitirá que alguien se acerque a un cuerpo contagiado.

Y ese último adiós deberá ser rápido, porque no pasará mucho tiempo a que dos médicos forenses con trajes especiales recojan el cuerpo, lo pongan dentro de una bolsa cadavérica, luego todo en un ataúd y marche todo de inmediato al cementerio o al crematorio, donde se dispondrá de manera urgente el entierro o la cremación.

En este caso, el protocolo es estricto e inamovible: morir por coronavirus no sólo es rápido y doloroso, sino que la despedida también es ligera y amarga.

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