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Movimiento feminista: la revolución que llegó para quedarse

Se organizaron para pedir que dejen de matarlas, y ahora van por todo: aborto legal, igualdad de derechos, reconocimiento igualitario. Al igual que en todo el país, el movimiento feminista nació en Gualeguaychú y llegó para quedarse.

No es un movimiento nuevo, por el contrario, se pueden rastrear sus raíces a mediados del siglo XIX, pero lo cierto es que en la segunda década del siglo XXI cobró fuerza, se naturalizó, se organizó y, lo más importante, salió a la calle. Y por supuesto, esa salida molestó a muchos, sobre todos los que encuentran comodidad en el status quo para que nada jamás cambie. Quizás, la irrupción en sociedad del movimiento feminista combativo, molesto en el buen sentido de la palabra, dispuesto a luchar por lo que históricamente le negaron, se puede rastrear a junio de 2015, cuando harto de que mujeres mueran asesinadas sin que a nadie se le mueva un pelo salió al mundo al grito de #NiUnaMenos.

El pedido, contundente y comprensible, simplemente solicita que los varones paren de matar mujeres. De nuevo: que los varones paren de mujeres. Y perdón por la repetición, pero a cuatro años del primer #NiUnaMenos las mujeres siguen siendo asesinadas por hombres que las ven más como una propiedad que como a una persona. No por nada, cada 32 horas muere una mujer en Argentina.

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Y al igual que en todo el país, en Gualeguaychú las mujeres también dijeron basta, se organizaron y pintaron su lucha de verde. La agrupación Enredada Feminista de Gualeguaychú y Pueblo Belgrano y la más nueva Ahora Arde Gualeguaychú se transformaron en la fuerza de choque que cacheteó a esta sociedad patriarcal y acomodada, como la que existe en todos los rincones del mundo.

El puntapié inicial de la organización fue el femicidio de Micaela García, la joven asesinada por Sebastián Wagner en Gualeguay y desde ese día salieron a la calle para pedir por el fin de los femicidios y travesticidios. Marchas elocuentes, cargadas de simbologías. A modo de ejemplo se puede citar la marcha hasta el palacio de Tribunales tras el fallo absolutorio que benefició a los acusados del femicidio de la adolescente marplatense Lucía Pérez. Cuando llegaron a destino, unas 30 chicas quedaron tendidas en el asfalto, inmóviles todas, como si les hubieran arrebatado la vida de manera instantánea; una metáfora que explicó de manera elocuente la peligrosa y frágil realidad que viven todas ellas, sin distinción de clase o ideología. La elocuencia para para plasmar el peligro de morir por tan sólo ser mujer quedó explícito en ese instante, demostrando que el movimiento de mujeres tiene vida propia y no necesita tomar elementos de otros movimientos para protestar o manifestarse. Por el contrario, legendarios movimientos de protestas deberían aprender mucho del movimiento feminista para aggiornar sus métodos.

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La llegada de los pañuelos

Pero por supuesto, el feminismo no se quedó solamente en un pedido tan racional y lógico como el que dejen de asesinarlas, sino que avanzó y comenzó a exigir otros iguales de racionales y lógicos: igualdad de derechos, de posibilidades, pago equitativo y montones de detalles más que, increíblemente, tuvieron que salir a la calle a decirlos para que el grueso de la gente se diera cuenta lo que estaba pasando.

Entonces llegó, si, la madre de todas las batallas: en febrero del año pasado el presidente Mauricio Macri dio luz verde para que el Congreso de la Nación debata el aborto seguro legal y gratuito (porque mal que le pese a muchos, el aborto ilegal existe y mata mujeres, aunque en este caso si discrimina, porque la mayoría de las mujeres que mueren víctimas por esta práctica clandestina son pobres).

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Y verde como la luz que dio el Presidente, verde fue el símbolo de la lucha: los pañuelos de ese color comenzaron a identificar a las partidarias de esa lucha, las neorevolucinarias dispuestas a tomar las calles para exigir este derecho, que no es otro que el de poder vivir.

Tras dos meses de exposiciones y años de reclamos, el proyecto para despenalizar el aborto se trató en la Cámara de Diputados de la nación. Y como en todos los centros urbanos de argentina, los pañuelos verdes salieron a la calle.

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En Gualeguaychú, el epicentro fue la plaza San Martín, paradójicamente con la Catedral de fondo, símbolo de la institución que más lucha en contra del aborto seguro legal y gratuito. Las mujeres no se amedrentaron y se plantaron en el centro neurálgico de la comunidad, sin dejarse espantar por nada ni nadie.

El 13 de junio del año pasado, cuando se logró la media sanción en la Cámara de Diputados los festejos del movimiento feminista se hicieron manifiestos. Los pañuelos verdes lograron su primera victoria, una victoria que en su gran mayoría estuvo impulsado por chicas jóvenes, adolescentes, por las nuevas generaciones que no quieren tolerar vivir de la misma forma injusta que vivieron sus madres, sus abuelas, sus bisabuelas, sus tatarabuelas y todo el resto de las mujeres que son parte de su árbol genealógico hacia el pasado.

Ni siquiera cuando el Senado rechazó dos meses más tarde el aborto legal, seguro y gratuito las hizo bajar los brazos. La torrencial lluvia que cayó esa noche lloró por ellas, por lo tanto, no perdieron tiempo en lamentos y se rearmaron sabiendo que fue una batalla y que esto recién empieza.

El movimiento feminista no es una moda, no es una locura de las nuevas generaciones, no es un pataleo infantil, no es un capricho. El feminismo es, lisa y llanamente, el movimiento revolucionario más legítimo de la actualidad, es un colectivo dispuesto a todo para que haya un cambio real y perdurable. Tienen oposición en todos los sitios, estamentos, sectores y clases sociales. Son parodiadas, ridiculizadas y estigmatizadas, todas acciones que se llevan adelante cuando los adversarios ven que las mujeres llegaron para cambiar las cosas y que nada las va a amedrentar.

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