No aprendemos: violar la ley es el peor ejercicio para la democracia
Hay cosas que alguna dirigencia política argentina parece no tener clara. Si algo nos enseñó la historia es que sólo el imperio de la ley podrá salvarnos.Por Jorge BarroetaveñaEspecial La Argentina vivió en carne propia y le costó mucha sangre, cuando la Constitución Nacional fue mancillada y, aquellos que tenían que dar el ejemplo, se encargaron de violarla sistemáticamente.Es obvio que no vale la pena entrar en ejemplos, que por otra parte si lo hiciéramos, no nos alcanzarían ni diez ediciones enteras de esta columna para reflejarlo. Pero existen responsabilidades diferentes. No es posible endilgarle el mismo nivel de responsabilidad a un ciudadano común que a aquel que fue elegido para representarlo. Es cierto, innegablemente, que el argentino está acostumbrado a violar la ley. Que lo considera algo natural y que no tiene remordimientos por ello. El tránsito es un fiel de reflejo de la sociedad en la que vivimos. La permanente violación de las reglas trae aparejado costos que se traducen en vidas humanas. Es una realidad que salta ante nuestros ojos pero nos negamos a verla.Es que, los pequeños comportamientos, acaban por reflejarse en los grandes comportamientos. Nuestra clase política, ¿nació de un repollo? ¿Fue traída a la tierra por una nave espacial que llegó desde Marte? ¿Deriva de otros mundos desconocidos? No, nada que ver, son nuestros y reflejan acabadamente la moral media de nuestra sociedad. Entonces, ¿cómo podemos esperar comportamientos distintos de dirigentes que nacen de la misma sociedad que tolera la violación de las leyes y lo considera una 'gracia' o, más típicamente, fruto de nuestra inquebrantable 'viveza criolla'?La realidad no es ni cruel ni mala, no es ni buena ni impoluta, es simplemente eso, realidad. Y si algo nos viene desde lo más profundo de la historia es que, cada vez que violamos la ley, nos fue mal. Sin ambigüedades ni dobleces, no hay otras lecturas posibles.Por eso, no es aceptable que un ministro de la Nación, en este caso la flamante Nilda Garré, que todavía estrena cargo en el Ministerio de Seguridad, diga suelta de cuerpo que hay que darle un subsidio a las personas que ocuparon el predio del Club Albariños en Lugano, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A ver, tomar terrenos es un delito tipificado por la ley. Eso al menos que se haya reformado el Código Penal y nadie se haya enterado. Por eso, es inaceptable que, una funcionaria del calibre de Garré, impulse como política de Estado 'premiar' a través de subsidios a aquellos que violan la ley, más allá de sus necesidades. Si mañana ocupan el departamento que la ministra habita en Buenos Aires, pues entonces deberá 'pagarle' a sus okupas para que le devuelvan su casa. ¿Hay lógica en esto? No, y es perverso, es reirse en la cara de millones de argentinos que tienen tanta o más necesidad, y no violan la ley, sino que trabajan y se esfuerzan para superarse. Y tampoco se trata de cuestiones ideológicas. En cualquier país desarrollado, tenga gobierno de izquierda o derecha, las leyes se respetan por igual y quedan al margen de las políticas que se apliquen.Tanto la Nación, como la Ciudad de Buenos Aires han demostrado ser incapaces para establecer orden en la vía pública. No apelando a los bastonazos ni a la represión indiscriminada. Utilizando la fuerza pública como corresponde y ejerciendo el monopolio de su uso, como establece la Constitución Nacional. Las chicanas, los golpes bajos, y el desprecio por la ley, han demostrado que a la democracia argentina todavía le falta mucha república. La política sin KirchnerSe está yendo 2.010 y pasará a la historia como el año en el que murió el ex presidente Néstor Kirchner. En ningún libro dejará de figurar al tope de los hechos la desaparición física de quién ejerció la primera magistratura entre 2.003 y 2.007. Aunque también está claro que sólo el tiempo tendrá el veredicto final sobre su verdadera influencia en la historia contemporánea de la Argentina. Algo seguro dirá y es que no pasó desapercibido, aunque una sensación ha invadido al país en los últimos meses: el nivel de confrontación política, sin Kirchner, es diferente. Y lo ha demostrado la propia Presidenta con algunos gestos importantes. Sólo el desbarranque en los últimos acontecimientos en el Indoamericano dejaron mal parada a la mandataria, aunque no dudó en meter mano en las fuerzas de seguridad y recortarle poder a Aníbal Fernández.Guste o no, la ausencia del ex presidente del debate público, ha provocado un enfriamiento en los niveles de confrontación, al punto que sobran los dedos de una mano para contar a los opositores que abren la boca para criticar a la Presidenta. Habrá que esperar si este efecto 'placebo' se extiende en el tiempo o se derrite al calor del año electoral que se avecina.De todas maneras los límites ideológicos del kirchnerismo se han vuelto difusos sin su principal líder. La Presidenta fue clara en Olivos ante la cúpula del PJ: hay que abrir las mentes y aceptar a quien piensa distinto, les pidió, insinuando que no hay que descartar alianzas electorales para el año que viene. Pero el jueves, en el Senado, se dio otra escena impensada hace un tiempo. La presencia del ex presidente Menem, le permitió al kirchnerismo aprobar el ascenso del ahora General Milani, como segundo del Ejército. Poco le importó al riojano que hubiera fotos comprometedoras para el militar junto a líderes carapintadas de los '80. Hacía dos meses que no iba al recinto pero se había comprometido ante Pichetto de ayudar al oficialismo a aprobar los ascensos. Por su gesto, recibió saludos calurosos y gracias esplendorosas de las principales espadas oficialistas en el Senado. El mismo lugar, en el que Néstor Kirchner, hacía 'los cuernitos' o 'tocaba madera' que cada vez que pronunciaban el apellido 'Menem'. El 2010 ya no es una foto y sin Kirchner, nada será igual. Ni siquiera para sus propios seguidores.
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