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Nuestra incapacidad para perdonar nos hace coquetear con el abismo

Se sacude el árbol. Fuerte. El fallo de la Corte Suprema puso en términos de batalla abierta la pelea entre el Ejecutivo y el Judicial. Contra lo que pensaban en la Casa Rosada, los altos magistrados patearon el tablero y avisaron que emitirán sentencia sobre los traslados de los jueces que la vice apuró desde el Senado.

Por Jorge Barroetaveña

El gobierno se acerca al año de gestión y sigue abriendo frentes de conflicto. Queriendo o no, puso otra vez sobre el escenario la pelea con el Poder Judicial, o con un sector, que fogoneó la persecución contra el anterior gobierno, con Cristina a la cabeza. Titubeando al principio, peleando contra sus fantasmas internos, el Presidente recogió el guante y se declaró dispuesto a ir a fondo. Un puñado de horas antes de conocerse la resolución, criticó duro y parejo al máximo tribunal, incluso le tiró por la cabeza poco compromiso con las cuestiones de género, algo que irritó especialmente a Elena Highton de Nolasco, la magistrada más cercana a Alberto. Fue echarle nafta al incendio, que no menguó pese al rechazo que provocó la caravana de protesta que pasó a los bocinazos por la casa de Lorenzetti en Rafaela.

En esta puja de poder, a la que es tan afecto el kirchnerismo, todos pierden, no gana nadie, no importa cuál sea el resultado. La justicia está desprestigiada desde hace rato. Es una de las instituciones del estado que goza de menos credibilidad. Algo similar con el Ejecutivo y la clase política en general. Una parte de la población, la mayoría, percibe una disputa cortesana, para ver quién tiene más poder. Los extremos sostienen que les va la vida en la decisión. Para la oposición Cristina hace lo que quiere, con la venia del Presidente, buscando impunidad.

Para el oficialismo, hay tufo a pagar con la misma moneda. Si bien Alberto pretendió recorrer otros caminos al principio, en las encrucijadas su decisión final fue encolumnarse detrás de los deseos de su antigua jefa. Decía una cosa pero hasta ahora, ha terminado haciendo otra.

Este bailoteo arriba del Titanic que abarca a buena parte de la clase política llega en el peor momento. “El horno no está para bollos”, solía decir mi vieja cuando se le acababa la paciencia con los hijos que hacían desastres. La verdad, es cierto, el horno no está para bollos.

Esta semana el índice de pobreza del INDEC se clavó como un puñal en la sociedad argentina. El 40% de la población es pobre y casi 6 de cada 10 chicos menores de 14 años también lo son. ¿Hace falta algo más para reaccionar?

Hay algo de cierto en la reacción del Presidente. Si no hubiera sido por la contención a través de la ayuda social, la Argentina ya tendría números africanos de subdesarrollo. Aunque sería engañarnos: ya los tenemos. Y eso que las consecuencias de la pandemia todavía están lejos de menguar. Pero también sería una patraña quedarnos con que sólo es la pandemia la responsable de todos nuestros males.

Hace medio siglo el país no tenía pobreza, gozaba de un futuro promisorio, tenía altos niveles educativos que eran ejemplo en la región y el mundo y la corrupción no era tema de debate permanente. Pero la Argentina tenía algo intangible que la seguía diferenciando de la mayoría de los países del mundo: movilidad social. Cuánto tiene que ver esto con el debate tonto sobre la ‘meritocracia’ en el que se metió el Presidente. En ‘aquella’ Argentina los niveles educativos permitían a los pobres, gracias a su esfuerzo, progresar en la vida, y avanzar en la imaginaria escala social. El país fue fragua para que muchos hijos de inmigrantes se abrieran paso en la vida, llegaran a la universidad y fueran felices. ¿Qué hicimos mal para hacer añicos todo eso? Hoy, el que nace pobre en la Argentina está condenado a morir pobre. Sus posibilidades de progresar se han reducido magramente. Y lo que es igual o peor, aquellos que orgullosamente pertenecían a nuestra histórica clase media se desbarrancan sin cesar hacia niveles de pobreza vergonzantes. ¿Un jubilado que cobra la mínima no es pobre acaso?

La situación es grave pero la reacción nos llena de dudas. El deporte nacional favorito es echarse la culpa. El colmo fue la Ministra de Seguridad Sabrina Frederic que le tiró por la cabeza el cuerpo del policía muerto a la Ciudad de Buenos Aires. ¿Es necesaria semejante mezquindad? ¿Es necesario exponer hasta esos límites la ausencia de realidad que tiene buena parte de nuestra clase dirigente?

Hace un par de días, y hablando de estos temas en la radio, un oyente me recordó esta anécdota sobre la vida de Nelson Mandela. La comparto.

"Después de convertirme en presidente, le pedí a algunos miembros de mi escolta que fuésemos a pasear por la ciudad. Tras el paseo, fuimos a almorzar a un restaurante.

Nos sentamos en uno de los más céntricos, y cada uno de nosotros pedimos lo que quiso. Después de un tiempo de espera apareció el camarero trayendo nuestros menús. Fue justo entonces cuando me di cuenta de que en la mesa que estaba justo frente a la nuestra, había un hombre solo, esperando ser atendido.

Cuando fue servido, le dije a uno de mis soldados: ve a pedirle a ese señor que se una a nosotros.

El soldado fue y le transmitió mi invitación. El hombre se levantó, cogió su plato y se sentó justo a mi lado.

Mientras comía sus manos temblaban constantemente y no levantaba la cabeza de su comida. Cuando terminamos, se despidió de mí sin apenas mirarme, le di la mano y se marchó.

El soldado me comentó:

Madiva, ese hombre debía estar muy enfermo, ya que sus manos no paraban de temblar mientras comía.-

¡No, en absoluto! la razón de su temblor es otra. Me miraron extrañados y les conté:

-Ese hombre era el guardián de la cárcel donde yo estuve encerrado. A menudo, después de las torturas a las que me sometían, yo gritaba y lloraba pidiendo un poco de agua y él venía me humillaba, se reía de mí y en vez de darme agua, se orinaba en mi cabeza.

Él no estaba enfermo, lo que estaba era asustado y temblaba quizás esperando que yo, ahora que soy presidente de Sudáfrica, lo mandase a encarcelar y le hiciese lo mismo que él me hizo, torturarlo y humillarlo. Pero yo no soy así, esa conducta no forma parte de mi carácter, ni de mi ética. Las mentes que buscan venganza destruyen los estados, mientras que las que buscan la reconciliación construyen naciones."

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