Padres del mundo
Cincuenta años atrás era difícil tener una foto de un papá dando la mamadera a su bebé. Además era inimaginable ver a una mujer conduciendo un taxi, y menos aún un colectivo. Por Monseñor Jorge Lozano*Especial El rol del varón y la mujer ha cambiando mucho en la cultura, la economía, el trabajo, la sociedad; y por supuesto, en la familia.Este cambio no es experimentado de la misma manera por todos: edades, sexos, niveles sociales tienen miradas diversas sobre lo que acontece.El varón percibe que va dejando (¿o perdiendo?) su lugar de exclusivo proveedor del sustento familiar. No le resulta fácil convivir con esta situación nueva y se siente des-cuidado, cuando no des-plazado. Algunos hasta llegan a caer en situaciones de depresión.¿Y los hijos? En este cambio de roles también ellos se sienten des-ubicados, inseguros, "no mirados" lo suficiente por los adultos.No es fácil ser padres hoy. Los reclamos y tironeos son muchos. Y si consideramos a la humanidad como una familia, también es posible escuchar reclamos de paternidad. Podemos decir que estamos en una sociedad triste con sentimientos semejantes a los de un niño abandonado. Algunos estudiosos dicen que esta época —sobre todo en el Hemisferio Norte— está marcada por el miedo al futuro. Pongo algunos ejemplos:- Miedo a la destrucción de la humanidad en una guerra nuclear: hoy el armamento existente alcanzaría para destruir la vida del Planeta.- El miedo a los desastres ecológicos —ciudades costeras de Oceanía corren el riesgo de desaparecer si sigue subiendo el nivel de los océanos— combinados con irresponsabilidad humana: el tsunami en Japón y las fisuras producidas en sistemas de energía nuclear.- Miedo a los atentados terroristas.Algunas películas de ciencia-ficción plantean escenarios dramáticos no difíciles de imaginar como posibles.Esta realidad, que se presenta como oscura u opaca, genera sentimientos de desamparo, soledad, angustia existencial. El Papa Beato Juan Pablo II, cuando visitó la Argentina en 1987, dijo a los Jóvenes en una misa en la Av. 9 de Julio: "Me habéis preguntado cuál es el problema de la humanidad que más me preocupa. Precisamente éste (...) ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de Dios o incluso negando su existencia. Una humanidad sin Padre, y por consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir matando a los hombres que ya no considera como hermanos, y así preparar su propia autodestrucción y aniquilamiento".Otros miedos son más personales o cercanos, como perder el trabajo o la salud, fracasar en el afecto, no ser aceptado por quienes uno ama, ser asaltado o lastimado...Por eso, hay quienes concluyen que estamos en una sociedad rota, sin rumbo. La comparan con un barco que anda a la deriva, sin timonel (¿sin padre?) con riesgo de hundirse (¿por eso el miedo?). Se tiende a mirar sólo el instante, lo efímero y fugaz. Sin horizonte, sin camino. Como cuando se transita en la neblina, se anda con miedo a lo que puede haber. Es peligroso andar, pero también lo es quedar detenido.También se da una especie de contradicción o tensión: se le teme a la autoridad (o a caer en autoritarismo) pero se la reclama vivamente y más aún a la hora del desorden.No temo equivocarme si digo que nos hace falta una nueva presencia de los padres. Unos padres que logren que sus hijos les digan: "Padre, no tengas miedo / si se te achica el cielo / Yo tengo un horizonte / de remansos para ti / Tómate de mi brazo / y aminorando el paso / vamos a caminar / que es tiempo aún para comenzar".Quisiera tomar de La Biblia algunos pasajes para reflexionar en las cualidades que se necesitan. En la Parábola del Padre misericordioso se presenta a un padre que libera, espera, mira todos los días el camino esperando ver el regreso del hijo que se ha ido lejos. Es padre y tiene ternura de madre.Se anima a estar pendiente y a dejar que cada uno (cada hijo) recorra su camino.El amor nos libera si lo entendemos como ofrenda y entrega de la vida por el bien y alegría del otro.El riesgo es que hoy amor se confunde con autosatisfacción y no como vínculo o lazo. Por eso no sacia, ni satisface, ni alimenta. Es como hablar a la pared: no hay respuesta, no hay retorno.Otro momento fuerte del Evangelio es la promesa que Jesús hace a los Apóstoles —y a nosotros— durante la Última Cena: "No los dejaré huérfanos".En el libro del profeta Isaías Dios promete a su Pueblo algo hermoso: "Nunca te olvidaré. Te llevo tatuado en la palma de mi mano".Necesitamos papás que sean capaces de ser rostro concreto de este Dios Padre-Amor.Rezo por todos los papás en su día. * Obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
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