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Palmira Chesini, la historia de una mujer de campo

Palmira Chesini es una de las tantas mujeres que nacieron, se criaron y formaron su familia en la ruralidad. A los 73 años, vive con su esposo y su hijo, en la chacra de la familia en la zona rural de Pueblo Belgrano. Realiza las labores de la casa y ayuda en la quinta con una vitalidad que asombra.

Palmira recibió a ElDía junto a su esposo Máximo y su hijo Lucas en el jardín que se encuentra al frente de su casa. Lo hizo con la amabilidad y la empatía que la distinguen. Una mujer de campo que nació en el límite entre las zonas rurales de Sarandí y Costa Uruguay Sur para luego casarse y trasladarse a lo que entonces era Colonia el Potrero.

Una curiosidad es que el apellido de su esposo también es Chesini. Por lo que sus hijos, nietos y bisnietos son Chesini-Chesini. Algo que se da en otros matrimonios como el de los Michel-Michel en la zona Rural de Las Piedras en el departamento Gualeguaychú.

La mujer aseguró que la vida en el campo es muy especial. “El silencio en la noche, el canto de los pájaros al amanecer y durante buena parte del día, vivir con la naturaleza a pleno”, describió.

Recordó que cuando niña concurrió a la escuela “Libro Corazón” en Costa Uruguay, establecimiento que después fuera cerrado, debido a que en la zona no había chicos que siguieran cursando en la escuelita.

“Cuando yo iba a la escuela (cursó hasta tercer grado) concurrían unos 30 alumnos, la mayoría a lomo de caballo. Llegaban, ataban los animales al alambrado, estudiaban y regresaban a sus casas, que en muchos casos estaban a kilómetros de distancia”.

En los tiempos en que Palmira iba a la escuela no existían los transportes escolares. Caballo, recado y marcha a la escuela, en muchos casos con dos chicos montados en un mismo equino.

Acotó que “los que estábamos cerca, cruzábamos el campo e íbamos caminando hasta la escuela”.

Señaló que en la escuela se hacían las tradicionales kermés para las cuales “los padres trabajaban 15 días en forma mancomunada. Carpían el patio, armaban la carpa, entre otras tareas. Por la tarde se hacía todo lo que era quermes, y a la noche el baile, lástima que a los chicos no nos dejaban concurrir a los bailes”.

Pasaron los años, Palmira se casó con Máximo y se trasladaron a la chacra de la familia de su esposo hace 48 años a unos pocos kilómetros de lo que hoy es la localidad de Pueblo Belgrano que en aquellos años era solo campo y chacra. “Formaba parte de Colonia El Potrero y en esta zona éramos cuatro familias a las que les dieron las tierras en aquella época”, señaló.

Junto a su esposo comenzaron a trabajar la tierra haciendo quinta. “Lo que producíamos lo llevábamos al pueblo (Gualeguaychú) en una Ford A, después llegamos al Jeep en lo que fue un gran adelanto, si tenemos en cuenta que cuando Máximo era soltero sacaba todo a carro”.

Remontarnos a las décadas de los 50 y 60 es hablar de hogares sin el servicio de energía eléctrica.”Nos alumbrábamos con una lámpara a kerosén, después llegamos al sol de noche, elementos que hoy suenan a reliquia, pero nosotros estábamos acostumbrados e íbamos con la lámpara a todas partes. Desde hace un tiempo contamos con energía eléctrica, adelanto que nos cambió la vida”, relató.

Para cocinar contaba con una cocina a leña, la de gas no existía, y un calentador brad metal con el que hacía el dulce de leche casero, que le llevaba mucho tiempo y requería de un calor constante.

Contó que las ventas de verduras y hortalizas "no eran buenas en un principio, era más lo que se perdía que lo que se vendía. Todo dependía del reparto. En un día de suerte se vendía bien, pero a la semana siguiente iba hasta la ciudad y regresaba con toda la verdura que se perdía”.

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“Fueron tiempos duros, aunque un plato de comida en la mesa nunca falto. Verduras de la huerta, leche de una vaca, pollos, gallinas, carneadas que hacíamos sacrificando un cerdo y una vaca, alimentos todos que se producían y se siguen produciendo en la chacra”, detalló y destacó que el tema pasaba por los demás gastos. “La ropa, los útiles para la escuela, cargar combustible, ir al médico demandaba dinero. Calzaba a uno de los cinco chicos y había que esperar para calzar a otro. Y ese primero, cuando se le compraba calzado a uno de sus hermanos, ya andaba con la zapatillita gastada y así se fueron criando. Todos fueron a la escuela conocida como La Lata en el nivel primario, mientras que al secundario los mayores lo hicieron en Gualeguaychú y los menores en Pueblo Belgrano en la Escuela Infantería de Marina”.

Hay tiempo para todo

"La mujer rural no salía a trabajar en otro lado. Se quedaba en su chacra, en su campo, haciendo de todo un poco. Todas las labores de la casa, atender los animales y dar una mano en la quinta y lo más importante criar a los hijos”, rememoró.

En aquellos tiempos “preparábamos café con leche y tostadas con dulce de leche”. Acotó que el pan “lo hacíamos y lo seguimos haciendo en un horno de barro, con la diferencia que ahora lo elaboramos cada 15 días y lo freezamos”.

Al mediodía se llenaba una “olla y se cocinaba puchero, guiso y otras comidas con muchas calorías”.

Lo que “no se producía en la granja, se compraba en el pueblo”. Detalló que “hacíamos una notita con lo que se necesitaba y acorde a lo que se recaudaba con la venta de verduras se hacían las compras que en muchas ocasiones llevan a la mitad de lo que habíamos escrito”. Indicó que las “compras se hacían una vez por semana”.

Palmira sigue trabajando en las labores que demanda la casa, además de dar una mano en la quinta a su hijo Lucas que sique el legado de sus abuelos y padres abriendo surcos en la tierra.

Dijo que ha sido y es feliz en el campo. Formó, junto a Máximo, una familia con 5 hijos (Javier, Patricia, Sergio, Gabriela y Lucas), 8 nietos (Lucía, Micaela, Elías, Máximo, Abril, Santino, Victoria y Valentino) y tres bisnietos (Zoe, Teo y Mía). "Más no puedo pedir”, agradeció.

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