Ciudad | Gualeguaychú

"Pancho" Naeff, el arriero que recuerda con nostalgia cuando se tropeaba la hacienda

Francisco, con 76 años, transita sus días en su chacra ubicada a pocos kilómetros de la ciudad. Lo hace en compañía de su esposa y sus compañeros de toda la vida como lo son los caballos. Los llama por su nombre y les da de comer con la mano.

Por Fabián Miró

Pasó 56 años de su vida trabajando en los corrales de la rural, transportando hacienda por arreo, durmiendo donde la noche lo encontraba con las estrellas como techo.

Vivió tiempos muy diferentes a los de hoy día. Antes se traía y llevaba la hacienda por arreo. Tarea que en algunos casos demandaba varios días, por lo que los arrieros hacían noche en lugares puntuales, o en donde las primeras sombras los encontraban arreando rodeos numerosos.

Pancho, así se lo conoce, es descendiente de inmigrantes suizos. Formó parte de una generación única, la de aquellos que ensillaban y salían a buscar hacienda a lugares distantes para arrearla a la Rural, predio de Urquiza al Oeste. Contó que empezó a trabajar de Mencho a los 18 años en la Sociedad Rural, luego dejó y pasó un año y medio afuera porque le tocó el Servicio Militar Obligatorio, para luego volver a la rural donde el 10 de mayo cumplió 56 años trabajando en el lugar.

Entre sus recuerdos de largas temporadas, en los históricos corrales de la entidad, destacó que a “mediados de los 60 comenzaron a llegar los primeros camiones para transportar hacienda”. Acotó que “hasta entonces todo se hacía tropeando la hacienda, llevándola por arreo”. Detalló que la gente que vendía sus vacas y que “que ahora la trae a la feria en camión, antes lo hacía por arreo. La traíamos de distintos lugares, aunque el tema era sacarla de los corrales y llevarla al campo de los nuevos dueños”. Es así que “hicimos varios arreos hasta la zona de Médanos- hoy departamento Islas del Ibicuy-, a unos 100 kilómetros de Gualeguaychú”.

Detalló que se “trabajaba con tropas de 100 animales y un poco más inclusive”. Contó que para “trasladar 100 cabezas trabajaban 3 personas en una ruta, la 14, que en aquel entonces era ancha y de ripio”. Recordó que se “salía un miércoles de la rural , el martes era el remate, a la mañana con tropas para todos lados. Unos arrieros iban para Almada, Larroque, Gualeguay, Ceibas, entre otros lugares”. Dijo que “cuando íbamos a Médanos, la primera parada era en las instalaciones der Landó y Elgue en la zona de Ñancay. Hacíamos noche ahí. Dormíamos debajo de las tribunas o al aire libre, porque en ocasiones se juntaban hasta 12 troperos, aunque la hacienda no se mezclaba- aclara-, porque se la encerraba en los corrales de las instalaciones”.

Después se “llegaba a Ceibas, paraje en aquel entonces, y nos quedábamos en el parador de los Neffa que nos daba corrales de encierro. Al otro día, ya viernes, a eso de las 3 de la tarde arribábamos a lo Pérez Gandini”.

Dijo que a la “hora de dormir el basto era la almohada y lo demás hacía las veces de colchón”. Cuando las “noches, en invierno, eran muy frías, utilizamos el poncho y la capa

Para este trabajo “utilizábamos 2 caballos por arriero, para darle descanso a los animales”. Detalló que “la hacienda cuando se la transporta siempre pierde kilos. Ahora, en camión, se la trae la tarde antes, en la temporada de verano, pueden llegar a tener una merma importante en su peso”.

Recordó que además de arriar rodeos con destino a campo, también “transportábamos, por calle de Tropas, animales con destino a faena en el Frigorífico Gualeguaychú, además de corderos que arriábamos desde la zona de Pehuajo cuando era un gurí de 8 años, tardando unos dos días y medio en llegar a destino, cuando ahora, ese trayecto, poco más de 40 kms, se hace en una hora”.

En que “horas del mediodía, con las ovejas, había que parar porque no marchaban, siendo preferible tropear a la nochecita que te rendía más; mientras que con la vaca no tenías mayores problemas. Al mediodía se paraba para descansar comer un asado y se continuaba con el arreo”. Acotó que el “asado se hacía a la llama, rápido, con dos fierros que clavábamos al piso o bien un par de palos y a otra cosa”.

Recordó que la señora de Viviani que vivía en la casa del predio de la rural “hacía los encerados de lienzo a los que colocaba aceite de lino quedando los mismos de color amarillo. Atravesamos vendavales de viento y agua con los encerados caseros que nos mantenían secos pese a las adversidades del clima”.

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