Pascua: paso a la Vida
La ceremonia de la vigilia pascual tiene varias notas felices, llamativas, plenas de simbolismo. Por ejemplo, el signo de la Luz, que aparece cuando se encienden solamente velas en las manos de cada participante y se apagan las luces eléctricas del templo.
La primera vela es la del cirio pascual, el enorme velón que se renueva cada año y se coloca junto al altar mayor. De allí se toma la llama y comienza a pasarse de mano en mano, desde los fieles que se ubican en los primeros asientos hasta el último que está en el templo. “Te doy la luz de Cristo”, dicen cada uno.
Decir luz, decir fuego, es decir también vida: sin ambos no es posible la vida sobre la tierra. Es decir calor, es iluminar: “No se pone una lámpara debajo de la mesa sino arriba, para que alumbre a todos”, dice el Evangelio.
Fuego es fuerza, es esperanza. Es aire: sin oxígeno no hay fuego.
Es unidad: todos tienden siempre a reunirse alrededor de la lumbre y de los leños encendidos.
El que tiene luz tiene… algo, tiene eso que lo diferencia, esa vida distinta de la que todos quieren abrevar. Ya escribió Eduardo Galeano:
“Somos un mar de fueguitos. El mundo es eso. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.
Cuando el fuego es interminable porque surge del Amor que no se acaba, entonces, es un fuego que contagia, que llena, que chispea y alcanza a todos.
El domingo de madrugada, narra el Evangelio, fue la Resurrección de Cristo. Las mujeres acudieron tempranito al sepulcro: querían bañar el cuerpo de su amigo Jesús con perfumes y óleos, limpiarle las heridas, prepararlo para su descanso final. Pero al llegar hasta el sepulcro que había donado José de Arimatea, se encontraron con que la piedra de entrada (enorme, pesada) estaba corrida, abierta. Y dos seres brillantes les dijeron: “no busquen entre los muertos al que está vivo porque ha resucitado”.
Antes, Jesús había descendido a los infiernos, es decir, se había enfrentado con la “muerte” (con el mal, con el demonio) y lo había vencido. Para siempre.
Luego, vendría la primera aparición a los discípulos, los dedos de Tomás (“no creo si no meto mis dedos en sus llagas”, había dicho el apóstol duro de convencer. Y Jesús se le acercó y le puso su mano en la abertura que le dejó la lanza) y el encuentro con los dos discípulos de Emaús. Allí, cerca de Él, ellos recuperan la esperanza y vuelven a sentir el calor, la luz, el aire, la vida. Pierden el miedo. Ya no hay impotencia, ya no hay angustia. Y comienzan a planificar qué harán de allí en adelante: nuevas energías les corren por las venas. Ya no quieren tener la cabeza baja. Ya no piensan en esconderse o desertar.
Ahora, el fuego ha vuelto a ellos: es el contacto con Cristo. Y sus vidas ya no pueden volver a ser las de antes.
La Buena Noticia está en sus corazones: ¡Cristo ha resucitado, la muerte ya no tiene poder!
Verónica Toller
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