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Pregunta sin respuesta: ¿por qué tenemos que pagar todos la deuda de Vicentín?

Ejercitar la memoria es un buen ejercicio para cualquiera pero más para los políticos. Igual que un principio no escrito que dice que los hay que generar problemas donde no los hay. Todo indica que el Presidente se olvidó del primero y no practica el segundo. El conflicto por la Empresa Vicentín sirve de buena muestra.

Por Jorge Barroetaveña

El kirchnerismo arrastra una historia densa con el sector agropecuario. El Presidente lo sabe bien porque lo vivió en carne propia allá por el 2008 cuando fue uno de los que puso paños fríos cuando Néstor Kirchner quería hacer renunciar a Cristina. De hecho, por su desempeño en aquel entuerto, le quedó una marca que los cristinistas nunca más la olvidaron: percibirlo más cerca del enemigo que de sus jefes.

Con el paso del tiempo, pegó el portazo y con abiertas discrepancias con Cristina, dejó el poder. Y se convirtió en un crítico acérrimo de cómo se manejó aquel conflicto. Inncesario e inútil, definió muchas veces. Lío que persiguió al kirchnerismo durante años y que aún todavía tiene secuelas. Pasaron los años, llegó Macri, se fue y Alberto volvió a quedar en el centro de la escena. El y sus aliados hicieron un buen trabajo en la campaña, tratando de aventar los fantasmas sobre la relación, estableciendo puentes y repitiendo hasta el cansancio que aprendieron de sus propios errores.

Lío que persiguió al kirchnerismo durante años y que aún todavía tiene secuelas

Por eso, ignorar el impacto que el anuncio sobre la Empresa Vicentín tendría en el sector en general y en los pueblos del interior en especial, es mala praxis. Y falta de calle, o de campo para ser más gráficos. Casualmente algo que se le reprochaba al gobierno de los ‘ceos’ de Macri, su falta de percepción sobre la repercusión de medidas que en varias ocasiones tuvieron que modificar, reveer o directamente suprimir.

Pero el debate no se reduce a eso, claro está. Es mucho más profundo porque se mete entre la política y la ideología. El primer interrogante vuelve a sobrevolar sobre un tema remanido: ¿quién tiene el poder en la Argentina? La imagen del Presidente presentando un proyecto que le acercó la mano derecha de la vicepresidenta, la senadora Fernández Sagasti no alcanzó para ratificar que era del Ejecutivo. A las pocas horas el propio mandatario debió salir a ratificar que la idea fue suya, embarcándose en una insólita polémica con el ex Secretario de Comercio Guillermo Moreno. ¿Cómo puede el Presidente mezclarse en una pelea con Moreno, a esta altura un personaje menor de la historia? No aclares que oscurece dice el dicho y razón no le falta.

Alberto Fernández sabe que cada paso que da Cristina, termina menoscabando su autoridad. Ha sido así en cada una de las pequeñas o grandes batallas que han librado desde que asumió. En esa pulseada invisible la opinión pública está elaborando un veredicto y entuertos como el de Vicentín no hacen más que empujar el barco en una dirección. Hoy la ex presidenta, a través de sus militantes, controla buena parte del estado, incluyendo las áreas que manejan los recursos. Ni siquiera es necesario que hable.

vicentin

El otro rincón al que lleva el tema Vicentín es el ideológico y los antecedentes. El kirchnerismo ya demostró sus credenciales mientras estaba en el poder, y el proyecto de expropiación tiene mucho que ver con eso. Es vano el esfuerzo de decir que se trata de una ocasión especial. Es como el marido que se cansó de engañar a la mujer, porque cada ocasión ‘fue especial’. Al final no le cree nadie. Con esto sucede algo similar. Pero es una cuestión ideológica: el kirchnerismo cree profundamente en la injerencia del estado en la economía y nadie puede sorprenderse. Por eso el doble esfuerzo de Alberto para demostrar que no es lo mismo, aunque haga lo mismo. Conclusión: la credibilidad en descenso.

El último yerro de la medida fue la ocasión. En medio de la negociación con los bonistas, la señal no parece la mejor. No sólo porque el Ministro Guzmán se pasea diciendo que no tiene nada en el bolsillo para pagar, y en este caso el estado se haría cargo de una deuda de 1.300 millones de dólares, sino por el eterno tema de la seguridad jurídica, o inseguridad a esta altura. Igual, convengamos, una mancha más al tigre qué le hace. Después nos preguntamos porque las inversiones productivas van a parar a otros lados y pocas veces eligen la Argentina.

Pero hay una pregunta que sobrevuela desde que se hizo el anuncio el lunes. Nace del más común de los sentidos y se clava como un cuchillo en la lógica ciudadana: ¿porqué los 45 millones de argentinos tenemos que hacernos cargo de la deuda de Vicentín, seguramente nacida del mal manejo de los empresarios? Cuando el estado meta mano para pagarla, nos dejará con menos hospitales, menos sueldos para médicos y enfermeras, menos escuelas y sueldos para maestros y maestras. O con menos patrulleros para la policía. La verdad que no parece justo. Aunque los argentinos ya nos acostumbramos a convivir con un mar de injusticias.

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