“Preparemos a nuestros hijos y alumnos para no tener miedo a la vida”
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Invitado por la comunidad educativa del Instituto 'Sagrado Corazón', el jesuita cordobés Ángel Rossi exhortó a padres y educadores a recuperar la alegría en su tarea y a comunicar esperanza al corazón de niños y jóvenes. Marcelo Lorenzo ¿Cómo educar en tiempos donde reina el desbarajuste cultural y social, donde campea la crisis de valores y crece la sensación de que todo se hunde a nuestro alrededor?¿Cómo educar cuando el desconcierto llegó a las familias y a la escuela, de suerte que a padres y maestros les resulta cada vez más difícil tratar con sus hijos y alumnos, seres que parecen ser refractarios a toda enseñanza y presas fáciles del mercado?Para el presbítero Ángel Rossi hay tres reacciones posibles. Una es el "desaliento", que surge de un acto de rendición ante lo que se considera irrevocable, y que se expresa en un sentimiento de impotencia, de agobio y de desazón.La otra reacción es replegarse ante la adversidad, crearse una "isla cultura y social", un lugar selecto donde confluyen todos los que piensan como nosotros, en un intento por "salvarse" del naufragio global.Es la tentación del "gueto", como reacción defensiva, ante las situaciones desbordantes. Como si cada uno pudiese "construirse una situación personal", o amurallarse con los del "mismo palo", prescindiendo de lo que ocurre "afuera".Pero la reacción deseable es encarar con "coraje" y "alegría" el desafío de educar a los más jóvenes, no cayendo en el derrotismo estéril ni en la ilusión de seguridad que ofrece la secta."Preparemos a nuestros hijos y alumnos para no tener miedo a la vida", exhortó señalando que padres y maestros deben ser faros de esperanza y alegría en medio de una cultura descreída, que no ofrece razones para vivir, y donde cunde el pesimismo.Eso expuso el presbítero Ángel Rossi, durante la charla que dio en la capilla 'Sagrado Corazón', el miércoles 24 de septiembre pasado, invitado por esa comunidad, a la que asistieron padres y educadores.Rossi reside en la sede que la Compañía de Jesús (jesuitas) tiene en Córdoba, desde donde lleva una intensa actividad como predicador y como intelectual.Dedicado especialmente a la educación, ha escrito numerosas publicaciones en este esfera, como "Educar es difícil, posible y bello", "Semillas de cielo y tierra", "Pequeños gestos con gran amor", "Educar: un desafío entre eficiencia y amor", entre otros. LA ALEGRÍA ES LA CLAVE"El pesimismo es el cáncer del alma y muchos docentes y a veces muchos papás y muchos curas nos volvemos vendedores de pesimismo", diagnóstico el disertante."Trasmitimos a los hijos, a los alumnos, a nuestro pueblo, un futuro sombrío. Donde parecería que todo es difícil, peligroso. Nos volvemos, hablando en criollo, 'viejos vizcacha'. Nos volvemos profetas de calamidades", destacó.Pero de esta manera la escuela, la familia y la iglesia, se convierten en voceros de una cultura del "miedo a la vida", condenando a niños y jóvenes a la desesperanza y a la ausencia de objetivos, razonó.En este contexto el educador pierde "el fuego y la pasión" por enseñar, sin capacidad para encender ideales en el corazón de sus discípulos. "Y cuando se pierde la pasión de educar la palabra se convierte en una simple distribución de conceptos y deja de ser anuncio o enseñanza gozosa", refirió.Rossi dijo que hay dos maneras de "pararse ante la vida", una desde la amargura y otra desde el agradecimiento y la alegría, aspecto que los hijos y alumnos captan fácilmente en los adultos, toda vez que las personas "trasladan afuera lo que llevan adentro".El maestro amargado -que está de alguna manera peleado con la vida- traiciona su vocación, porque educar es creer en las personas y en valores capaces de elevarlas por encima de la mediocridad.Está ganado, según el jesuita, por la "tristeza", que es el "peor de los pecados". Llegado el caso "podrá dar ciencia pero no sabiduría", podrá atiborrar de conocimientos a sus alumnos, pero no educarlos en la bondad y la belleza.Pero está el educador que concibe su tarea desde el gozo, para quien la alegría no es un "plus", un valor añadido, sino "una parte esencial de su mensaje", como algo constitutivo.Al respecto Rossi evocó la poesía de Leopoldo Marechal, quien en su "Didáctica de la Alegría", llama a "desertar" de la tristeza, visualizada por el poeta como el "juego más triste del diablo"."Si la Tristeza es ya tu inquilina amorosa, échala de tu casa (...) Y que se vaya, en fin, a pisar hojas muertas o a tocar los llorosos violines del hastío", refiere Marechal.Y añade: "Y una vez expulsada la Tristeza, cuídate de los Tristes: ellos no ven la luz", y si por desdicha uno de ellos visita tu casa "espera dignamente a que se marche".Tras lo cual "buscarás en seguida la casa de un Alegre, pues en verdad te digo que vale más la rota pantufla de un Alegre que la sandalia nueva de los Tristes".Rossi sostuvo que un padre o un educador cristianos no pueden caer en la tristeza, producto de la pérdida de toda esperanza, y esto porque "seguimos a Cristo Resucitado, y con esto basta y sobra". CONOCER AL ALUMNOLos padres, los maestros, y los formadores tienen que implicarse de tal manera en la educación que deben llegar a conocer profundamente a sus hijos o alumnos. "No hay otra forma de educar que personalizar", subrayó el jesuita."La gente, entre comillas, no existe en estos ámbitos. Existen personas con nombre y apellido, con un rostro, con un corazón, una edad, un ideal. Ya Mafalda, genialmente, se preguntaba si 'no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas'", reflexionó.Rossi comparó en este punto a los "buenos maestros" de los "maestros fascinantes". Los primeros, dijo, "tienen una buena cultura académica y transmiten con seguridad y elocuencia las informaciones".Los segundos, en cambio, sobrepasan esas metas, son amados por sus alumnos por las lecciones de vida que inculcan, y sobre todo porque responden a sus expectativas más profundas, algo que sólo se consigue conociéndolos, conectando con sus necesidades.La escuela debe ser un lugar donde las personas cuenten, una trinchera contra el "proceso de masificación y anonadamiento", un escudo contra la deshumanización en boga, sostuvo el disertante.Siguiendo al pedagogo Elio Aprile, autor del libro "La Flecha en la Huerta", señaló que es un error garrafal suplantar al maestro por la computadora. "No magnifiquemos el tema de las nuevas tecnologías. No remplacemos a la sabiduría por la máquina", apuntó."La escuela -remarcó- debe transferir humanidad. Valores que solo se trasmiten de corazón a corazón. Hay un contacto humano imprescindible que justifica el aula. Sin esa empatía, sin esa calidad de alma abierta a la entrega fracasa la educación".El sacerdote insistió en que la escuela debe enseñar valores que justifiquen los conocimientos que trasmite, no poniendo los medios tecnológicos como fines. "El sueño de los tecnócratas es que la computadora reemplace al maestro. Pero ese sueño es la pesadilla de la humanidad", sostuvo.Y añadió: "Si la escuela no se convierte en una fragua donde se forjan los valores que hacen a los seres humanos más humanos, quedará de espaldas al hombre, y se volverá una institución prescindible, olvidable, una víctima más de la tecnología sin alma".Rossi sostuvo que los educadores deben volver la vista a los hijos y alumnos. "Mirar a los ojos es una urgencia pedagógica", sostuvo al advertir que "podemos tener aulas inteligentes llenas de netbooks pero sin rostros abiertos". ¿PARA QUÉ LA EXCELENCIA?La "excelencia" aparece como el ideal educativo en muchos discursos pedagógicos. Pero Rossi discute este concepto, señalando que una cosa es entrenar el cerebro y otra formar una persona."Cuando a la excelencia se le da dimensión de fin, se corre el riesgo de producir seres 'macrocefálicos intelectuales y pigmeos de corazón', como dice el Papa Francisco", advirtió.Al respecto, aclaró que la educación nazi también buscó la excelencia: produjo los mejores ingenieros y técnicos de Europa. Pero luego Alemania los puso a elaborar armas mortíferas y a gestionar los campos de concentración."La excelencia en sí misma no tiene dignidad. La dignidad la da su uso, que se corresponde con una finalidad que la trasciende. Las 'mentes brillantes', como se ha visto en la historia, pueden causar miseria y guerras. Aquí la excelencia no se ha unido a la bondad, sino a la crueldad", explicó.Al respecto Rossi sostuvo que la sabiduría es una forma de saber superior a la ciencia, toda vez que trata de enseñar a vivir y alumbra el sentido de las cosas, orientando el uso de los instrumentos que crea el pensamiento científico.
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