Qué lo decide ir y sufragar al votante de nuestro país
¿Qué nos decide a votar?, ¿acaso es el mensaje de los candidatos?, ¿será la imagen que cada uno de ellos proyecta?, O, mejor, ¿será la calidad del mensaje, la propiedad de la imagen y la interpretación de ello que hacemos en nuestro interior?Por Juan Carlos RodríguezOpiniónParticularmente me inclino por la mezcla última, que si bien varía en sus porcentajes, nos demuestra acabadamente el nivel de ánimo con que vamos a las elecciones de octubre.Nadie en público anima las expectativas de la oposición porque sabe de antemano que las primarias nos revelan que entrar en ese terreno es casi un suicidio. Además, así lo entiende la oposición misma cuando dice que va a "dar pelea", o indica "no somos simplemente la oposición, somos parte del debate".O enfatiza "no hay ningún pacto nuevo", etc. O sea, todo el marco político opositor se centra en una única visión: intentar ser el segundo.Entre unos y otros estamos nosotros, los votantes. La presidenta y su avasallante imagen de un lado, contra la oposición rasgándose las vestiduras por el otro, con cada compra de calzado, con cada inauguración vía satélite, y con cada llamado judicial extravagante, por ejemplo a periodistas. Pero, nada más, eso es todo.Volvemos a nosotros, y mirando el panorama nos preguntamos como al inicio ¿qué va a decidirnos finalmente a votar?, intuyo que ha de ser las ganas que desarrollemos internamente, fogoneada por la publicidad de campaña -cada vez más fantástica- y determinada irrecurriblemente el mismo día de la elección al mismo momento de tomar la boleta, es decir lo que nos venga allí en ganas.¿Está bien que el determinante sean nuestras ganas?, ¿no sería mejor que estuviera dirigido por la experiencia de la idea sobre la decisión concienzuda?, o acaso ¿no sería mejor que pudiéramos dejar que la disposición interna del pensamiento venciera las ganas que es simplemente un estado de ánimo?. Me temo, que eso no será posible.Se repite -menos alguna circunstancia- el escenario del '95, cuando la ciudadanía decidió votar nuevamente a Menem.En aquella oportunidad, primaron las estadísticas de una vapuleada clase media que atormentaba al resto con la posibilidad del crédito casi-blando, casi-pagable y el reconocimiento al "crecimiento", el que nadie por cierto entendía.Claro que endilgarle a la clase media el destino de la elección es creo, demasiado simplista. Hubieron otros aspectos tales como: una oposición devastada en sus ideas, desnutrida de dirigentes e incapaz en sus acciones, además de algunas "traiciones evidentes" y "vendidas siniestras". Convengamos que fue una época en que esa actividad estuvo en boga.Aunque el parecido con el contexto actual sea al menos para tener presente, cambia ostensiblemente el hecho de la apertura de posibilidades eleccionarias. Eso debería llevarnos a pensar que ante un abanico mayor electivo, nosotros como electores nos veríamos de algún modo beneficiados, por eso de "en la variedad...", sin embargo dudo que les otorgue a la mayoría la pauta para una elección que ya en cierto grado está decidida.Lo cierto es que no tenemos ganas de votar, no tenemos ganas de ponernos a elegir -que no es lo mismo- y sobre todo, no tenemos ganas de probar. "Más vale malo conocido...", si el suena familiar, en gran parte es la razón que aducimos al momento de pensar el voto.No nos da ganas el hecho de la desconfianza permanente por los políticos, la molestia que causa el hecho de elegir, y la falta de incentivo cívico que nos supieron enseñar. Parece que lo que falta es mayor que aquello que pudiéramos conseguir, y en esa dicotomía nosotros nos volvemos presos de lo que ese día nos venga en gana. Trágico final para una decisión trascendental, pero así están las cosas.Si esto parece una negatividad evidente, no se equivoque, es apenas la visión que tengo de una cuestión que percibo, y que no viene a negativizar ningún mensaje. Yo creo en nosotros, deberíamos incrementar esta creencia, decidir es lo mejor que puede pasarnos.
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