Rugby, Nueva Zelanda se consagró campeón mundial
Los "All Blacks" se consagrron campeones mundiales, tras vencer a Francii en la final del mundial de Nueva Zelanda por un apretado 8 a 7. Segundo título de los de Oceania. El primero, también fue en su país. Hace 24 años en el inicio de la era de los mundiales del rugby con un resultado más cómodo de 29 a 7.
Nueva Zelanda derrotó por 8-7 a Francia en el estadio Eden Park de Auckland y se consagró campeón mundial de rugby por segunda vez en su historial, luego de la gesta conseguida en 1987 también en condición de organizador. El gran favorito dejó de lado su tradicional brillo y debió sufrir hasta el final contra los galos, que perdieron su tercer final ecuménica. La final tomó calor antes del arranque del juego con una situación inédita. Cuando los All Blacks realizaban su clásico haka guerrero, los franceses enlazaron sus brazos y dieron un par de pasos en el campo contrario en un claro gesto desafiante. La actitud ambiciosa gala se mantuvo en los primeros 10 minutos, aunque faltó claridad para herir a la defensa. Francia asumió la iniciativa con el uso recurrente del pie y procuró no caer en situaciones defensivas. Sin embargo, Nueva Zelanda no pasó sobresaltos y tuvo las situaciones más importantes. La primera acción de riesgo llegó a los 5, cuando Piri Weepu dilapidó un penal. Y a los 14 llegó el golpe: patada precisa de Weepu, line out ganado por los All Blacks en campo rival y filtración del pilar Tony Woodcock para apoyar el try (no convertido por el medio scrum). El duelo mantuvo su temática hasta el final del periodo inicial. La particularidad fue que ambos perdieron a sus aperturas. Morgan Parra dejó la cancha a los 22, mientras que los locales debieron reemplazar a Aaron Cruden a los 33. El marcador no se movió por la falta de eficacia de Weepu (penal desviado a los 25) y Francois Trinh-Duc (no acertó un drop a los 35). Fue digno el esfuerzo francés para disimular la superioridad neocelandesa, en un partido equilibrado y sin demasiadas luces ofensivas. La diferencia se amplió a los cuatro minutos del segundo tiempo, después de un penal concretado por el ingresado Stephen Donald. Antes, había fallado una chance el francés Dimitri Yachvili. El 8-0 esparcía alivio para los locales en el Eden Park. Sin embargo, la parsimonia se disipó a los 6 con un giro inesperado. Francia llegó al try por intermedio de Thierry Dusautoir, en una jugada generada por la inteligencia de Aurelien Rougerie y una falla grosera de Weepu (fue sustituido luego del error). La conversión de Yachvili dejó un 8-7 emocionante en el resultado. La incógnita radicaba en lo que podía pasar luego del try sorpresivo. ¿Reaccionarían los anfitriones por el temor a perderlo todo o se potenciarían los galos, convidados de piedra en la final? La respuesta quedó bien clara: Francia se apoderó del juego con más amor propio que ideas y empujó al favorito hacia su campo. En el estadio sólo se escuchaban los gritos visitantes, en claro contraste con la palidez rival. A los últimos 25 minutos les sobraron tantas imprecisiones como emociones. La presión francesa quemó todas sus energías y mantuvo el suspenso hasta el último pitazo del árbitro. Lejos de florearse como lo habían soñado, los All Blacks ganaron la final que esperaron durante 24 años y se desahogaron con ganas. Atrás quedaron varias frustraciones y fantasmas que les impidieron saborear la gloria en las últimas ediciones del Mundial. En una final técnicamente opaca, Nueva Zelanda se impuso por la mínima diferencia y disfrutó de su fiesta.
Nueva Zelanda derrotó por 8-7 a Francia en el estadio Eden Park de Auckland y se consagró campeón mundial de rugby por segunda vez en su historial, luego de la gesta conseguida en 1987 también en condición de organizador. El gran favorito dejó de lado su tradicional brillo y debió sufrir hasta el final contra los galos, que perdieron su tercer final ecuménica. La final tomó calor antes del arranque del juego con una situación inédita. Cuando los All Blacks realizaban su clásico haka guerrero, los franceses enlazaron sus brazos y dieron un par de pasos en el campo contrario en un claro gesto desafiante. La actitud ambiciosa gala se mantuvo en los primeros 10 minutos, aunque faltó claridad para herir a la defensa. Francia asumió la iniciativa con el uso recurrente del pie y procuró no caer en situaciones defensivas. Sin embargo, Nueva Zelanda no pasó sobresaltos y tuvo las situaciones más importantes. La primera acción de riesgo llegó a los 5, cuando Piri Weepu dilapidó un penal. Y a los 14 llegó el golpe: patada precisa de Weepu, line out ganado por los All Blacks en campo rival y filtración del pilar Tony Woodcock para apoyar el try (no convertido por el medio scrum). El duelo mantuvo su temática hasta el final del periodo inicial. La particularidad fue que ambos perdieron a sus aperturas. Morgan Parra dejó la cancha a los 22, mientras que los locales debieron reemplazar a Aaron Cruden a los 33. El marcador no se movió por la falta de eficacia de Weepu (penal desviado a los 25) y Francois Trinh-Duc (no acertó un drop a los 35). Fue digno el esfuerzo francés para disimular la superioridad neocelandesa, en un partido equilibrado y sin demasiadas luces ofensivas. La diferencia se amplió a los cuatro minutos del segundo tiempo, después de un penal concretado por el ingresado Stephen Donald. Antes, había fallado una chance el francés Dimitri Yachvili. El 8-0 esparcía alivio para los locales en el Eden Park. Sin embargo, la parsimonia se disipó a los 6 con un giro inesperado. Francia llegó al try por intermedio de Thierry Dusautoir, en una jugada generada por la inteligencia de Aurelien Rougerie y una falla grosera de Weepu (fue sustituido luego del error). La conversión de Yachvili dejó un 8-7 emocionante en el resultado. La incógnita radicaba en lo que podía pasar luego del try sorpresivo. ¿Reaccionarían los anfitriones por el temor a perderlo todo o se potenciarían los galos, convidados de piedra en la final? La respuesta quedó bien clara: Francia se apoderó del juego con más amor propio que ideas y empujó al favorito hacia su campo. En el estadio sólo se escuchaban los gritos visitantes, en claro contraste con la palidez rival. A los últimos 25 minutos les sobraron tantas imprecisiones como emociones. La presión francesa quemó todas sus energías y mantuvo el suspenso hasta el último pitazo del árbitro. Lejos de florearse como lo habían soñado, los All Blacks ganaron la final que esperaron durante 24 años y se desahogaron con ganas. Atrás quedaron varias frustraciones y fantasmas que les impidieron saborear la gloria en las últimas ediciones del Mundial. En una final técnicamente opaca, Nueva Zelanda se impuso por la mínima diferencia y disfrutó de su fiesta.
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