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Septiembre, mes de motines: muerte y toma de rehenes en la historia de la UP2

A finales de la década del 80 y a principios de las del 90 se registraron dos motines en la vieja cárcel de la ciudad. La primera en 1987 arrojó como saldo un muerto, varios heridos y daños de importancia en las instalaciones de la Unidad. En la segunda, si bien no se registraron heridos tres agentes fueron tomados como rehenes a punta de faca y amenazados de muerte.

Fabián Miró

La Unidad Penal Nº 2 tiene un largo historial de motines, intentos de fuga, huelgas de hambres, toma de rehenes. Comenzó a funcionar como Penitenciaría en el año 1860 en las afueras de la ciudad, alejada del casco céntrico.

Con el correr del tiempo la cárcel de máxima seguridad quedó en el medio de la barriada de Pueblo Nuevo, que supo ser testigo de incidentes de extrema gravedad.

Uno de ellos el motín del año 1987. A las nueve de la noche del 29 de septiembre un intento de fuga, abortado por el personal penitenciario, inició una revuelta que terminó en motín en los dos penales en los que se dividía la cárcel. El Uno en el que estaban alojados los internos de mejor conducta y el Dos donde cumplían condena los presos más duros sobre calle Perón.

Estos, los de máxima peligrosidad iniciaron el intento de fuga- arrancaron la reja y atacaron a los del 1, quienes se plegaron al motín. El intento de fuga fue abortado por los guardiacárceles que se encontraban apostados en los muros y por la guardia interna que se encontraba cumpliendo con su turno. Cabe destacar que los disturbios comenzaron en horario nocturno, cuando la guardia es la esencial.

Los disparos el tableteo de las pistolas ametralladoras mantuvieron en velo a la barriada de Pueblo Nuevo, Munilla, zona del Molino y Avenida del Valle. El temor hizo presa en los vecinos, quienes temían que algún fugado terminara en sus casas.

La magnitud de evento motivó a que la Policía se hiciera presente en el lugar montando un perímetro, junto a efectivos de Prefectura y Gendarmería que llegaron en apoyo. Como suele suceder en cada motín o disturbio, internos de uno y otro pabellón aprovechan para saldar cuentas. El del 87 no fue la excepción. A las 23.30 se retiró a un preso que había sido agredido y revestía un estado de gravedad, por las heridas recibidas, a las que no pudo sobrevivir falleciendo a las tres de la mañana en el Hospital Centenario.

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El motín de 1987 dejó un saldo de un muerto, varios heridos e importantes destrozos en la UP2.
El motín de 1987 dejó un saldo de un muerto, varios heridos e importantes destrozos en la UP2.

A las dos de la mañana, el motín fue totalmente sofocado, con el saldo de una persona muerta, varios heridos y las instalaciones destrozadas. No quedó un solo colchón sano, debido a que todos fueron prendidos fuego.

En primera persona

Enrique Humberto Magallán revestía el grado de Sargento en aquella noche sangrienta. Retirado hace unos cuantos años del Servicio, entrevistado por ElDía en su domicilio, recordó que “los internos comenzaron a quemar colchones, luego de una jornada en la que se habían observado algunos movimientos extraños. Yo estaba como encargado de los celadores y cuando me di cuenta que la situación era grave hice salir a Castro, Baigorría y Churruarín. Luego salí por un túnel que da a un sector de aislamiento en donde se aloja a los internos de mala conducta y desde allí a la guardia”.

Dijo que salió a tiempo, “porque si me encontraban en el sector donde estamos los celadores me matan, inclusive unos pantalones que yo me había cambiado por la lluvia, los prendieron fuego en el mástil”. Recordó que “en aquel entonces los internos de un piso no podían, subir o bajar al otro. Uno de los reclamos de los internos era de que lo trasladaran a otra unidad porque la de Gualeguaychú, cárcel de máxima seguridad, era muy estricta”.

El ex suboficial del Servicio Penitenciario, indicó que “muchos presos de Buenos Aires estaban cumpliendo con su condena en la UP2 en un régimen muy riguroso, donde no se podía escuchar música a un volumen muy alto y un interno del Penal 2 no podía bajar y tener contacto con el del 1”.

“Hay que matar a los milicos”

Si bien no tuvo el grado de violencia, locura y vandalismo que el del 87, en la noche del 11 de septiembre del 91, dos funcionarios que se desempeñaban como celadores fueron tomados como rehenes, a punta de faca, por espacio de 6 horas, tiempo en el cual temieron, en más de una oportunidad por sus vidas.

Al cierre del penal, un grupo de presos tomó la guardia interna, redujo a los celadores e intentó fugarse, cometido que no lograron por el rápido accionar de los guardias en el muro. Tres celadores fueron tomados como rehenes poco después de las nueve de la noche y liberados a las cuatro de la mañana. El penal fue recuperado por el personal del Servicio a las siete de la mañana.

Manuel Carmona, uno de los funcionarios que junto a Oroná y Guidoni cumplían su guardia de celadores, brindó detalles de lo sucedido. “Estaba junto a Guidoni y Oroná en una cárcel que se dividía en dos penales con 83 presos en el Dos y cien en el Uno. Tres celadores para toda la población. Previo a lo que pasó el 11 de septiembre, arribaron a Gualeguaychú dos internos (Sánchez Trotta y Pereyra) de La Plata, quienes compartían una causa con presos locales. Uno de los implicados de Gualeguaychú había salido libre de una causa, pero estaba enganchado en otra y no le daban la libertad. Es así que se comenzó a notar un malestar, tomamos el servicio de guardia a las 6 de la mañana notando un accionar distinto en el interno. Hacemos los controles, notamos que unos candados estaban cortados, novedad que elevamos a la guardia, con la incertidumbre de que podía pasar cualquier cosa en cualquier momento. Llega la noche, se sirve la cena a las 19.30 y se procede a los controles de cierre. Uno a las nueve y otro a las doce de la noche en un clima enrarecido. Los celadores se dividían los penales para cerrar”.

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En esta ocasión, Carmona y Oroná, teniendo en cuenta el ambiente espeso, fueron juntos a cerrar el Penal 1. Cada uno con su correspondiente juego de llaves. En ese momento fue cuando redujeron a los celadores. “Me pusieron una chuza en la zona del abdomen”, cuanta Carmona, agregando que “a Oroná, hombre de gruesa contextura física, le colocan una faca en el cuello”.

“Fue allí cuando nos dijeron ‘el penal está tomado empleado’, jerga que usan los presos para dirigirse al personal penitenciario, y ahora manejamos nosotros. En esos pocos segundos que tenés, tratas de no facilitarle la fuga, soltamos el juego de llaves al piso cayendo desparramadas al mismo, actitud que advirtieron y nos golpearon en el piso, para luego meterse en la celaduría, reduciendo a Guidoni, que era el jefe de celadores”, rememoró.

“Nos ataron y a los garrotazos nos dejaron en celaduría y salieron en fuga al patio. Todavía recuerdo el tropel de presos tratando de escapar. Enseguida comenzaron a sonar disparos ejecutados por la guardia con las Pam-3, el grito de ‘fuga, fuga’ de los centinelas que se encontraban en los muros”, detalló Carmona.

Neutralizado el intento de fuga “los presos regresan al grito de ‘Hay que matar a los milicos’. Uno de ellos llega con una chuza puesta en la punta de un palo, semejando una lanza con la intención de clavarnos. Como estábamos libres de ataduras pateamos la puerta de la celaduría y la chuza se incrustó en la puerta, intercediendo un interno (Lagos) de Concordia, saltando por encima de escritorio para pegarle a Ceballos, el de la faca, diciendo ‘Acá nadie va a matar a un milico, porque si las cosas se hicieron mal, las hicimos mal nosotros, no los empleados’. Sánchez Trotta respondió, generándose una discusión que nos salvó la vida. Nos llevan a una celda, luego de que Lagos le metiera un cachetazo a Ceballos”.

A todo esto, Carmona recordó que “los internos se trenzaron en una pelea feroz que duró un tiempo entre Sánchez Trotta y Lagos. Luego bajaron los presos viejos quienes atenuaron los ánimos y dijeron de usar a los empleados como escudos”.

El final de la revuelta no fue sencillo. “Cuando ingresó el Jefe de la Unidad Penal y funcionarios del poder judicial (doctora Pros Laporte), tuvimos que decir que estábamos bien, ya que teníamos las facas apoyadas en la espalda. Si bien la excusa era que un interno se tenía que ir en libertad, luego de que fracasara la fuga, la intención era la de pegarnos una puñalada a uno de los tres rehenes, ponernos en la reja y que entrara un colectivo por la parte de atrás que da a calle Tala, para que los presos pudieran subirse con nosotros como rehenes y fugarse”, recordó Carmona.

Finalmente los internos liberaron, luego de una nueva reunión con la jueza, a los tres rehenes en la madrugada, pasando por un pasillo del penal, rodeado de internos, con las luces apagadas.

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