Tres historias, tres maneras de ser mamá
Una niña debe convertirse en mujer, cuando a los trece años queda embarazada; una mujer que advierte que su primer hijo tiene síndrome de down y una mamá del corazón que no pudo dar a luz, pero sintió estar embarazada. Tres historias de vida y de amor.Por Mónica Farabello "Ser madre es una bendición", "una circunstancia" o "una elección", según relataron las tres madres que se animaron a abrir las puertas de su casa y contar sus historias. En etapas diferentes de la vida y bajo circunstancias muy diversas, las tres coincidieron en que convertirse en madre es uno de los momentos de felicidad más profundos e indescriptibles de la vida.Tres historias distintas y representativas contadas por sus protagnistas. La maternidad: ese milagro de dar vida. "A los 13 años me enteré que estaba embarazada y tuve mucho miedo"
Constanza Cabello del Campo tuvo más responsabilidades que la de cualquier niña de su edad. A los 19 años, nos recibe en su casa mientras ordena la cocina y cuida de su hija menor, de 2 años."La más grande está en el jardín y mi marido trabajando" cuenta. Prepara el mate y se sienta a compartir su historia."A los ocho años ayudaba a mi mamá en el trueque, en la época de los federales. Cuidaba a mis dos hermanos menores mientras ella salía a trabajar". La infancia de Constanza no fue como la de cualquier niña."A los 13 años me enteré que estaba embarazada, tuve mucho miedo. Por ignorante quedé embarazada tan chica porque no sabía lo que era un preservativo". Inesperadamente, Constanza se preparaba para dar a luz en medio de una difícil situación económica y social.Su novio, también adolescente, no pudo enfrentar la situación por lo que sólo contaba con la ayuda de su mamá. "No le conté nada a mi mamá, pero como actuaba raro, ella se dio cuenta sola y aunque al principio no le gustó mucho, me ayudó un montón" recuerda Constanza."Sinceramente no entendía nada de lo que estaba pasando, pero sabía que era mucha responsabilidad", expresa, mientras acaricia el pelo de Magali, de dos años."Cuando era chica decía que jamás iba a ser madre, no quería saber nada con tener hijos" cuenta entre risas, "pero ahora es lo más hermoso que tengo".Constanza no pudo terminar sus estudios. Hoy trabaja de moza por las noches y sueña con terminar el colegio secundario "aunque tenga que dejar de trabajar". Además, quiere estudiar comercio exterior e idiomas, porque "todos los días quiero progresar por mis hijas, son el sentido de mi vida".Preocupada por el futuro de sus hijas, Constanza, con tan solo 19 años decide qué programas televisivos pueden ver por "el alto contenido erótico que hay en la tele". "Quiero que mis hijas aprendan todo, sin vivir en una burbuja como me pasó a mi, porque después salí a la realidad y me equivoqué mucho", comenta.Su presente es muy distinto a su infancia: con trabajo, casada y con dos hermosas hijas, Constanza apuesta a su familia y "al amor de su vida", su marido. "Me gustaría que mis hijas tengan una vida diferente y que no hagan lo mismo que yo", reflexiona Constanza con Magali en su falda."El instinto materno" la ayudó a superar momentos difíciles. "Yo no estaba preparada para entender si le dolía la panza o porqué lloraba, pero sabía que tenía que alimentarla, hacerla dormir y protegerla. Es instinto de madre, eso te nace". "Mi mamá es la persona que me hace feliz"
Con simpleza, Manuel de 20 años define el sentimiento hacia quien además de darle la vida, vivió y vive por él y por cientos de chicos que como él, nacieron con síndrome de down.En enero de 1991, nació "Manu", el hijo mayor de Daniela Carle y Hugo "Chango" Rodríguez. "Yo quería quedar embarazada, quería ser madre. Al principio fue medio raro porque no había tanta información, ni se detectaba en las ecografías, ahora es maravilloso", relata Daniela, mientras Manu la observa, la escucha, y atiende.Daniela cuenta con naturalidad la historia de su hijo.Sentada en su comedor, mira tele con su hijo y ambos cuentan su historia. "Desde que estaba en la panza era terrible porque yo le pegaba pataditas a mi mamá", dice recordar Manuel. Su mamá se ríe y bromea: "¡y pensar que ahora tenés novia!".Daniela y su marido, comenzaron a reunirse en la Plaza San Martín, junto a Pablo Recchia y su mujer, para hablar sobre los niños con síndrome de down y la necesidad de un espacio para que ellos puedan realizar actividades de estimulación y aprendizaje. Resalta la importancia de la Asociación Santa Rita: "fueron muchos años de trabajo y esfuerzo. Pero yo no soy referente de nada, fuimos muchas las personas que nos esforzamos para que hoy la Asociación sea una realidad", cuenta Daniela con mucha humildad.Además, es mamá de Agustina de 18 años y Felipe de 12. "Tuve suerte que Manu haya sido el primero, porque no tenés con quien comparar, y aunque me daba cuenta que pasaba algo raro, para mi estaba todo bien".Manuel es "adicto a la tele", trabaja con el papá en el taller de alineación y balanceo y asegura que es muy feliz con la vida que tiene: "Hay algo en esta vida que me hace muy feliz, y está dentro de mi casa. Mi mamá es la persona que me hace feliz", asegura Manuel poniéndose serio.La historia de Daniela es la de muchas mamás que se enfrentaron a una maternidad distinta, pero única. "Yo estoy orgullosa de él. Siempre lo manejamos con mucha naturalidad y siempre mirando para adelante", cuenta."El domingo voy a comprar el diario para ver a mi mamá", dice Manu y con un fuerte abrazo, nos despide con una sonrisa en la puerta de su casa. "Cuando decidí adoptar, me sentí embarazada"
Lucrecia Echazarreta es mamá del corazón de tres jóvenes. Recuerda su lucha por convertirse en madre. "No podía quedar embarazada y decidimos adoptar. Fueron muchos años de espera, fue un embarazo de varios años con un trabajo de parto complicado", contó Lucrecia ante la mirada atenta de una de sus hijas, María Elisa de 14 años.Junto a su marido Carlos soñaban con tener cuatro hijos, y hasta habían pensado en los nombres que les pondrían. Se casaron muy jóvenes y se enfrentaron a la realidad de no poder engendrar."Nos anotamos en muchos lugares y así fue que nació mi hija mayor, María de las Nieves" de 19 años. El nombre es "por una promesa que le habíamos hecho a la Virgen de las Nieves de Bariloche"."Nos hicieron una entrevista en el juzgado, a nosotros y a 30 parejas más. Nos avisaron del Juzgado que la nena iba a ser para nosotros y le pusimos María de las Nieves", cuenta Lucrecia con una gran sonrisa en la cara.María de las Nieves era una beba de 2 meses y medio. "Fue una fiesta para todo el mundo porque nosotros deseábamos con tantas ganas ser padres". Después de 7 años de lucha, Lucrecia y Carlos se convirtieron en padres.Luego, debieron esperar cuatro años más, para que llegue a sus vidas, María Elisa. Atravesaron muchas adversidades: "me ofrecieron comprar un bebé. En otra oportunidad, nos avisaron que nos iban a dar un varoncito. Compramos toda la ropita para el bautismo y después nos dijeron que la mamá biológica no lo iba a entregar. Fue una desilusión terrible", cuenta con mucha tristeza."El de María Elisa fue un embarazo de 4 años y lo de Gastón es distinto, porque es un sobrino que decidió que nosotros éramos su familia". Elisa nació en Formosa y a las 24 horas de nacida, ya estaba en brazos de sus papás del corazón, que según cuentan, "los chicos se mimetizan y hasta son parecidos en gestos y en el carácter de nosotros"."La pancita de mamá tenía nana"Los hijos de Lucrecia siempre supieron que son adoptados. "Desde muy chiquitos, antes de dormir yo les contaba un cuentito", cuenta la mamá."En el bosque, una jirafita buscaba tener un papá y una mamá, y del otro lado, había un papá jirafa y una mamá jirafa que querían tener una jirafita. Un día de encontraron en el medio del bosque y vivieron juntos y felices con todos los animalitos".Con esa historia, Lucrecia les enseñó a sus hijos "que ellos eran esa jirafita" y que a pesar de no haberlos tenido en la panza, ella era su mamá del corazón. "La pancita de mamá tenía nana, pero desde que decidí adoptar, me sentí embarazada", explicó Lucrecia, ante la enorme sonrisa de María Elisa, que apoyaba su cabeza en el hombro de papá.
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