Un canto a la gualeguaychuidad
Quien esto escribe no es crítico de arte; menos aún, de géneros musicales. Pero es un gualeguaychuense y sólo como tal se permite expresar su opinión sobre el musical "Estaremos aquí, La fundación" que se estrenó el pasado fin de semana en el Teatro Gualeguaychú.Por Gustavo RivasEspecial para El DíaHace unos años habíamos presenciado en la misma sala, otras magníficas expresiones de ese rubro evocativas del Gualeguaychú de antes, como Melodías de caña papel. Pero ahora había nuevas expectativas, porque el tema a evocar no era simplemente nuestro pasado, sino nuestro propio origen. Y además, en una sala que luce con el esplendor de los inicios casi en su centenario.No vamos ahora a analizar el argumento que es ya conocido, ni relatar todo lo que transcurre en la obra. Simplemente marcar los momentos que mayor impacto emocional nos produjeron. Uno de ellos se dio al comienzo cuando los recién llegados a estas tierras se encuentran con un indio chaná y entablan un sustancioso diálogo: el aborigen canta su mensaje con música autóctona bien nuestra, y los foráneos le contestan con canciones suyas, bien españolas.Luego el contrapunto se fusiona en un canto común representativo de la integración cultural que finalmente se produjo a lo largo de la historia. Pero como la creación en este género teatral es y debe ser libre, aquí la unión se produce en un minuto y culmina con el estallido fervoroso del público: todos nos sumamos, ahí estamos.Otro pasaje que nos emocionó es el de la reacción unánime y valiente de aquellos visitantes devenidos en nuestros primeros pobladores, cuando junto al primer habitante indio desafían y expulsan al heraldo que venía a anunciarles el desalojo de estas tierras. Era el Gualeguaychú de vida tranquila y buen humor que sin embargo, reacciona unánime y enérgico en defensa de lo suyo. Sea su terruño en el origen, o su medio ambiente dos siglos después.Ahí está la semilla de nuestro modo de ser, la que hizo a lo largo del tiempo que muchas cosas que parecían imposibles las consiguiéramos cuando marchamos unidos; he ahí el Gualeguaychú "madre de sus propias obras".Enmarcando toda la secuencia están nuestros vates, que presencian callados todas las escenas y sólo al inicio o al final vierten sus reflexiones: somos también ciudad de poetas.Percibimos también un ingrediente de justicia en el nombre de quien oficiaba en escena como director de aquellos artistas llegados desde tan lejos: "Don Miguel Ángel". Seguramente ninguno de los que peinamos canas dejamos de percibir que el nombre elegido para el personaje, es tal vez un adelanto al homenaje colectivo que todavía le estamos debiendo el Gran Maestro Chacón.Dos tribunales se nos aparecen insinuados en medio de la trama: uno, el de la Inquisición, de la que huían aquellos artistas. El otro: el de Gualeguaychú, por la cantidad de colegas que vimos en escena, incluido al autor, Darío Carraza. Seguramente muchos se habrán sorprendido con algunos de ellos. Nosotros no, porque somos de su ambiente y les conocemos esas habilidades. Pero sí en cambio, descubrimos algunos valores muy jóvenes que descollaron.Otro aspecto valioso lo encontramos al leer en el elenco, la presencia de algunas familias que se han sumado casi completas a este gigantesco emprendimiento artístico, acometido con la generosidad que caracteriza a nuestro pueblo.Si alguien por buscarle la quinta pata al gato, encuentra algún desajuste cronológico o histórico, lamentamos no poder acompañarlo. Porque si este musical se hubiera ceñido rigurosamente a los hechos documentados, hubiera resultado aburridísimo.Pero no era su propósito mostrar como nacimos, sino ofrecernos un espejo en el que todos queríamos vernos y se logró. Claro, a uno le hubiera gustado ver también en las tablas, por ejemplo, al gestor de la fundación de estos pueblos, el Obispo Fray Sebastián Malvar y Pinto. Pero no interesa: está omnipresente allí el principal de los personajes: el modo de ser de los Gualeguaychuenses.Sin que la atención decayera un instante, el espectador se iba preparando para un final anunciado, a toda orquesta. Pero no contaba con la emotiva aparición del coro de niños que se sumó en el cierre. En ellos vimos representadas las jóvenes generaciones, las que animan al carnaval y las carrozas, y a la vez, la unión en el mismo escenario, de las dos puntas de nuestra vida pueblerina: los del origen y los del futuro.La sala entera aplaudiendo de pié esta muestra del arte y generosidad de nuestros conciudadanos, cantando con ellos el estribillo final, simplemente fue signo elocuente de que ese brillante hallazgo también nos une.Si usted es un gualeguaychuense de ley, no se la pierda. Y si es un foráneo que anda de paso, tampoco. Después de verla, querrá quedarse entre nosotros.
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