Un Pacto por la Vida
Ya estamos en Cuaresma. Tiempo de ayunos y abstinencias, de penitencias y sacrificios. Así lo hemos visto tradicionalmente. o
Era tiempo de mirar hacia dentro de nuestra vida y reconocernos pecadores. En resumen: tiempo de conversión. Pero hay que escuchar con atención a la primera lectura de este domingo. Nos relata el pacto que hace Dios con Noé. Ha terminado el diluvio, el desastre total. Dios se arrepiente de su cólera y promete: “el diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que devaste la tierra”.
Este es el pórtico de esta Cuaresma, el pregón inaugural que nos sitúa en pista del camino que tenemos que hacer durante estos cuarenta días de preparación para la celebración de la Pascua, de la muerte y resurrección de Jesús. Porque, ¿qué es la Pascua sino la fiesta de la Vida, del Dios que quiere la Vida y que rompe y destruye las barreras de la muerte?
Pero no hay que adelantar acontecimientos. Quedan cuarenta días y hay todo un camino por delante. Habrá que dar cada paso. Y todos llevarán su esfuerzo y su afán. Con todo, el pórtico nos mantendrá en el camino y en el esfuerzo: Dios no destruye la vida sino que la apoya, defiende y promueve. Dios no quiere nuestra muerte ni nuestra destrucción. Dios no desea que nos hagamos daño sino que seamos felices, que vivamos en plenitud el don de la Vida que nos ha regalado.
El camino no es fácil. El Evangelio nos recuerda que el mismo Jesús anduvo vagando por el desierto. En aquellas soledades, sin distracciones, tuvo sin duda la oportunidad de pensar, de reflexionar, de tomar conciencia de su misión. Sintió la tentación de abandonar. Lo peor no eran las alimañas del desierto sino el saber que luego, más adelante, se iba a quedar sólo y que lo más probable era que su vida no terminase bien. El anuncio del Reino de Dios le iba a llevar todas sus fuerzas, toda su energía, todos sus recursos. Lo que veía que debía ser el sentido de su vida se convertía por ello mismo en la razón de su muerte.
Fernando Torres Pérez
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