Una historia de fascinación, desencanto y esperanza
Su cuerpo es pequeño. Sus manos, que llamaran tanto la atención de Fidel Castro, también agitan el aire desde una frágil pequeñez. Su voz nos habla suave y tan cubana. Pero, casi por oposición, su estatura de convicciones es enorme. Hilda Molina, neurocirujana, famosa disidente con el régimen castrista que gobierna su país hace más de 50 años, conversó con El Día de Gualeguaychú en su actual hogar en Buenos Aires.¿Cómo se inició su relación con el régimen cubano que lideró Fidel Castro?Escuchando su voz. Yo tenía 15 años. Era el 1° de enero de 1959. Aquello que estaba diciendo Fidel Castro a mí me parecía que era el Evangelio con el que me estaban educando, pero que lo iba a convertir en realidad.¿Qué de todo lo que se anunciaba le impresionó tan fuerte?Castro promete una sociedad perfecta en la que cada ser humano tendrá lo que se gane con sus méritos. Involucra a todo el mundo en la construcción de esa sociedad, en la que no va a importar ni la condición social ni la raza, habla de erradicar la pobreza. Yo dije: pues, ha bajado aquí el mensajero de Dios para hacer realidad el Evangelio en el que yo creía. Y eso es lo que hace que lo siga ciegamente.Usted pudo concretar su sueño de crear el Centro de Restauración Neurológica.Cuando regresé a Cuba después de dos años de misión humanitaria en Argelia, África, en 1983 volví tan desencantada que me dije: voy a dedicarme al proyecto de restauración neurológica, tratando de llevar a mi país ese nuevo campo. Voy a vivir dedicada a la medicina, totalmente separada y obviamente fingiendo, incurriendo en lo que incurren miles de cubanos que es ponerme una máscara política para decir que sí, que estoy de acuerdo... Y lo hicimos. Con la ayuda de cientos de científicos del exterior que nos ayudaron a los científicos cubanos.¿A Fidel Castro le interesaba su proyecto?Sí. Cuando se enteró quiso conocer el Centro y mi proyecto de ampliación. Ahí me di cuenta de su inteligencia superior porque en un minuto captó lo que aquello significaba. Él pensaba en la propaganda política y la posibilidad de generar dólares. Yo, en lo que implicaba para los enfermos cubanos. Los dos teníamos motivaciones diferentes.¿Cuándo comenzó su "exilio interior"?El desencanto fue progresivo. Los cubanos somos personas de última categoría en Cuba. Los extranjeros tienen derecho al turismo y a invertir que los cubanos no tenemos. Y cuando me informaron que el Centro de Restauración Neurológica iba a ser para pacientes extranjeros... los cubanos no podían seguir atendiéndose ahí porque Cuba necesitaba los dólares que los extranjeros pagaban. Le dije a Castro que me parecía una inmoralidad transformar el Centro y convertirlo en sólo para extranjeros. En el año 1994 renuncié. Les entregué el carné del partido que es una de las afrentas más grandes que se les puede hacer.Su decisión afectó muchos frentes.Durante 35 años yo había estado, sinceramente o no, identificada con ese sistema, había estado en función de él. Por lo tanto mi deber era frente a ellos. Ni me escapé en un viaje, ni me fui en una balsa, ni me quedé en uno de los tantos viajes al exterior que hice en medio de ese conflicto. Renuncié. Cuando él [Castro] se entera de mi renuncia y que mi hijo [casado con una ciudadana argentina y viviendo en Argentina] no iba a regresar a suelo cubano, dijo "ah... le va a pesar, ella va a quedar sepultada en Cuba y nunca más va a volver a ver a su hijo". A mi madre y a mí nos hicieron la vida muy, muy difícil. Y de pronto me cayeron todos los años en esos 15 años en los que vivimos en Cuba sin adherir al régimen. Se me llenó la vida como de un invierno. Además reflexioné sobre cómo yo me había equivocado, el camino que había torcido, cómo pudo ser mi vida de otra manera. Por eso llevo en el corazón una tristeza tan grande.¿Recuperó la fe en Dios?¡Sí! Regresé a la Iglesia con humildad, con sed de espiritualidad y de la mano de mi madre. Los obispos de mi patria están cumpliendo una maravillosa labor pastoral, social y espiritual. La visita de Juan Pablo II a la isla en 1998 fue algo increíble: todos los cubanos pedíamos libertad en la Plaza de la Revolución frente a un Fidel Castro estoicamente sentado, por conveniencia, en primera fila.¿Qué la motivó a escribir un libro (Mi verdad)?Es un grito de alerta. Para que se sepa lo que un sistema estalinista es capaz de hacer cuando se implanta en un país. Cómo destruye a los seres humanos, tanto a los que les sirven como a los que se le oponen.¿Cómo vivió los agravios que la tuvieron como centro en Córdoba y Buenos Aires?En la Feria del Libro me gritaban "mercenaria de los americanos", "agente de la CIA", "gusana", "apátrida", "traidora", "vete para Miami"... Es el libreto que ya tiene estructurado el gobierno cubano para descalificar a los disidentes. Casi lo esperaba.¿Cuál es su sueño más grande hoy, cómo imagina su futuro?Cuidando a mi madre, viviendo y ejerciendo la medicina en Cuba con los enfermos cubanos pobres, y venir a Argentina con mi madre a ver a mi hijo, a mi nuera, a mis nietos como una abuela común. Cuando volvíamos de conversar con la Dra. Molina, estos cronistas no éramos los mismos. Estábamos conmovidos por esa verdad. Y también porque nuestro país siga brindando garantías de libertad a todos quienes pisen su suelo. Desde las páginas de Mi verdad Hilda Molina repasa su compleja niñez, el Dios de la infancia y la temprana pasión ("casi una obsesión") por la medicina. Después, su encuentro con la Revolución hasta nuestros días, tras haber ocupado importantes roles en la vida cultural, científica y política de su país, incluso como diputada, para terminar en una profunda crisis ideológico-espiritual y convertirse en una perseguida política. (Mi verdad, Grupo Editorial Planeta, 2010) ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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