Una tarde de fútbol, una muerte absurda y 15 años de impunidad
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El homicidio de Marcelo Daniel Melgar se convirtió en la primera y única muerte registrada en la previa de un encuentro deportivo en la ciudad. Entre contradicciones, un sistema judicial ya perimido y la falta de pruebas firmes, el caso continúa sin culpables.
Pasaron 15 años. Un quindenio. Para algunos podrá ser mucho tiempo, mientras que para otros pueda significar mucho más de lo que realmente es. Por esos tiempos, Cristina Fernández aún no había sido reelecta, aunque tenía todo para llevarse la votación por amplio margen. En la ciudad, Emilio Martínez Garbino le hacía frente al por entonces intendente Juan José Bahillo y en la provincia Sergio Urribarri era gobernador. Visto de esta manera, pareciera que no pasó tanto tiempo. Pero en materia judicial es un tiempo prudente como para que una causa sea archivada.
Eran momentos de otro sistema de justicia. Hasta el 2013, lo que sucedía en materia investigativa en la ciudad dependía de la figura del Juez de Instrucción. Parece algo menor, pero es sumamente importante para contar esta historia, porque era una sola persona la encargada de llevar adelante el proceso que posteriormente se dirimía en un juicio en Gualeguay.
Esa misma persona tenía la doble función de garantizar los derechos de un acusado y de acusarlo. Como lo dijo años después uno de los protagonistas de esta historia, Eduardo García Jurado, el Juez de Instrucción tenía un papel esquizofrénico bajo este sistema. Por fortuna todo eso cambió con el advenimiento del actual sistema, donde esa figura ya no existe y son los fiscales los responsables de la investigación de un caso que luego se define en la ciudad y el Juez de Garantías es quien brinda las garantías de un proceso sujeto a derecho.
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El hecho y la tragedia
El domingo 12 de junio de 2011, todavía no había comenzado el partido entre Unión del Suburbio y Sarmiento cuando una pelea en las inmediaciones de la cancha cambió para siempre la historia de Gualeguaychú, porque la muerte de Marcelo Daniel Melgar fue la primera y única muerte hasta el momento que se origina en la previa de un evento deportivo.
Este hombre tenía 42 años. Era simpatizante de Sarmiento, vivía en el barrio San Vicente de Paul, en Avellaneda y Martínez Paiva, y aquella tarde había ido a ver jugar a su equipo. El encuentro, correspondiente a la categoría Ascenso de la Liga Departamental de Fútbol, había sido considerado de alto riesgo y por eso la Policía había dispuesto un operativo especial. Ocho efectivos fueron destinados al lugar: cuatro dentro de la cancha y otros cuatro en las inmediaciones. Pero el despliegue no alcanzó para evitar lo que ocurrió.
Melgar llegó junto a un grupo de hinchas de Sarmiento. Algunas publicaciones de aquellos días hablan de unos 70 hinchas. La cancha de Unión tenía dos accesos y, según los testimonios recogidos posteriormente, el visitante debía ingresar por el sector de Maipú y Etchevehere. Melgar, sin embargo, habría terminado en la vieja entrada ubicada en Ayacucho y Etchevehere, un sector destinado a la parcialidad local. Allí, en medio de una situación que desde el primer momento estuvo atravesada por versiones contradictorias, ocurrió la agresión.
Al principio se habló de una piedra. Fue la primera versión que circuló después del ataque: que Melgar había recibido un objeto contundente en la cabeza durante un enfrentamiento entre hinchas de Unión y Sarmiento. Pero esa hipótesis fue rápidamente descartada por la investigación judicial. El juez de Instrucción N° 1, Eduardo García Jurado, informó que la lesión había sido provocada por un golpe de puño en el ojo izquierdo. El impacto habría hecho caer violentamente al hombre, que al desplomarse sufrió las lesiones que terminarían siendo mortales.
La diferencia no era menor. Porque el caso no parecía haber comenzado con una golpiza planificada ni con un ataque ocurrido en un lugar aislado. Todo había sucedido en cuestión de segundos, entre personas que se movían alrededor de una cancha, en la previa de un partido considerado de riesgo y en medio de un tumulto que, según el propio Juez, terminó dificultando la identificación del agresor.
Melgar cayó al suelo y esa caída fue, finalmente, la que convirtió una tarde de fútbol en una tragedia. El hombre sufrió un traumatismo craneoencefálico, fractura de base de cráneo y fractura de columna cervical. Además, presentaba un hematoma subdural que obligó a una intervención quirúrgica de urgencia. Fue trasladado al Hospital Centenario, aunque no por una ambulancia. Los llamados para solicitar asistencia habían sido realizados, pero la unidad demoraba y finalmente fueron otros hinchas quienes lo llevaron en una camioneta particular.
La escena de aquella tarde quedó marcada por esa demora. Mientras el partido se acercaba a su comienzo, mientras en los alrededores se concentraban hinchas de ambos equipos y mientras la Policía intentaba contener el movimiento de las hinchadas, un hombre de 42 años era llevado de urgencia al hospital después de haber recibido un golpe que, en apariencia, podía haber sido apenas uno más entre los tantos episodios de violencia que suelen quedar perdidos en una multitud.
En este caso, no fue lo que terminó pasando. Melgar ingresó inconsciente y en estado de ebriedad, según informó posteriormente el Juez. Fue derivado rápidamente a Terapia Intensiva. Durante la noche debió ser operado por el hematoma que tenía en el cerebro. Pero la gravedad de las lesiones había dejado poco margen para la esperanza. A las tres de la madrugada se produjo la muerte cerebral. Finalmente, por la tarde del lunes 13 de junio, Melgar murió.
La noticia recorrió Gualeguaychú mientras todavía estaban frescas las imágenes de la tarde anterior. El fútbol, que debía haber sido el motivo de la reunión, había quedado convertido en el escenario de una muerte. Y entonces comenzó otra historia. La del expediente. Un golpe entre cientos de personas. No había las cámaras de seguridad con las que los investigadores pueden encontrar en la actualidad. Todo era a la vieja usanza: preguntando y preguntando. Alguien podía haber visto algo.
La causa quedó caratulada como “lesiones seguidas de muerte” y fue llevada adelante por el Juzgado de Instrucción de García Jurado. La Policía había intervenido durante los incidentes, pero el tumulto había sido demasiado grande para determinar en ese momento quién había golpeado a Melgar. La investigación, sin embargo, no se detuvo.
Durante los primeros días aparecieron testigos. Algunos mantuvieron sus declaraciones; otro modificó lo que había dicho inicialmente. El juez dispuso nuevas testimoniales y una rueda de reconocimiento en la que participaron cinco personas. Y, apenas unos días después de la muerte, la causa tuvo por primera vez un nombre señalado.
Un joven de 26 años, domiciliado en el barrio Zabalet y simpatizante de Unión del Suburbio, fue detenido e indagado como sospechoso de haber agredido a Melgar. El 16 de junio compareció ante el juez. Respondió las preguntas y negó haber golpeado al hincha. En aquel momento todavía persistía una de las primeras versiones del episodio: que Melgar había sido atacado con una piedra. El joven negó precisamente esa acusación. Mientras tanto, la Justicia continuaba tomando declaraciones.
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Durante algunos días, la causa pareció acercarse a una respuesta. Había un detenido. Había testigos. Había una víctima mortal. Y había una escena concreta: la esquina de Ayacucho y Etchevehere, frente a la cancha de Unión del Suburbio.
Pero la investigación comenzó a encontrarse con el problema que había estado presente desde el primer minuto: reconstruir con certeza qué había ocurrido en medio de aquella multitud. La identificación del agresor no resultaba sencilla y el detenido terminó siendo liberado.
A fines de junio, el juez García Jurado dictó la falta de mérito para el joven de 26 años que había sido detenido por la agresión. La resolución no significaba que el caso estuviera cerrado ni que el hecho dejara de investigarse, sino que, en ese momento, no existían elementos suficientes y precisos para sostener un procesamiento.
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El laberinto del expediente y la falta de culpables
El expediente volvió a abrirse hacia un terreno mucho más incierto. Ya no había una persona privada de su libertad a la espera de una definición. Tampoco había una identificación judicialmente consolidada del responsable. Había preguntas que la Justicia intentó responderlas y una de esas respuestas fue reconstruir el hecho.
El juez ordenó volver al escenario de aquella tarde para intentar establecer, con la presencia de testigos y del propio joven que había sido imputado, cómo se había producido la agresión.
La reconstrucción se realizó el 5 de julio de 2011, frente a la cancha de Unión del Suburbio. Durante casi dos horas, entre las 16 y las 18, la esquina de Etchevehere y Ayacucho volvió a convertirse en una escena del crimen. Allí estuvieron el magistrado, la secretaria del juzgado, funcionarios judiciales, personal policial, testigos y el joven que había sido detenido en los primeros días de la investigación.
Alguien hizo de Melgar. Otros representaron a quienes habían estado aquella tarde. Se repitió la escena y los movimientos fueron señalados. Las posiciones fueron reconstruidas. Y hubo un detalle al que se prestó especial atención: dónde estaban los policías cuando ocurrió el incidente y cómo se encontraban distribuidos los integrantes de las dos hinchadas.
Allí, en ese lugar, el joven que había sido imputado volvió a sostener que no había sido quien golpeó a Melgar y provocó su caída. Después de aquella reconstrucción, el expediente debía seguir su curso, pero el tiempo fue pasando y otros crímenes en Gualeguaychú fueron opacando a lo sucedido con Melgar.
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El 1 de julio de 2011, el joven Leonardo Herrera fue encontrado muerto con siete puñaladas, atado de pies y manos y cubierto con una manta en un complejo de cabañas en el Camino de la Costa. Toda la atención periodística y los recursos policiales se volcaron a determinar quiénes habían sido los autores de tremendo crimen. Y al igual que lo sucedido con Melgar, también es un caso impune.
La muerte de Melgar había provocado indignación y bronca entre sus familiares, allegados y simpatizantes de Sarmiento. El reclamo era directo: que quien o quienes hubieran participado de la agresión pagaran por lo que habían hecho.
La familia tuvo incluso que atravesar una escena dolorosa después de la muerte. El cuerpo fue retirado de la morgue y llevado al velatorio dentro de un ataúd que ya estaba cerrado. Sus familiares reclamaron poder verlo. La explicación que circuló fue que las lesiones habían provocado una desfiguración importante.
Era el final brutal de una historia que había comenzado con algo aparentemente cotidiano: un hombre que iba a ver jugar a su equipo. Quince años después, aquella muerte puede parecer lejana. Pero no lo es, porque esa muerte nunca fue esclarecida.

