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Videollamadas: Entre la necesidad y el agotamiento

¿Videollamadas sí o no? ¿Cuánto está bien? ¿Cómo encontrar el equilibrio?

Como mamá y como profesional en esta situación de cuarentena me he preguntado y me han consultado qué pasa con este tipo de comunicación, que en estos tiempos nos es de gran utilidad sobre todo en la escuela u otras instituciones vinculadas al aprendizaje, tanto de saberes teóricos como más prácticos como academias de danzas o deportes.

En general, las videollamadas han permitido que las conversaciones humanas se desarrollen de formas que habrían sido imposibles hace unos años y nos permiten mantener relaciones a larga distancia, conectar el trabajo de forma remota e, incluso ahora, promover cierta sensación de conexión o relación.

Antes que nada, tenemos que saber que no estamos acostumbrados a este tipo de comunicación virtual, que requiere una atención extra de nuestra parte y que nos genera un estrés adicional ya que nos exponemos de forma diferente ante alumnos, maestros, familiares, colegas o amigos. En comparación a una charla cara a cara, una videollamada demanda una mayor atención en las expresiones faciales, el tono de voz y el lenguaje corporal. Todo esto exige un gasto extra de energía, nuestras mentes están conectadas pero nuestros cuerpos están distanciados y por eso nos sentimos agotados después.

A su vez, esta circunstancia, pone en un mismo espacio tres ámbitos que normalmente están separados como la familia, el trabajo y las amistades.

Dentro de las posibilidades de cada hogar, idealmente las reuniones virtuales también deben tener un espacio para que las personas puedan expresarse lo más libremente. Esto nos ayudaría mucho y nos permitiría expresarnos más, aportando a nuestro estado de ánimo, pero sabemos que esta posibilidad no siempre está al alcance de todos, y también comprendemos que de estarlo sigue no siendo lo mismo.

¿Saben que es imposible no comunicar? Sí, es imposible. Nos comunicamos aunque no digamos nada! No es necesario hablar para comunicar, en una comunicación tradicional, atendemos no sólo las palabras, sino también los gestos, posiciones del otro, lo que se llama el lenguaje “no verbal”, y para todos (o la mayoría) de nosotros percibir estas señales y darles un significado es algo natural, y es tan o más importante que lo que escuchamos y hasta a veces más cercana y emocional.

Sin embargo, una videollamada afecta estas capacidades arraigadas y exige prestar una atención constante e intensa a las palabras, sobre todo porque casi siempre vemos la cara y los hombros de una persona, y no tenemos la posibilidad de ver los gestos de las manos u otro tipo de lenguaje corporal. Ello, sumado a que una mala conexión de internet frustra cualquier esperanza de deducir algo a partir de las expresiones faciales mínimas. Y si a esto le añadimos las pantallas con varias personas, nuestra fatiga es mayor, ya que la vista en galería nos obliga a decodificar a tanta gente al mismo tiempo que no se obtiene nada significativo de nadie, ni siquiera de la persona que habla.

Es importante que cada uno desde el rol que nos toca, nos detengamos y podamos evaluar el uso adecuado de las videollamadas. ¿Nos hemos preguntado por qué muchas veces nuestros hijos e incluso nosotros como adultos, no queremos más charlas por Zoom o dispositivos similares? ¿Nos hemos preguntado cuán agotadora y poco motivadora puede ser una charla con personas que no conocemos bien? ¿Sabemos que la primera fuente de estrés nace en la forma de comunicación? ¿Nos hemos preguntado cuándo son realmente necesarias?

No olvidemos que muchas tareas se pueden resolver con otras herramientas como documentos compartidos, las llamadas tradicionales que solo transmiten la voz y por lo tanto no nos dejan tan exhaustos. Si intentamos hacerlo, seguramente empecemos a registrar qué nos generan y qué generan a nuestros hijos (muchas veces es esa sensación de agotamiento sin haber conseguido nada) e intentemos desenmarañar el tsunami de sensaciones que implican. Es hora de tomar las riendas de la salud mental de nuestros hijos, es hora de capacitarnos en la emoción, no solo en la razón. Pronto la pandemia pasará, los chicos volverán a clases y las seños y profes se encargarán de retomar el currículum académico y nivelarlos, pero ahora la salud mental debe ser la prioridad.

Es fundamental que empecemos a aceptar que nuestros hijos no van a incorporar los mismos conocimientos académicos que en momentos normales, que además sabemos que muchas veces no son suficientes para su futuro. Incluso tal vez sea el tiempo -como expresé anteriormente- de priorizar otros tipos de aprendizajes, no solo capacitarnos emocionalmente, sino también en habilidades más practicas –que tanto favorecen la autoestima-, escucharnos más en casa, mejorar la convivencia, conocernos más, aprovechar de la mejor manera estar más tiempo juntos –que no implica estar todos juntos – y aprender más del otro. Estamos en una coyuntura que jamás vivimos. Sin salud mental es mucho más difícil aprender y mucho más aún ser feliz.

(*) Alejandra Leissa es psicóloga y psicopedagoga.

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