Ciudad | Lucas Bentancourt

Violencia y muerte: consecuencias del hacinamiento generado por un Estado ausente

En diciembre se cumplen 30 años de la entrega del barrio Eva Perón, conocido popularmente por la cantidad de viviendas que lo conforman. El asesinato de Lucas Bentancourt volvió a poner el foco en el conglomerado del oeste de la ciudad. El avance de la droga, los asesinatos que marcaron un antes y un después, y el relato de quienes viven en el lugar.

¿Qué hay detrás del inexplicable asesinato de Lucas Bentancourt? ¿Por qué absolutamente todos los que conocían a Genaro Gutiérrez –el único imputado por el hecho– sabían que su triste final lo encontraría muerto o encerrado? ¿Cuántos posibles Genaros crecen en el barrio Eva Perón? ¿Cuántos a sus alrededores? ¿Qué hace el Estado al respecto? ¿Qué ha hecho en los 30 años que tiene el 348?

Estos son apenas algunas de las preguntas que muchos se hicieron después de conocida la trágica noticia del 8 de junio pasado. Lucas Bentancourt era un joven de 33 años, como tantos otros de este lado del mundo. Nacido en una familia de laburantes, fanático del fútbol y trabajador.

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Esa madrugada, cuando volvía de su trabajo, se encontró con la muerte de la manera menos pensada, de sorpresa. Un puntazo le atravesó el pecho y agonizó a los pies de sus padres. El único imputado por el asesinato se llama Genero Gutiérrez y tiene, apenas, 19 años, y una vida marcada por el consumo problemático de drogas.

Hasta acá, un caso policial. Por el que seguramente la Justicia dictará un fallo ejemplar y todo volverá, más o menos, a ser lo que era.

Pero, ¿cómo crecen los niños en los barrios del oeste?, ¿cuántas familias destrozadas por la droga hacen lo que pueden y cómo pueden? ¿Dónde está la raíz de tanta marginalidad y violencia?

En lo que sigue intento abordar algunos de estos interrogantes. Desde la génesis del barrio Eva Perón (348 viviendas), donde nació y creció Genaro Gutiérrez, hasta la visión que hoy tienen los vecinos que vivieron estos largos 30 años en el lugar. Desde aquel día en que Jorge Pedro Busti, en su primer mandato como gobernador, llegó al Gualeguaychú del intendente Manuel Alarcón (PJ) para hacer entrega de las llaves de los departamentos hasta el presente, marcado a fuego por la muerte de Lucas, pero también por el consumo de pasta base, la destrucción del espíritu solidario que alguna vez hubo entre la gente del lugar y el triunfo del sálvese quien pueda.

1989, la génesis

El 348 es el último de los complejos habitacionales construidos en el oeste de la ciudad, a la altura de Parada Nº 5. Antes, el Francisco Ramírez (338), el Arturo Illia (140) y el 62 viviendas. Uno a lado del otro. Casi mil viviendas, todas juntas. “Un proyecto malo arquitectónicamente, que llegó desde Buenos Aires y se copió y se pegó en la Provincia”, apunta el informe redactado por el equipo que conduce la trabajadora Social, Gloria Ferrari, titular del Departamento Social de la Regional Sur del Instituto Autárquico de Planeamiento y Vivienda (IAPV)

Carlos, uno de los vecinos con los que habló ElDía, coloquialmente y a su manera, definió mejor que nadie el plan de viviendas iniciado en 1986 y finalizado tres años después: “es un amontonamiento de pobres”, disparó, resignado.

El barrio se dividió en tres sectores: El Sector I (106 unidades) se adjudicó a la empresa INCONE; el Sector II (124 unidades), a la firma VIDOGAR, y el Sector III (118 unidades) a HORNUS S.A.

Se aplicó la tradicional construcción para las viviendas sociales de bajo costo, de ladrillo hueco y techos de losa. Y se levantaron casas de uno, dos, tres y hasta cuatro dormitorios.

A finales de 1988 se abrió el proceso de adjudicación y se continuó durante buena parte del año siguiente. En abril de 1989 se creó la Regional Sur del IAPV, que en ese momento funcionaba en lo que es actualmente la Casa de la Cultura, sobre 25 de Mayo, y de la cual fue su primer gerente Silvio Baffico.

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Cada familia debía reunir los requisitos exigidos por el Fondo Nacional de la Vivienda (Fonavi). Y los adjudicatarios eran ser seleccionados en base a un sistema de puntaje que contemplaba, entre otras cosas, si la familia pagaba alquiler y la acreditación de ingresos formales.

Al final del gobierno de Ricardo Alfonsín, que debió adelantar el traspaso de poder en una Argentina envuelta en una crisis inflacionaria desconocida hasta entonces, las familias inscriptas fueron 1300. La situación económica y social no daba para más. Los índices de pobreza se disparaban y se empezaba a dar un fenómeno, desconocido hasta entonces, que luego se iba a repetir en cada crisis: los saqueos a supermercados.

En este marco, el IAPV resolvió exceptuar el requisito de tener ingresos acreditables a todas las familias del 348. “No se excluyó a nadie, por bajos que fueran los recursos económicos”, contó Ferrari, quien fue parte del proyecto desde el primer día. Situación que, de alguna manera, explica un rasgo distintivo del barrio y la idiosincrasia conformada con el paso de los años.

En los dos conglomerados habitacionales que precedieron al Eva Perón, sí se había aplicado el sistema de puntaje por acreditación de ingresos. “En el 338 (1984) y en el 140 (1986) tenían prioridad las familias que alquilaban y poseían ingresos formales”, remarca el informe. Lo mismo pasó con el 62 viviendas, un apéndice del Eva Perón, entregado en 1992.

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Casas sin puertas: “me quiero ir del barrio”

Durante los días 26, 27 y 28 de diciembre de 1989 las llaves de las 348 viviendas fueron entregadas. Para ello, el entonces gobernador Jorge Busti llegó a la ciudad. “El sueño de la casa propia” se hacía realidad para muchas familias. Todo era alegría y esperanza.

Se vendieron 320 viviendas –el 90 % se financió a más de 25 años, y hoy muchos siguen pagándola– y se destinó un cupo especial de 28 en forma de comodato para jubilados provinciales y nacionales. Según los registros de la época, su población inicial fue de 1400 personas. Hoy, por lo menos, duplicada.

“Como todo aglomerado de ésta magnitud, los primeros problemas que surgieron fueron los ruidos molestos, ya que el espacio vital con el que cuentan los vecinos de este barrio es muy escaso. Después, empezaron los problemas de filtraciones de humedad por deficiencias en la construcción, los que todavía perduran en la mayoría de las viviendas y, lógicamente, es un punto de conflicto entre vecinos”, contó la trabajadora social.

En esta línea, Rosita, quien llegó al barrio con apenas 19 años y formó su familia allí, recordó que “algunas casas tenían todas las puertas internas y otras tantas tenían sólo una o dos”. Situación que nunca fue reparada por el gobierno de entonces. “Todo quedó así, dependiendo de la posibilidad de cada familia de poner las aberturas que faltaban”, relató quien es, hace muchos años, la cocinara de la Asociación Primeras Madres Cuidadoras, creada en 1996 y única institución de carácter social que logró sostenerse en el tiempo en el barrio. A su guardería, desde donde se hace un trabajo ejemplar, concurren muchos de los chicos de la zona. De hecho, Genaro Gutiérrez fue uno de los tantos pequeños que con apenas dos o tres añitos recibieron el amor de “las Madres”.

Por varias razones, y de manera creciente en los últimos 15 años, muchas familias deciden irse del barrio. Esta situación ubica al 348 entre los primeros lugares en cuanto a la movilidad social entre todos los grupos habitacionales de Gualeguaychú. Y si bien no existe censo actualizado al respecto, se estima que más del 50% de los originales adjudicatarios ya se fueron.

Barrio 348

Crisis, nuevos vecinos, usurpación y droga

Poco tiene que ver hoy el barrio con el entregado hace 30 años. En el medio, a la par de la degradación económica-social-cultural que sufrió Argentina, en el 348 pasó de todo.

“Los años más críticos se dieron entre el 2002 y el 2004, los problemas sociales se agudizaron por el importante crecimiento demográfico, muchas familias vivían hacinadas, sumado a los problemas de convivencia propios de todo vecindario, que terminaron en serios hechos de violencia, los más graves con la pérdida de vidas. Varias viviendas fueron objeto de usurpaciones por personas de Gualeguaychú y de la provincia de Santa Fe. En esos años muchas familias optaron por irse, vendían las viviendas a bajo costo o las permutaban por otras”. El informe del IAPV al que accedió ElDía describe una realidad que los vecinos del lugar tienen bien identificada: “con los santafecinos se metió la droga, los fierros y la prostitución”, relata Pablo, quien era adolescente en ese entonces.

Las esquirlas del estallido de 2001 lastimaban feo en los sectores empobrecidos. Y en el oeste esa época quedó marcada en la memoria de quienes residen allí por un hecho concreto: el arribo de familias provenientes de Santa Fe.

“Era la época de la aparición de la cumbia villera, la llegada de los santafesinos fue apologética para los pibes del barrio que estábamos en una etapa de crecimiento. Ya no existía la contención deportiva de antes, con el atletismo y el fútbol, y entró la delincuencia y la droga”, relata Pachi (38), delante del viejo armario que supo exhibir más de un centenar y trofeos y otras tantas medallas, galardones de las competencias de atletismo de los ‘90.

“Esa primera época fue maravillosa. Éramos un grupo de chicos que empezamos a practicar atletismo en Central, el finado Garay nos venía a buscar en una estanciera y marchábamos. Fue el puntapié para la creación de la Agrupación Atlética Barrio Eva Perón, entre 50 y 70 guríses que corríamos y competíamos en toda la provincia”, recuerda.

“Pienso en eso y se me eriza la piel, fue una época hermosa. Nos alimentábamos bien para correr, entrenábamos hasta dos veces por día y los chicos teníamos un gran sentido de la responsabilidad. Había apoyo y contención, los padres vendían pollos para juntar plata y viajábamos. El deporte fue fundamental en el barrio. Con el tiempo todo se disolvió, pasaron los años y todo se perdió”, nostálgico, lamenta Pachi. Y, ante la pregunta sobre “los años críticos”, responde pausado, triste: “Fue muy fea esa época, yo crecí en esa época, caminé el barrio, sé lo que es. Y, sinceramente, no me gusta recordarla mucho, porque dos amigos míos murieron en esa época. Más allá de que estaban enfermos y hacían cosas que no tenían que hacer, ellos se criaron conmigo. Llegaron a los ocho años al barrio, igual que yo. Íbamos a cazar cuises, a robar naranjas, cosas de gurises”.

Esos dos muertos son símbolo de la violencia que el 348 vivió por entonces: Luis “Lucho” Terreni, asesinado por el gendarme Makarewitz, y Eduardo “Tabaco” Migueles, ultimado a tiros por uno de los santafecinos con quienes convivían entonces. Ambas muertes fueron resultado de peleas que se sucedían casi a diario.

“Después de las muertes, con el tema de la droga, ya estaba todo podrido. Hoy la droga sigue, como en todos lados”, asegura Pachi, con los ojos cargados de lágrimas y resignación. Más consciente que nadie que esa época de oro, su infancia inocente y alegre, había quedado atrás para siempre y ya no volvería más.

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El estigma de ser del barrio

Una vez alguien me dijo que de adolescente cuando conocía a una persona que le gustaba, primero le decía que vivía “a la altura de Parada 5”, y si la cosa prosperaba recién entonces le revelaba el lugar: el 348. La “mala fama” del barrio es algo con lo que deben lidiar quienes viven allí. A esto se refirió Darío Correa, actual presidente de la Comisión Vecinal, un espacio que a lo largo del tiempo sólo en contadas oportunidades ha logrado consolidarse como herramienta de poder ciudadano.

“La estigmatización que sufre el vecino común del barrio y, sobre todo, los jóvenes es grande. El sólo hecho de decir ‘vivo en el 348’ ya es un estigma, un cierra puertas para muchos. Hoy se habla del 348 por un par de personas que han equivocado el camino y han cometido delitos aberrantes. Pero es un barrio de gente laburante, un conglomerado de casas que no están distribuidas de la mejor manera o ediliciamente no están mantenidas, pero es un sector de gente de laburo”, se defiende y ataca el prejuicio construido entre quienes jamás han pisado la zona.

Por otro lado, el hacinamiento que es considerado uno de los principales problemas por cada uno de los entrevistados, también es apuntado por Correa. “A la falta de intimidad se le suma que la construcción no ha sido de buenos materiales, y muchos han agrandado su casa inconsultamente, lo que genera una serie de conflictos vecinales que se van prolongando en el tiempo y agravando”, analiza, sentado en el banco de la plaza Carlos Kirchner, el centro neurálgico de la barriada. Y, enseguida, cuestiona: “muchos vecinos vendieron la casa o la alquilan y viven en otro lugar, cuando ese no era el fin de la vivienda social”.

“El hacinamiento se da por un factor económico, otro laboral y otro cultural –continúa el presidente de la Comisión Vecinal–. Económico, porque los viejos les hacen lugar a los hijos que no pueden pagar un alquiler, la familia se agranda y todos siguen bajo el mismo techo. Laboral, porque cada vez es más difícil que ese hijo tenga un trabajo que le alcance para pagar un alquiler en otro lado. Y cultural, porque existe una matriz que se repite. ¿Qué tienen los pobres? Hijos y perros. Pero a esos hijos hay que darles educación, salud y un futuro el día de mañana. Y muchas veces en estas comunidades, no por desidia sino por la falta de apoyo, de contención o de ser solidarios uno con el otro, eso no ocurre”.

En números:

70%

Es el porcentaje del barrio que cuenta con Boleto de Compraventa; sólo el 30% tiene la escritura de la vivienda

242

Son las viviendas que continúan en cobranza

157

Son los morosos que adeudan más de $1000

$150

Es el menor valor de las cuotas actualmente, aunque en algunos casos llega a los $1000

$3500

Las últimas re-adjudicaciones tienen cuotas más altas, que llegan a los $3500, generalmente son viviendas que se venden desde cero, se tasan y se inicia el pago a 25 años

77

Son las viviendas pagadas por completo

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