Vivir con miedo: el terrible relato de una víctima de violencia de género
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María es una persona de poco más de 40 años, que la mitad de su vida la ha vivido sometida. Continúa bajo las garras de su esposo, el victimario. No se anima a denunciar a la Justicia el padecimiento que atraviesa, pero quiso hacerlo público porque tiene miedo de que le pase algo a ella o a su hijo. "Quiero vivir y poder enamorarme".Carlos RieraLas historias de mujeres que han padecido o padecen violencia de género son similares unas a otras, por estar inmersas en relaciones enfermizas. El victimario somete a la víctima, ejerciendo una violencia física y psicológica, denigrándola y haciéndole creer que sin él su vida no vale nada.Estas crónicas se repiten una y otra vez en todos los medios de comunicación del país, horrorizándose de casos como el de Claudia Schaefer, que denunció infinidad de veces los actos de violencia que vivía a manos de Fernando Farré, el hombre que finalmente la terminó degollando. Todavía falta mucho por hacer desde los organismos estatales, que son los que deberían contener a las víctimas cuando se atreven a denunciar, pero sin embargo se crean áreas municipales para la mujer que hasta el momento no sirven para nada o no dan respuestas inmediatas. Simplemente MaríaSobre el caso de María no vamos a contar ninguna cosa puntual, que le permita a su victimario reconocerla cuando lea estas líneas. El miedo que tiene esta mujer es tan grande que teme recibir una golpiza si su esposo lee ElDía hoy, y además si su esposo es identificado y pierde su trabajo, perderá también su fuente de ingreso, y ella la posibilidad de decirle "ándate".Obviamente, su nombre real no es María, pero su caso podría ser el de cualquier persona que vive un tormento puertas adentro y que el mundo alrededor desconoce e ignora, porque su pareja es un ser encantador. En deuda con él "Los primeros años fue mi salvador, porque me sacó de un ambiente familiar conflictivo y es como que se adueñó de mi, y yo -al sentirme en deuda con él - le rendí pleitesía en todo. Nunca le dije no a nada. Si él quería el cielo, yo se lo bajaba. Si volvía a las 5 o a las 6 de la mañana no se preguntaba nada porque él trabajaba", relató sobre el inicio de su historia, que comenzó en Buenos Aires, pero que al poco tiempo continuó en Gualeguaychú.Cuando quedó embarazada, la situación empezó a cambiar, porque María se sintió con derecho a reclamar sobre sus llegadas en la madrugada y fue ahí donde tuvo el primer episodio de violencia. "Me arrinconó contra la pared y me levantó del cuello, pero yo me eché la culpa porque me dije que había sido yo la que lo había llevado a que se pusiera así y por eso el me agredió", contó.La situación económica de la familia no era la mejor y esto también desencadenaba situaciones violentas, pero como siempre pasaba la que se sentía una desagradecida era María, por recriminarle cosas al "salvador" que la había sacado de la dictadura de su madre. Incluso, sus sentimientos no han cambiado: "Me siento una hija de puta por lo que estoy haciendo (la entrevista), porque él ahora tiene momentos de 'va a estar todo bien', 'estoy trabajando', 'vamos a estar bien', 'te voy a dar todo lo que siempre me pediste', y ahí mi cabeza empieza a dar vueltas". Empecé a estudiar"Después que mi hijo tuvo dos años, me di cuenta que me empezó a anular como mujer. Pasaban semanas, meses de que no me tocaba, y me decía: 'hoy a vos no te toca', y yo tenía 26 años. Entonces me empecé a anular. No había besos, caricias, cuando salíamos a la calle él iba adelante y yo atrás", comentó María, hasta que por fin se dio cuenta que eso no era lo que quería para su vida."Empecé a estudiar y a él se le vino la noche encima. Le modifiqué la vida porque yo andaba en la calle, entonces me decía que lo esperara en tal lado que me pasaba a buscar, que no caminara. Pero Gualeguaychú es muy chico y un día lo crucé y lo veo con otra. La seguí y en una esquina le pregunté y ella me dijo que era su novio. Lo llamo, se viene hasta donde estoy y no me lo negó. Yo le pegué de lo humillada que me sentí, de tantos años de ser una sierva, porque me sentía una sierva en ese momento. Cuando llegamos a casa me pega la primer trompada y yo se la devolví, y cuando me quiero acordar estábamos los dos reventados a palos", agregó llorando al escalofriante relato. Él tiene un armaDefraudada y denigrada por su victimario, que le enrostraba como era de perfecta su otra relación, originaba reacciones en María que terminaban de la peor manera. "Lo primero que hace es pegarme un cachetazo para callarme. Una vez me envolvió con un cable. Otra vez quiso pegarse un tiro porque dijo que no aguantaba más la situación, entonces yo me arrodillé pidiéndole por favor que no lo hiciera y cuando bajó el arma, el tiro salió disparado. Todo esto me llevó a decir no, hasta acá llegué".María pensó que diciéndole que se fuera, él lo iba a hacer, pero no, se equivocó, fue ella la que debió abandonar la casa. "Pero antes de irme me pegó tanto, pero tanto, que me fui con los dos ojos negros reventados, porque él se tiraba arriba mío y me ponía las piernas en los brazos. Me fui con la promesa de volver, pero no volví más. Él no sabía ni donde estaba. Vivía en un cuartito con mi hijo, con un colchón en el piso que arrollábamos a la noche para dormir".No está claro si María quería cambiar de vida o si tenía esperanzas de que su esposo cambiara, porque de una u otra forma seguía aferrada a él, que la llamaba a su teléfono celular y le recriminaba que estaba con otro, continuamente diciéndole que "era una puta". Finalmente, ella regresó porque se dio cuenta que la forma en la que vivía no era digna para su hijo, por lo cual volvió a vivir a la casa donde estaba la persona que abusaba de ella, y es en este punto donde se ve la necesidad inmediata para la creación de casas refugios para víctimas de la violencia de género. Todos igualesLas palabras son siempre las mismas: "todo lo que sos es gracias a mí" o "lo que yo te quiero nadie te va a querer", u otra que también es un clásico: "todo lo que yo te cuido nadie te va a cuidar". Así actúan estos psicópatas, que muestran una doble personalidad: un lobo en la casa, un cordero en la calle.María es profesional, y sin embargo perdió dos trabajos por culpa de este hombre. De uno de ellos, "salía a las 20 y a los dos minutos me sonaba el teléfono para que lo llamara. Tenía que llamarlo inmediatamente e ir hablando todo el viaje por teléfono con él hasta que llegaba a mi casa y le pasaba el teléfono a mi hijo para que él supiera que ya estaba en casa".Se preguntarán cómo hizo esta mujer para aguantar tantos años esta situación, cómo nunca lo denunció, incluso, ella tampoco lo sabe muy bien, pero lo cierto es que cada vez que María intentó terminar la relación, el hombre amenazó con el arma. Con matarse o algo peor, hacerle daño a ella o a su hijo. "Una madrugada llegó borracho a casa y tuvimos una discusión, él manoteó el arma y se acostó con mi hijo y puso el arma en la mesita de luz. Llamé a la Policía, por primera vez, y el policía me dice: '¿qué hizo usted para que reaccione así? Por eso nunca más declaré, ni denuncié nada". ¿Por qué hace pública esta historia?-Tengo miedo de que me pase algo a mí o a mi hijo. Quiero vivir y poder enamorarme. Me di cuenta que no lo necesito para vivir. Yo valgo. Sé que puedo dar más y que alguien me lo va a valorar, y no por una deuda o pagando algo. No quiero pagar más nada. Me cansé de pagar. ¿No lo va a denunciar a la Justicia?-Pasito a paso. Quiero estar fuerte. Hablé con Meyi Carrazza para que me oriente y me aconsejó que no tengo que violentarlo. De a poco lo vamos a ir sacando. No quiero que lo saquen de los pelos y que mi hijo viva otro episodio violento. Sexualmente no estamos juntos, pero no estoy con nadie porque tengo miedo de que venga y me pegue un tiro en la nuca o me encuentre con alguien en la calle y me haga pasar un mal momento.
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