Y ahora, al mercado
El error de diagnóstico parece ser ya un problema crónico de los argentinos. Y como consecuencia, echarle la culpa a quien no la tiene. Ejemplos: los gobiernos que por gastar de más se sobre endeudaban y luego la culpa es de los acreedores.o O, respecto de estos últimos, cargar la tinta sobre quien más barato nos prestaba y como en un espejo, agradecerle a quien nos esquilma con los intereses. Antes nos decían que a la inflación no la ocasionaban los gobiernos por emitir moneda en exceso, sino los comerciantes especuladores. Y ahora, el último grito de la moda: “la crisis es culpa del mercado”.
Esta tesis tiene una ventaja para sus sostenedores: por ser una crisis de orden internacional, cuenta con adherentes en todo el mundo.
Pero este culpable es difícil de individualizar, porque está constituido por millones de oferentes-demandantes de bienes y servicios que, sin saberlo,
todos los días, en cada punto de encuentro, emiten señales que determinan precios, marcan tendencias y asignan recursos con relativa eficiencia.
Suprimir el mercado y reemplazarlo por la planificación centralizada de todo lo que se va a producir o consumir y a qué precio, fue el sueño de algunos teóricos que terminó en un fracaso rotundo. Lo hicieron los regímenes marxistas de Rusia, Europa Oriental y China, país que desde 1978 se reconvirtió gradualmente a la economía de mercado y ahora es la tercera potencia mundial.
Pero el mercado solo tampoco realiza por sí mismo la mejor asignación de recursos: si no hay reglas firmes que aseguren la libre concurrencia y eviten las maniobras monopólicas, tiende a una injusta concentración de riqueza.
Del mismo modo que fracasaron aquellos planificadores, también fallan los países que por la debilidad de sus instituciones, no están en condiciones de garantizar la funcionalidad de sus mercados. Entre ellos, Argentina.
Sin embargo, se insiste en que la causa de esta crisis es el mercado y que éste se acerca a un “fin de la historia”, en palabras de Francis Fukuyama.
“EL MERCADO SOY YO”
Especialmente en nuestro país, muchos celebran por anticipado su fracaso y ya recetan como remedio, una mayor intervención del fisco.
Deberían recordar que acá esta crisis se ve agravada por causas propias preexistentes y algunas diferencias sustanciales: mientras en EEUU la crisis empezó en el sector privado y el gobierno debió acudir en su auxilio, acá es al revés: a nuestra debilidad la causa el fisco con su la pésima intromisión en los mercados. Ahora en emergencia, echa mano a los recursos del sector privado, incautando los fondos de jubilación, propiedad de sus aportantes.
¿Por qué “intromisión”? ¿Acaso el gobierno debe cruzarse de brazos?
No, pero una cosa es controlar la libre competencia bajo el marco de la Ley y la Constitución, interviniendo cuando el equilibrio se altera y muy otra, cuando el gobierno se entromete sin reglas ni garantías y provoca los mismos efectos del elefante en el bazar. Eso lo que ocurre cuando el gobierno de Kirchner cierra o dificulta la exportación de carnes, granos y lácteos, pretendiendo con eso detener la inflación que ellos mismos provocaron. Tal miopía va aún más allá, cuando Guillermo Moreno presiona al mercado de Liniers, como si fuera el culpable del precio final de la carne.
¿Cómo y con qué medios asegura el gobierno el funcionamiento de los mercados? Mediante órganos administrativos y judiciales instituidos y regulados por las leyes. En EEUU, p. ej., tienen la Ley Sherman antimonopolios de 1890 y desde 1914, la Ley Clayton. Por ellas se obligó a un gigante como la Bell Telefhone, a dividirse en ocho empresas independientes; se limitó a Microsoft la imposición del Explorer a los compradores del Windows, tienen a raya a los prestadores de servicios públicos y al consumidor se lo trata como a un rey.
Acá tenemos una legislación similar: las Leyes 22.262 y 25.156 de Defensa de la Competencia, entre otras, pero el consumidor no es “rey” sino “rehén” y la autoridad administrativa consiente la fusión de empresas de cable o telefónicas, creando así monopolios donde nos los había, con muy poco respeto por la Justicia. La conclusión se impone: el mercado sólo funciona en un contexto de legalidad y fortaleza institucional. Esa es nuestra falencia. No el mercado.
EL MERCADO SOY YO
Aportando más a la confusión, hace unos días, la Señora nos ha hecho una interpretación muy particular del mensaje inaugural del Presidente Obama en la parte que éste dijo: “al mercado hay que vigilarlo para que no favorezca sólo a los ricos”. Su cita -deliberadamente fragmentada- no incluyó el concepto de fondo que precedía a esa afirmación: “La cuestión para nosotros tampoco es si el mercado es una fuerza del bien o del mal. Su poder para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival”. Por lo demás, no nos convence mucho la comparación que ella ha hecho del flamante Presidente de EEUU con su marido: Obama jamás pondría trabas a sus productores y menos aún, los insultaría públicamente. Y si un bien aumentara mucho de precio, seguramente alentaría el ingreso de nuevos oferentes con medidas pro mercado y no destruyéndolo.
En cuanto a la salud, en Argentina el Estado también cumple su función al revés: por un lado, a los trabajadores se les dificulta el libre pasaje a otra obra social, convirtiéndolos en cautivos y por el otro, se omite controlar eficientemente la asignación de esos fondos, que son de aporte compulsivo.
Tampoco disponemos de crédito accesible y barato como otros países. Claro, el papel habitual del fisco es secar la plaza, atorándola de títulos públicos, desplazando de ese mercado a la producción y al consumo (crowding out) para luego defaultearlos, instaurar el corralito y después canjearlos a tasas siderales que pagará el que venga.
Mercado y Democracia casi siempre van juntos, salvo excepciones. Y se asimilan en el concepto de Churchill: “es el peor de los sistemas…salvo todos los demás”. Quien se crea con poder para disponer arbitrariamente quien gana y quien pierde, no sólo desprecia el mercado: posiblemente también la Democracia.
Hasta el domingo. Si Dios quiere.
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