Y algunas reflexiones más sobre los años ‘70
Mucha gente no termina de comprender lo que pasaba en los años ´70 (digamos, entre 1970 y 1978) en la vida argentina. Yo tampoco termino de comprenderlo, pero lo intento. Julio Majul Y muchísima gente más, no tiene ni la más pálida idea de todo lo que realmente pasó en aquellos años terribles. Para poder comprender, hay que haber formado parte, desde algún lugar, cualquier lugar, como protagonista de aquella época. De varios temas me está vedado incursionar, por motivos que hacen a mi formación y a mis valores, e incluso a la necesidad de preservar algunas imágenes de gente concreta en sus familiares. De un tema del que puedo hablar, y que me permitirá extenderme sobre reflexiones más amplias, es de los penúltimos días de vida de Lito Raffo en la ciudad de Buenos Aires. Acaso contando anécdotas reales, nimias quizá, pueda lograrse que se terminen algunos mitos. Si consiguiera que solamente uno de los lectores derribara sus errores y preconceptos, y se adentrara en la realidad de aquellos días, esta nota estará justificada. Es que todo lo relativo a la verdad sobre aquel tiempo está sepultado por los mitos y las ideologías, en un sentido marxista de la palabra. Y vayamos a los hechos.EL PERSONAJE Lito Raffo era, en el tercer trimestre del ´76, cuando ocurren estos hechos, un veinteañero, militante convencido de Montoneros, a partir de convicciones religiosas católicas. Como muchos, seguramente la mayoría, de los montoneros de Gualeguaychú, motivado por la movida que animara la Casa de la Juventud católica. Su "nom de guerre" era Víctor, recuerdo. Y su tarea en la organización ("la orga") era de correo; recibía alrededor de cincuenta ejemplares de cada una de las publicaciones de los montos, y su tarea consistía en distribuirlas entre simpatizantes. Hoy parece una zoncera; en aquellos años de plomo, significaba ni más ni menos que arriesgar la vida. Una guerra estaba declarada entre los militares y los guerrilleros. Y las balas no eran de fogueo, precisamente.LOS DORADOS INICIOS Nos conocimos en la casa del pasaje Jenner, cerca de Barracas, donde vivió buena parte de gente de Gualeguaychú en los primeros años ´70. En seguida simpatizamos: nuestros gustos compartidos por la música, el fútbol, la política, nos permitían largas y sinceras charlas. De esos años iniciales pasó algún tiempo; el que estuve en Gualeguaychú, antes de casarme y volver a Buenos Aires a terminar mis estudios. Nos veíamos en sus viajecitos a nuestra ciudad y los míos a rendir exámenes en la Capital. Una de esas amistades a las que no hace mella el tiempo sin verse.UNA CENA DE INCONSCIENTES En el tercer trimestre del ´76 ya terminaba mis estudios, mi papá había comprado un departamentito de un ambiente, y apenas instalados hicimos una cena a la que fue Toto Carrazza con su entonces esposa, y Lito. El transcurso de la cena fue una enorme discusión sobre las posibilidades de triunfo de la guerrilla, el sentido de la guerra abierta, y (grandes inconscientes por cierto) toda clase de disquisiciones sobre esas cuestiones. Olvidamos que estábamos en una planta baja con patio, que nuestra charla era oída por los vecinos, y la época que vivíamos. La mañana siguiente el portero del edificio me cuenta que varios propietarios lo habían interrogado sobre nosotros, sobre todo si éramos montoneros refugiados en el lugar. Obsérvese la paranoia reinante: de una discusión, por momentos durísima, donde el único que defendía la posibilidad de un triunfo militar guerrillero era Lito, se deducía que los ocupantes del departamento éramos montos perseguidos. Lito estaba realmente convenido de que los guerrilleros tenían posibilidades de derrotar a los militares, a partir de una incorporación masiva del "pueblo trabajador" a su causa. Inútil era contarle nuestra experiencia real en Gualeguaychú, donde sobre todo en Suburbio Norte intentábamos con Toto difundir al Partido Intransigente y lo primero que nos preguntaban, en todas las reuniones, siempre, era si éramos o apoyábamos a "los subversivos". Porque si así fuera, mejor irnos sin charlar.Le contábamos la realidad que palpábamos pero era inútil; el pueblo trabajador "debía" apoyar a la guerrilla, no tenía otra opción, y para los militantes populares no había otra opción que la lucha armada: el pode militar, que encarnaba el Mal en estado puro, debía ser aniquilado. No había otro camino. Desde entonces tengo este odio profundo, visceral, por personajes como Firmenich: ocultos en las sombras, sabiendo que la derrota era lo único posible, igual mandaban a la muerte a sus compañeros, mientras negociaban los millones de dólares del secuestro de Jorge Born. Para ellos, claro. Miserables, asesinos, cobardes. Chacales peores que Videla, que aunque sea cuenta con el atenuante del fanatismo ignorante y las bendiciones de parte de la jerarquía católica, entre la cual descollaba por cierto la ominosa sombra de monseñor Tortolo, símbolo de la decadencia espiritual, adorador del oro que acumuló en Paraná. Oro de verdad, no como fantasía simbólica.HUBO GUERRA, SÍ. PERO FUE MASACRE ¿Cómo veía Lito la realidad? Ya se dijo: una guerra abierta entre militares y guerrilleros, en la que éstos tenían chances concretas de ganar. La guerra no fue un invento militar: para ambos bandos, se trataba de eso, de una guerra. Guerra que planearon escrupulosamente, hasta los mínimos detalles, los mandos militares, y en la que cayeron ingenuamente los guerrilleros. Es que la desproporción era terrible: un tigre peleando con un gatito. Y ambos bandos cometieron atrocidades propias de todas las guerras. Ambos bandos asesinaron inocentes, dispararon a mansalva, Pero unos (los guerrilleros) lo usaron como recurso extremo, a menudo último, a menudo inducidos por los infiltrados militares, que no era sólo el asqueroso bastardo Astiz sino muchos como él. Y otros (los militares) usaron el terror, el asesinato de cualquier sospechoso, la horrenda figura de los detenidos desaparecidos, el espanto de las violaciones masivas y reiteradas, la tortura como método diario, la detención y desaparición de ¡recién nacidos!, el robo de todos los bienes materiales de cualquier sospechoso (el botín de guerra, decían), la violencia institucionalizada. La banalización del Mal, diría alguien con alma de filósofa. O sea: sí es cierto que para los participantes hubo una guerra. Pero en realidad, no lo fue: fue una planificada masacre, un auténtico genocidio, donde caía cualquiera por cualquier cosa. Sospechosos de algo, inocentes de todo, del bando guerrillero todos.LITO NUNCA PORTÓ ARMAS. NI SABÍA USARLAS. ¿Por qué dije antes que Lito no era un combatiente, sino un correo? Porque Lito pasó un par de días refugiado en mi departamento, hasta que aceptó que no podíamos poner en riesgo a mi papá, que ni suponía su presencia, ni a mi esposa, que vivía aterrada por el tema. Así que un día me pide por favor que busque las revistas que tenía que distribuir, que tenía escondidas en un ropero de la casa del pasaje Jenner donde nos conociéramos, y de la que desapareciera porque le pareció que ya era vigilado. Así que pusimos proa a Barracas, en horas del mediodía, cuando Lito sabía que no habría nadie. Convinimos toda una serie de señales, horarios fijos, me esperaba a una cuadra y media del pasaje y yo me interné en él. El mismo pasaje de 150 metros de existencia que siempre me pareció una luminosa extensión de Gualeguaychú, ahora se me antojaba un ominoso, estrechísimo y peligroso camino de muerte. Llego a la casa, toco timbre repetidamente (si alguien salía, diría que era un amigo de Gualeguaychú que había vivido años allí y buscaba a Lito) y no contesta nadie. Tenía unos pocos minutos, ya lo sabía, para hacer todo: abrir la puerta desde afuera, sin llave, con un complejo método que habíamos inventado cuando vivía en la casa, precisamente para poder abrir sin llave. Abro, entro silbando por si alguien había, nadie, nada, cuarto de Lito, ropero, doble fondo horriblemente disimulado, saco el medio centenar de revistas, las dejo en su sobre original simulando resmas en blanco, salgo a la calle, media cuadra interminable, llego a la esquina. Otra cuadra, más tranquilo; nadie me seguía. Encuentro a Lito, guarda las revistas en una mochila de estudiante (él lo era, de arquitectura), y rajamos pa´l depto.OTRA TAREA ARRIESGADA Había otro problema que solucionar para Lito, antes de poder sentirme cumplido con él. Había que cobrarle el sueldo en el Banco de Entre Ríos, ya que al huir de Jenner había avisado en el Banco que faltaría unos días, por estudios y exámenes. Lito no confiaba en nadie del Banco, así que me tendría que arreglar solo. Entonces, yo iba mucho a la sección (recién nacida) de computación, por mi estrecha relación con Huguito Chichizola, que me trajo vínculos con algunas autoridades de la sección, que aún viven, por lo que no nombraré. Llego y hacemos un pequeño Consejo de Guerra (nunca mejor llamada la cosa...) con Huguito y dos autoridades del área, uno de ellos el jefe. Éste, finalmente, toma aire y dice "qué diablos, alguna vez hay que jugarse". Sale de la habitación y al rato vuelve, con un sobre grueso repleto de dinero. Al menos, eso me parecía... "Lito renuncia al Banco y le pagan la indemnización más el sueldo", me dice mientras tiende el dinero, "firmame como él acá". Grave problema: nunca supe imitar firmas. Huguito dice "yo tengo idea cómo firma Lito", echa una firma, el jefe ratifica todo con firma y sello, y me rajo. Ese descenso por la escalera (no me animé a usar el ascensor) y esos larguísimos metros hasta la puerta de salida no pasaban nunca. Cuando llegué a la calle estaba hecho sopa de la transpiración, y era un día primaveral maravilloso. Nos encontramos con Lito en la confitería prevista, repleta de gente, a tres cuadras. Le cuento breve y conciso lo pasado, se conmueve mucho por la indemnización inesperada, muestra de solidaridad de su jefe, nos abrazamos, salió él antes como lo convinimos, y su espalda caminando lenta y con la mochila puesta fue lo último que vi de él. Tenía un saco azul, creo.ARRIESGARSE, PORQUE ERA NECESARIO Ustedes se preguntarán qué hacía que un tipo que estaba completamente convencido de la locura guerrillera, como yo, ayudara a un guerrillero, arriesgando seguramente mi libertad y hasta mi vida. Es que en esos días, para muchos, la indiferencia era imposible. El sentido de lealtad, de solidaridad, de amistad, era más fuerte que todo. Estaban presos amigos tan queridos como Emilio, Jaime, Daniel; presos, torturados, agraviados en su dignidad, trasladados de un penal a otro. Jamás olvidaré a don Tito Martínez Garbino, calmándome en su Estudio mientras yo lloraba sin cesar de impotencia y bronca. ¡El padre de los presos me calmaba! Hoy lo pienso y es como un sueño.Ser indiferente era imposible, digo. Además, debía estar en las agendas de muchos detenidos desaparecidos. ¿Cuando en Buenos Aires alguien trataría de detenerme? Todos los días llegaba a la Facultad y desde el teléfono público instalado en la puerta trasera, la única habilitada; teléfono que estaba seguramente intervenido, claro, pero el único, llamaba al Estudio Jurídico de Rafael Marino, una persona maravillosa, un defensor de los derechos humanos impar, o a Oscar Alende, y de última a otros dos abogados que aún viven, y sólo decía "si no llamo de nuevo a la hora tal, búsqueme". Afortunadamente, nunca fue necesario. Pero esto pinta el clima de inseguridad total que reinaba, en Buenos Aires, para quienes no comulgábamos con la dictadura militar.FINAL SIN FINAL Varios meses después, ya en Gualeguaychú, me entero que Lito había sido detenido y desaparecido del lugar donde estaba refugiado, junto a todos los ocupantes. Aún espero saber de su destino final. Si su historia despierta en alguien ganas de saber la verdad desnuda, este esfuerzo de revivir el pasado ominoso valió la pena.
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