A 100 años del Grito de Alcorta: la cosecha de 1912
(...) "Hasta que en noche de sudor y tierra,
sola de toda soledad, vacía,
con delantal de llanto entre los dientes,
diste en un grito el día."(...)
María de Alcorta** de José PedroniParece mentira que la abundantísima cosecha del año 1912 haya traído tantos frutos como los que se generaron a partir de la confluencia de varios factores, entre otros: el trabajo de los hombres, la providencia divina y la opresión de los poderosos sobre los humildes.En la provincia de Santa Fe, la frontera de la colonia agrícola había pasado en casi treinta años, de 2 millones de hectáreas cultivables a más de 20 millones. El trabajo de los gringos europeos, corridos de sus madres patrias por las guerras y la escasez, cuadruplicaron la población santafesina e hicieron de estas extensas praderas casi vírgenes lo que se daría en llamar "el granero del mundo".Cada año pasaba entre penurias, cosechas pobres o malas, y cuando había algo más, la langosta se lo llevaba. Pero el tesón y la fe en Dios de los pioneros hacía que una y otra vez las mieses volvieran a brotar, crecer y madurar.Otro problema no menor aparecía ante la falta de tierras propias: los agricultores se hacían colonos en campos de terratenientes que veían con displicencia —y una cierta alegría— el trabajo de aquellos que tanto daban y no mucho pedían. Cobraban arrendamientos a gusto, con cláusulas leoninas que nadie discutía. Por lo general, el patrón siempre ganaba y el colono siempre perdía.Estos colonos se conformaban con tener de comer él y su familia, por otra parte, numerosa. La sequía, la langosta o el exceso de lluvias justificaban su pobreza y su vida esclava. Mientras tanto dominaban la tierra y la hacían producir cada vez más. Inventaban herramientas o perfeccionaban las que tenían. Humildes y creativos. Laboriosos y tenaces.Esta secuencia parecía una rutina que se repetiría de modo indefinido. Y así fue hasta el año 1912. En esa oportunidad una cosecha exuberante y pródiga hizo crecer hasta el cielo las parvas, reventar de bolsas los galpones y demorar el trabajo de las trilladoras que no daban abasto ante tanta demanda. Todo era alegría y esperanzas renovadas. Había valido la pena esperar. ¡Un día se iba a dar vuelta la taba! Y ese día había llegado.Pero al hacer el recuento final, los dueños de las tierras aumentaron hasta el cielo sus ganancias y los agricultores volvieron a sus casas habiendo podido pagar apenas la libreta del almacén, del pan y de la carne. "Acá pasa algo raro", comentaban. "Algo no anda bien", decían en voz cada vez más fuerte en los boliches del campo, en los galpones, en los patios de las Iglesias. La taba resultó culera.Se empezó a reunir la gente, cada vez en grupos más numerosos y con el ceño cada vez más adusto. "Nos están metiendo la mano en el bolsillo", pensaban y decían a voz en cuello.Los chacareros protestaban pero nadie les hacía caso. Los dueños de la tierra y del negocio le daban poca importancia a la protesta que se anunciaba. Los curas José y Pascual Netri —párrocos de Alcorta y Máximo Paz—, y un hermano de éstos, el Dr. Francisco Netri, le dieron cauce y forma legal a la multitudinaria manifestación popular que reunió en Alcorta a más de dos mil agricultores dirigidos por Francisco Bulzani de Colonia La Adela. El 25 de Junio de aquel año el invierno apretaba con el frío pero no alcanzó a bajar el calor del corazón de aquellos hombres que sabían mucho de trabajo, poco de leyes y que tenían un amor inmenso por la tierra en la que estaban viviendo, y de la que ya no se querían ir.Reclamaban Justicia, en paz y con firmeza. "¡Hasta aquí llegamos! De ahora en más queremos ser escuchados." La palabra "huelga" se empezó a repetir ante la incredulidad de los ricos y poderosos.Uno de los curas terminó en el calabozo. El hermano abogado murió bajo las balas asesinas de algún sicario mandado por los que vieron de pronto amenazados sus privilegios.Poco a poco se fue creando una conciencia de justicia y responsabilidad. Las soluciones fueron llegando con lentitud pero con firmeza. Por sobre la sangre derramada y la cárcel soportada.Ya pasaron 100 años. Y la historia vuelve a repetirse. Con pequeños matices pero con idénticas causas. Es fácil sacarles las ganancias a los trabajadores del campo que están desarmados, que son pacientes, que respetan las leyes, que perdonan...Pero la paciencia tiene un límite. Como la de aquellos abuelos después del cosechón de 1912.¡Gracias, padre Raúl!Dios quiera que sepamos escuchar tantos gritos y reclamos que en nuestra sociedad se alzan pidiendo por mayor justicia social.* Obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
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