A La Tierra ¿ya es muy tarde para salvarla?
El sombrío pronóstico lo acaba de formular el investigador británico James Lovelock: la humanidad ya no puede hacer nada para evitar la catástrofe ecológica. La autodestrucción planetaria, dice, es un proceso irreversible.o
“Es un poco como un superpetrolero. No puedes hacerlo parar a no ser que pares los motores”, aseguró Lovelock, un científico y meteorólogo británico que en 1969 se hizo célebre por sus ideas.
Entonces postuló que el planeta se comporta como si fuese un organismo vivo capaz de autorregularse. A esta hipótesis la llamó Gaia, en honor a la diosa de la tierra como se le conocía en la mitología griega.
El autor de la “Venganza de la Tierra”, una de sus famosas obras en la que afirma que “estamos abusando tanto de ésta que puede rebelarse”, ha declarado por estas horas que la crisis ecológica es imparable.
El cambio climático, asegura, acabará con gran parte de la vida en la Tierra durante el presente siglo y opinó que los intentos humanos por evitar lo peor llegan tarde.
Ni los programas para reducir las emisiones que producen el efecto invernadero ni las campañas para promover el reciclaje y las fuentes de energía, tendrán el resultado esperado, vaticina.
Según Lovelock estas medidas son una pérdida de tiempo. En cambio, ante el ineluctable desbarajuste planetario, propone lo que algunas películas de ficción vienen anticipando: construir refugios para salvar la especie humana.
El investigador inglés, de 89 años, estimó que la población mundial podría caer desde los 7.000 millones a los 1.000 millones de habitantes en el año 2100. ¿La causa? La disputa humana por los escasos recursos humanos.
“Habrá muerte a gran escala por la hambruna y la falta de agua”, precisó Lovelock, quien pronosticó que para 2040 las temperaturas en las ciudades europeas subirán hasta una media de 43 ºC en verano, la misma que en Bagdad en la actualidad.
“No es sólo Europa, el mundo entero cambiará”, alertó y recordó los datos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que en su último informe de 2001 indicó que las temperaturas serán “devastadoramente altas”.
¿Qué pensar, en suma, de este apocalíptico vaticinio sobre el futuro de la vida en la Tierra? ¿Tienen fundamento o es producto de la exageración humana? ¿Cómo calibrarlo en su sentido exacto?
La hipótesis de que ya es demasiado tarde, de que la crisis ecológica llegó a un punto de no retorno, de que la suerte del planeta está echada en términos de destrucción, frente a lo cual el hombre nada puede hacer, es por cierto desestabilizante.
¿Es tolerable esta perspectiva para el hombre, que hasta aquí ha alardeado, no sin suficiencia, de su habilidad adaptativa, de su ingenio para sobrevivir? La visión tenebrosa de Lovelock plantea varios interrogantes antropológicos.
Uno de ellos podría formularse así: el hombre, en su afán de construir poder y riqueza, es inductor del descalabro ecológico. El problema es que éste, en ese afán, ha desatado fuerzas tecno-económicas que ya no controla.
En tanto criatura salida de sus manos, este complejo “civilizatorio” se ha liberado, sigue su propia lógica, independiente de la voluntad humana, y ahora amenaza con destruirlo.
La situación recuerda a Frankenstein, la celebre novela de horror escrita en 1816 por Mary Shelley, en la cual se relata la creación de un monstruo que se vuelve contra su autor.
La moraleja literaria de Shelley hoy interpela a la humanidad en su relación con la Naturaleza: hay límites que el hombre no puede franquear sin exponerse él mismo.
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