¿A quién le importa el trueque parlamentario?
Que los legisladores de la Nación canjeen votos por favores es una práctica que degrada las instituciones. Pero para la sociedad argentina, globalmente considerada, ¿es esto un escándalo?En realidad no haríamos ninguna afirmación temeraria -o impúdica, como se quiera- si dijésemos que mientras la economía avanza y hay dinero, a la mayoría de los argentinos no los conmueve la indecencia política.Hay razones para sospechar que la posibilidad de consumir electrodomésticos importa más que la persistencia de prácticas reñidas con la ética republicana en la cúspide del poder.Los antecedentes avalan lo predicho. En los años '90, en el furor del consumo asociado a la plata dulce, en amplios sectores de la sociedad dominaba el apotegma: "Roban pero hacen".Más allá de los sinsabores de la inflación, la economía atraviesa un período de crecimiento, inducido por condiciones internacionales excepcionales (la santa soja).Los dólares fluyen a raudales al país, hay dinero en la calle, y el movimiento económico es inocultable, es decir, existe una sensación real de cierta bonanza.En este contexto, ¿cómo le cae a la sociedad la denuncia de que en el Congreso, para sacar leyes, haya quienes tienten a otros con favores y prebendas, para que orienten su voto? ¿Y que unos se plieguen al canje y otros se resistan?Por otro lado, ¿conmueve a la conciencia cívica de los argentinos el hecho de que un gobierno quiera imponer un presupuesto ficticio, en el cual subestima ingentes recursos, con el propósito de usarlos luego discrecionalmente?A propósito, el ex ministro Martín Lousteau escribió un artículo, donde dice que esto que está pasando en el Congreso ya ocurrió con la famosa "Banelco" en el gobierno de Fernando de la Rúa.Pero le causa extrañeza la disímil repercusión pública. "En aquella oportunidad, el escándalo hirió de gravedad a sus responsables; hoy, las acusaciones ni siquiera parecen llamarnos demasiado la atención", dice.Sigue la perplejidad de Lousteau: "Como si aquel clamor para que se fueran todos hubiera sido reemplazado por otro que dijera 'como al final se quedaron casi todos, es lógico que también puedan hacer cualquier cosa'".Pero el ex ministro pasa por alto un detalle: si las prácticas parlamentarias entre una y otra época son igualmente repugnantes e inaceptables, el contexto económico dentro del cual se desarrollaron ambas es sustancialmente distinto.La recesión en la época del gobierno de la Alianza había instalado un mal humor social que hacía que cualquier "desliz" de la política se viviera como un fin de régimen.Hoy, en cambio, vivimos una época de fervor consumista, y muchos argentinos están planeando ya sus vacaciones. En semejante cuadro, ¿a quién le interesa la crisis institucional y ética en el Congreso?¿A quién le importa, en otros términos, que la cultura política esté basada en la decencia? Se podría sentar una hipótesis polémica: la corrupción no es algo que desviva a los argentinos; sólo les importa cuando perciben que se vincula directamente con su bolsillo.Entre nosotros, como ocurría en los '90, no se cree que la corrupción pública tenga algo que ver con el bienestar económico. Quizá ayude a reforzar esa creencia el hecho de que el país es "infundible".Por último, digamos que nada de cuanto ocurre en la política nos es ajeno. Las sociedades nunca son inocentes. Lousteau tiene razón cuando dice que "Los argentinos no somos una sociedad de virtuosos cooptada por extraterrestres inescrupulosos que ocuparon el lugar de nuestra dirigencia".
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