Editorial |

A treinta años de la caída del Muro de Berlín

Alemania y toda Europa celebran hoy el 30º aniversario de la caída del Muro de Berlín, un hecho que cambió el curso de la historia mundial.

A los regímenes políticos los instalan las sociedades y son ellas, luego, las que los declaran fenecidos. Al sistema comunista, del cual fue símbolo el Muro de Berlín, le pasó algo semejante.

El 9 de noviembre de 1989, en efecto, los berlineses del Este comenzaron a pasar sin restricciones hacia el otro lado por los controles del muro, símbolo material de un modelo social que, inspirado en Carlos Marx, sedujo a buena parte de la humanidad, bajo la promesa de construir una sociedad igualitaria donde los medios de producción fueran de propiedad colectiva.

El evento supuso el derrumbe de la Unión Soviética y del “socialismo real”, del bloque comunista, aquel que fue antagonista durante más de 70 años del capitalismo occidental.

Se sabe que la “Muralla de protección antifascista”, levantada por el gobierno comunista del lado Este de Berlín, en realidad fue un intento para evitar las fugas hacia el Oeste capitalista.

Días antes de que esa barrera se perforara, cientos de alemanes orientales pedían asilo diario en la embajada de la República Federal de Alemania en Budapest para luego pasar desde allí a Occidente.

Esta presión “popular” revela inequívocamente que tanto los alemanes como los soviéticos y todos los socialistas de la Europa Central sentían –para decirlo en palabras de Mijail Gorbachov- que “el modelo estaba moral y políticamente agotado”.

Es decir, la caída del Muro fue el símbolo de una mutación ideológica al interior del bloque comunista, equivalente a una pérdida de fe en sus posibilidades.

Se verificó así una abjuración social al conjunto de ideas y creencias asumidas entusiastamente en torno a las promesas mesiánicas de la Revolución Bolchevique de 1917.

Hoy mucha gente se asombra de la velocidad y la aparente facilidad con que ocurrieron los cambios tras la caída del Muro. El proceso duró apenas dos años, porque el 26 de diciembre de 1991, se declaró la desaparición formal de la Unión Soviética.

Pero en realidad no se ve que estos eventos venían madurando desde hacía tiempo en la mentalidad de la sociedad comunista, la cual ya no creía en el dogma que profesaban los burócratas soviéticos.

El lingüista e historiador búlgaro Tzvetan Todorov ha explicado como nadie la incidencia del factor ideológico que hubo detrás de este proceso.

En los regímenes comunistas de Europa del Este, sostuvo, “había una serie de protecciones del individuo que, en teoría, debían haberle permitido vivir sin sobresaltos”.

Pero con el tiempo todas estas protecciones estatales se fueron transformando en una especie de sistema de seguridad, similar a las prisiones. “Los presos no se preocupan por saber si tendrán algo para comer”, apunta Todorov.

Pero vivir en prisión –que es adonde conducen los totalitarismos- reduce al mínimo las posibilidades humanas. Al final –reflexionó el historiador- “la ausencia de desafíos individuales, sumado al derrumbe de las estructuras estatales en los últimos años del comunismo, provocó la sensación de agobio en la gente, que condujo, inevitablemente, a la caída del Muro de Berlín”.

La ceguera de los burócratas soviéticos, obsesionados por perpetuarse en el poder y cuyo afán se reducía al control social, les impidió ver los cambios que ocurrían en la sociedad, debajo de ellos.

El poder, finalmente, fue tan discrepante con el deseo de la población, con su forma de pensar, que de hecho debió acudir al terror para imponerse, y así se hizo odioso. De ahí que el régimen comunista haya “implosionado”.

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