Adrián Soria: Un cantor gualeguaychuense para ver
Ya sé, lector: te preguntarás ¿Julio está tarado que escribe "un cantor para ver"? Ten paciencia, hijo mío. Más te extrañará la introducción que sigue. Escribe Julio MajulDebe haber sido como en 1968. Estábamos con mi amigo (ma' qué amici: fratello) Huguito Chichizola en el segundo Patio de Tango, en plena Corrientes, justo donde ahora funciona el Palacio de la Papa Frita. Primero actuó Argentino Ledesma, cantor santiagueño que se consagrara con Héctor Varela y que era medio morochón subido; cuando entonaba los versos que dicen "ya no soy más ese muchacho oscuro" me salió del alma el grito "¿qué? ¿te creés que te blanqueaste, loco?".A Ledesma le dio tal ataque de risa, y al director del trío acompañante, que era Pepe Libertella, que interrumpieron la ejecución del tema. Luego actuó Roberto Goyeneche, no sé si lo ubican, uno al que le decíamos Polaco. Cuando cantó "La novia ausente" ("A veces repaso las horas aquéllas, cuando era estudiante y tú eras mi amada", ¿lo captan?. Bueno: es realmente un tango muy dramático. Y muy hermoso. Y didáctico, porque uno escucha la Sonatina de Rubén Darío mechada por allí. ¿Qué es la Sonatina? ¿Quién era Rubén Darío?. Cachen los libros, que no muerden. Los de poesía menos aún).En medio de su interpretación, al Polaco se le quiebra la voz, y visiblemente emocionado, se le caen las lágrimas.Lo más notable es que la función era un fracaso total: debíamos ser diez o quince tipos en las mesitas, que no pagaríamos ni el caché de los artistas. Y cantando para diez tipos, el Polaco se brindaba tanto, que lloraba y todo, de la emoción.
Volviendo al tema
Qué tendrá que ver esto con Adrián Soria, se preguntarán.Es que hace pocos años lo vi a Adrián en nuestro Teatro Gualeguaychú, casi repleto; y el domingo lo volví a ver, en nuestra Biblioteca Sarmiento. (Alguna vez les voy a contar algo de nuestra querida Biblioteca, esperen que retome el ritmo de escribir y olvide el de hablar al cuete, que adquiriera en el Senado).Adrián cantó en la Biblioteca ante poco más de una treintena de feligreses, incluyendo a sus papás y al grupete de chicas que mueren por él, algo que nunca me expliqué, con lo feo que es. Las cosas son así; una vez más, billetera mata galán. O sea, Adrián a mí...La cosa es que aunque éramos muy pocos sus espectadores, Adrián cantó con el mismo fervor que puso en el Teatro lleno. Y por eso me acordé del Polaco. Adrián canta porque le gusta, y lo hace igual ante 500 como ante 25 espectadores. Detalle propio de los grandes.Y Adrián impresiona porque es visible su preocupación tanto por el show integral como por sólo su canto. Aquí presentó chicos y chicas de Ysis (o como se escriba, yo lo haría Isis, pero me dijeron que no) que complementaban bailando o recitando; pero siempre se les ingenia para adornar sus espectáculos con toques de buen gusto. Y a su natural simpatía le adosa un dominio del escenario cada vez más afirmado, y bien complementado con el histrionismo de su músico, del que ya hablaremos como tal.Y además, Adrián canta. Y canta muy bien. Y otro acierto: la elección de un repertorio adecuado a su temperamento y a su caudal de voz, que es grande por cierto.Son temas de siempre, conformando un repertorio ecléctico, unido por una invariable calidad: desde "La colina de la vida" (Gieco) hasta "Amarraditos"; desde "Quizás, quizás, quizás" hasta "Nostalgias", con algunos bachecitos interpretativos (o sea: bien cantados, pero quizá inadecuadamente gestuados), permitiendo el lucimiento de Adrián que me pareció deslumbrante, sobre todo por su superación personal desde que se lo escuché por primera vez, en el pegadizo -pero peligroso de cantar- "Capullito de alhelí".Otro costado del crecimiento artístico de Adrián: como todos los artistas de todos los géneros, empezó tratando de mostrar todas las canciones propias, sin medir cuán atractivas resultaban. Ahora se pasó al otro extremo: hace solamente recreaciones de clásicos, cuando había un par de canciones suyas (sobre todo una, la que cerró su labor en el teatro, que se llama algo así como "Gualeguaychú es mi ciudad") dignas de ser conocidas. Y reconocidas. Quede claro: el repertorio de Adrián Soria es perfecto, no tiene una perlita tonta. Digo yo, nomás, que quizá le falte agregar algún tema propio.Y el domingo lo acompañó Juan Leuze en un teclado electrónico al que usó sólo como piano. Los Leuze, se sabe, son músicos de raza. Y la verdad que Juan es un digno heredero de su padre. Más: para orgullo de Luis, seguramente Juan lo supere. No se limita a la rutina -impecablemente desarrollada, por cierto- de enmarcar los ritmos de las canciones y rellenar los espacios vacíos de la voz de Adrián. Embellece la interpretación del cantor, con fiorituras, contracantos y argumentos musicales que, más que acompañar, complementan la labor del cantor. Tarea propia de un músico de categoría.¡Qué pena que semejante espectáculo lo hayamos visto una treintena de personas! ¡Qué pena que tanto esfuerzo se vea tan míseramente recompensado desde lo económico!, ¡que importa para un artista tanto como para un obrero! ¡Qué pena que a los gualeguaychuenses nos cueste tanto (me incluyo, por cierto) apoyar más a los muchísimos talentos artísticos que nos enorgullecen!. O debieran enorgullecernos.¡Qué pena todo!, ¿no?
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

