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Al César lo que es del César...

En estos días, leyendo la actualidad, ha venido a mi mente la conocida frase bíblica: hay que dar al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios, usada generalmente para expresar cierta necesidad de equilibrio respecto de un tema específico pero controversial; en este caso, la inclusión en términos de lenguaje, que ha ido conformando lamentablemente dos bandos opuestos.

Por María de los Milagros Casanova

Mi intención es colaborar en este aspecto a poner cada cosa en su lugar. Es decir, dar al lenguaje lo que es propio de su ámbito y a la inclusión el verdadero valor dentro de nuestra sociedad.

De por sí hablar de “lenguaje inclusivo” resultaría redundante por la función propia del mismo, ya que estaríamos asumiendo la existencia, como contrapartida, de un lenguaje que excluye, cuando es por excelencia instrumento de comunicación e intercambio. La palabra communicare, precisamente, significa compartir, poner en común.

La Academia Nacional de Educación se hace eco de la Academia Argentina de Letras y la Real Academia Española al afirmar que “no deben forzarse las estructuras lingüísticas del español para que se conviertan en espejo de una ideología, pues la Gramática no coarta la libertad de expresarnos o de interpretar lo que expresan los demás. Lo afirmamos con la convicción de que una lengua que interrelaciona nunca excluye”1

El lenguaje no puede en sí mismo ocultar ni excluir géneros, ni posee la responsabilidad de respetar y hacer visible a todas las personas. No puede ser sexista porque no tiene la posibilidad de tender hacia un sexo o género en particular en su forma gramatical.

El lenguaje inclusivo que llegó hace pocos días al Concejo Deliberante para establecerse como norma, supone que el uso del masculino genérico invisibiliza a la mujer y no respeta la diversidad. Para eso, se pretende recurrir a formas no naturales como la “e”, “X”, “@” (especialmente la “e” cuyo uso está más extendido ante la imposibilidad de pronunciar la consonante X o el signo @ que no es una letra, sino un símbolo)

Atribuirle a un morfema gramatical el valor de opresor o equipararlo a actitudes machistas, sexistas o discriminadoras, poco tiene que ver con la entidad lingüística. El lenguaje comunica; somos los hablantes que hacemos uso de él para ejercer nuestra opinión y transmitir nuestros valores, y lo hacemos desde la forma del discurso, en sus distintos tipos de textos, no socavando la estructura fundante del sistema de la lengua.

Indudablemente, la práctica social de la lengua puede modificar el lenguaje en sus formas, ya que no es el mismo español que hablamos en el Río de la Plata que el de España o Centroamérica, pero los cambios que pretende el lenguaje inclusivo atentan contra la estructura lingüística y gramatical de la lengua.

Pretender cambiar en función de la supuesta creencia en el lenguaje inclusivo, es un grave error, porque implica ignorar que el lenguaje ya tiene un neutro. El masculino genérico o masculino gramatical es inclusivo; por ejemplo, “todos” cumple esa función como término no marcado de la oposición de género. Incluye en su significado a los individuos del sexo masculino y a toda la especie humana sin distinción de sexos. El género marcado es el femenino, que solo designa a ese género tanto en singular como en plural.

Otro aspecto clave que subyace al lenguaje inclusivo como norma impuesta por ciertos grupos de la sociedad, es que atenta contra dos principios fundamentales: el uso natural (no impuesto) y la economía expresiva del lenguaje.

Lingüísticamente, las academias o sus normas no se imponen, sino que el proceso se da a la inversa. Los hablantes se apropian de la lengua y lo manifiestan en el habla. Luego, la lengua que es la convención o norma de las academias, legitima ese uso.

El lenguaje inclusivo pretende imponerse como norma a los hablantes, lo que sería entonces, antinatural. Y en dos sentidos: la norma reglamentaría el uso (no a la inversa como vimos) y no tiene en cuenta el principio fundamental de la comunicación que es el de la economía expresiva. Es sabido que cuanto más precisos y menos rebuscados sean nuestros mensajes, más eficaz será la comunicación. Por lo que desestimar “todos” en su valor genérico y reemplazarlo por la frase “todas y todos”, iría en contra de este principio.

Más que nunca, “hoy se busca un lenguaje claro o llano, una sintaxis, oral y escrita, ágil, despojada de trabas y de redundancias.”

Y si existe alguna duda de que resulta una imposición, tenemos un ejemplo de hace poco tiempo, en nuestro país: el Consejo de la Magistratura habilitó a los jueces a escribir con el morfema “e” proyectando crear un manual para el uso de lenguaje no sexista. Tener que recurrir a un manual como instructivo para hablar, da cuenta de lo artificioso y complejo que resulta en la práctica intentar comunicarse desde este lenguaje “armado”.

Para la Academia Argentina de Letras, indefectiblemente, deben recorrerse dos caminos distintos: el lingüístico y el sociopolítico. Una lengua no puede inventarse o reinventarse conscientemente de la noche a la mañana porque se tiene la voluntad de hacerlo en contra del androcentrismo o de reflejar con ello una realidad sociopolítica.

Dejemos al lenguaje lo que es del lenguaje y a los usuarios lo que nos compete para hacer de nuestra sociedad una realidad más justa y equitativa.

* Licenciada en Letras. Vicerrectora del Instituto Sedes Sapientiae.

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