Opinion | Alberto Fernández

Alberto ajusta los tornillos y reza para que no se le escape la tortuga

Alguna cabeza tenía que rodar y fue la de Dujovne. Alguien tenía que pagar los platos rotos de la derrota de las PASO y el hilo se terminó cortando por lo más delgado. Al cabo, el ex ministro, fue apenas un mandadero del ajuste que, inevitablemente, el gobierno tenía que aplicar. Se fue el 'malo' y quedaron los 'buenos'.

Por Jorge Barroetaveña

El gobierno todavía se pavonea medio groggy arriba del ring. Salvo las voces rebeldes de Carrió y Pichetto que arengan a la tropa y la invitan a dar pelea hasta el final (al cabo los dos políticos de raza) el desánimo cunde en el oficialismo y sus gestos lo ratifican. Es que la cuesta electoral será difícil de repechar, no sólo desde lo práctico (los votos) sino también desde el discurso.

¿Qué hace pensar que la grieta que no funcionó para las PASO puede dar resultados distintos ahora? Hace pocas horas, un alto dirigente de Cambiemos admitió que, la jugada de Cristina Kirchner de bajarse un peldaño y colocar allí a Alberto Fernández provocó un desbande en la estrategia oficial. El golpe final lo dio Massa cuando aceptó arriar sus banderas y volver al redil. Nada fue igual pero el oficialismo no parece haberlo registrado.

Los descontentos, la clase media que lo acompañó a Macri hasta el cuarto oscuro en el 2015 y el 2017 encontró un buen pretexto para dejar de decir, es esto o nada. En la nada algo apareció, un poco disimulado claro, pero lo suficientemente tangible y concreto para volverse atractivo.

Cambiemos o Juntos por el Cambio apostará en lo que queda hasta el 27 de octubre, a evitar que Fernández supere el 45%. Tarea harto complicada que depende de varias alquimias políticas. ¿Cuáles? Aumentar la participación del 75 al 81% al menos, chuparle votos a Lavagna, Espert y Gómez Centurión y que el voto en blanco, no sólo disminuya, sino que también termine en los puertos de Macri. Todo eso, completo o en dosis importantes, debería darse para que Alberto quede por debajo del 45% y Macri acorte la distancia a menos de diez puntos.

Estos cálculos sin bucear en profundidades como la provincia de Buenos Aires donde Kiciloff le asestó una derrota estrepitosa a Vidal, sacando 20 puntos de ventaja. Nadie explica de dónde podrá sacar Vidal los votos para acortar la distancia y cuánto podría impactar esto en el nivel presidencial. Lo mismo ocurre en la mayoría de las provincias, salvo Córdoba que volvió a aportar niveles altos de aceptación del macrismo o, en todo caso, de antikirchnerismo.

Sólo Larreta quedó como bandera en la Ciudad Autónoma. Favorecido por el voto en blanco, que fue alto, quedó a las puertas de evitar una segunda vuelta con Matías Lammens, algo que no le vendría mal para evitar sustos posteriores.

El objetivo económico lo blanqueó el flamante reemplazante de Dujovne. Sin ruborizarse, Hernán Lacunza, avisó que su principal objetivo será estabilizar el dólar en niveles aceptables, esto es por debajo de los 60 pesos que Alberto había mencionado como adecuados. Y al mismo tiempo lidiar con los díscolos gobernadores e intendentes, quejosos por la disminución que sufrirán sus ingresos por los retoques de impuesto a las ganancias, el monotributo y sobre todo el IVA en los alimentos de la canasta básica. Como sucede siempre nadie quiere pagar la fiesta. Paradójicamente los primeros que se quejan son los que más responsabilidades tienen de darle rienda suelta a un gasto que saben que jamás se podrá afrontar con recursos genuinos. Al cabo fue Massa hace un tiempo quien impulsó la iniciativa de bajar el IVA a los alimentos de la canasta básica. ¿Será por aquello que la cercanía con el poder los vuelve más responsables que ahora se oponen? El ajuste pues, jamás lo pagará la clase política ni el estado, sólo lo terminarán afrontando los que pagan impuesto a las ganancias, los monotributistas y todos los que van al supermercado. Y aquellos que abonan religiosamente el impuesto inflacionario, el más brutal y regresivo de todos. Ese sí que no reconoce origen social.

Pero no importa, la fiesta tiene que seguir y el empeño por disimularla ya no es tan evidente. ¿Qué nos hace pensar que los que antes no lo hicieron ahora lo harán?

Alberto Fernández va mostrando de a poco sus cartas. En menos de 72 horas se vio la cara con sus antiguos amigos del Grupo Clarín. Primero fue un reportaje para Telenoche, el noticiero insignia del grupo, después una charla amena en un seminario de la empresa donde le dio duro a 6-7-8 y dijo que jamás sería el presidente de un default. Antes mandó a sus economistas a hablar con Lacunza para contribuir a la calma de los mercados. Por ahí se le escapa alguna tortuga como Felipe Solá, que agitó fantasmas dedicados al sector agropecuario pero, justo es reconocerlo, ha sido medido en la mayoría de sus manifestaciones. Es probable que para el núcleo duro kirchnerista esas cosas no suenen lindo. Pero lo que importa es ganar y volver a tener el control del estado. Para el bienestar de la gente claro. ¿O a alguien se le ocurre otra cosa?

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